Jueves 25 de octubre 2001


Tomando la palabra
Liberales de mentiras
Salvador Samayoa

Estaba a punto de escribir acerca de la importancia sociológica y política de incorporar al mal llamado sector informal de la economía al sistema tributario, pero he cambiado de opinión. Estaba a punto de argumentar en torno a la diferencia entre "informalidad" y "marginalidad", como categorías económicas y sociales, para concluir que no es la señora paupérrima y humilde que mal vive de su canasto la que debe ser agregada a la base tributaria, sino los miles de comerciantes que viven mejor que la mayoría de ciudadanos y no declaran sus rentas ni se someten al Estado de Derecho.

He cambiado de opinión al analizar más despacio el significado profundo de la iniciativa de un grupo de diputados, tendiente a dejar sin efecto práctico la regulación de la venta y el consumo de bebidas alcohólicas. He cambiado de opinión porque lo que esta posición significa en el fondo es el más absoluto desprecio al concepto de ciudadanía, a los principios constitucionales en los que se asienta el Estado de Derecho y a cualquier noción de prevalencia del interés social sobre los intereses particulares.

El mensaje que estaría enviando la Asamblea Legislativa es que cada individuo, sobre todo si es "empresario" y si tiene algún poder, puede hacer lo que le venga en gana, sin tomar en consideración las implicaciones sociales de su conducta. El mensaje es que las normas de convivencia no se deben respetar, porque seguramente cambiarán en pocas semanas. El mensaje es que los intereses particulares siempre prevalecen sobre los intereses sociales. El mensaje es que la opinión, las necesidades, las aspiraciones y los derechos de la mayoría son, simplemente, irrelevantes.

Parece que en nuestro país los ciudadanos decentes no tienen derechos. ¿Qué importa que una cantina o un bar le arruine la vida a miles de vecinos? El sujeto de derecho es el propietario, no la población. ¿Qué importa la seguridad ciudadana? ¿Qué importancia tienen los esfuerzos por reducir los niveles de violencia? Lo único que se debe respetar es la sacrosanta libertad económica de los dueños de los negocios.

La Policía Nacional Civil ha establecido, de manera contundente, la incidencia positiva de las ordenanzas municipales en la reducción de la violencia, particularmente en la reducción de los homicidios y de los accidentes de tránsito, pero eso no importa. El mismo día en que se conoció la posición de los diputados de ARENA, se publicó la encuesta CID-Gallup mostrando que el 70% de la población respalda la prohibición de vender y consumir bebidas alcohólicas después de la medianoche, pero eso tampoco importa. Adicionalmente, el 13% respalda de manera más general las ordenanzas, sin pronunciarse sobre la hora, pero eso tampoco importa. Sólo un 5% de la población respaldó el horario que quieren imponer los diputados de derecha, pero eso tampoco importa. ¿Quién ha dicho que las leyes deben responder a las aspiraciones de la mayoría?

La Constitución de la República establece de manera clara y expresa que "se garantiza la libertad económica en lo que no se oponga al interés social", pero eso tampoco importa. Siempre hay disposición a permitir al Estado que suprima derechos y libertades fundamentales ante situaciones que pueden salirse de control, pero es impensable regular de manera efectiva la más importante y fundamental libertad de emborracharse.

Los argumentos de los diputados partidarios del desenfreno son ignorantes y provincianos, en el mejor de los casos. En el peor de los casos son argumentos hipócritas, interesados y serviles. No nos cansaremos de repetirlo: la mayor parte de ciudades del mundo que albergan multimillonarios negocios en el ramo de la hotelería, la gastronomía y el turismo tiene regulaciones mucho más severas que las estipuladas en las ordenanzas municipales en lo relativo a la venta y consumo de bebidas alcohólicas. La razón es bien simple: son muchos más los ciudadanos y los turistas que prefieren la seguridad y la tranquilidad, que los que buscan el jolgorio desenfrenado.

Las cúpulas gremiales de la empresa privada salvadoreña lo han dicho en repetidas ocasiones: la seguridad es uno de los factores más importantes para la inversión y para el clima de negocios. Los que ganan con las borracheras de madrugada son muy pocos; los que pierden son muchos, tanto empresarios como ciudadanos. Los restaurantes están ahora más vacíos por la situación económica general, no por las ordenanzas municipales.

La defensa de la regulación no es una cuestión de mojigatería. Al contrario, respaldamos como criterio de salud mental de la población la mayor cantidad y variedad posible de diversión y esparcimiento, pero se debe entender que el concepto de ciudadanía implica siempre una transacción, en la que al final se busca, de una u otra manera, un aumento de seguridad a cambio de una disminución en la libertad de acción de los ciudadanos. Este es el "abc" de la teoría del derecho. Esta es la definición más elemental de la visión sociológica liberal de la seguridad ciudadana.

En una sociedad democrática son los ciudadanos los que imponen la definición de la seguridad pública, así como sus prioridades y los mecanismos que están dispuestos a aceptar. En El Salvador, la gente se ha pronunciado de manera muy clara y en muchas oportunidades. La gente es mucho más inteligente y decente que algunos diputados. La gente sabe bien que la Policía no puede garantizar la seguridad, si las normas de convivencia social avalan el caos, la anarquía y la inseguridad.

El problema no es sólo el efecto directo del consumo incontrolado de bebidas alcohólicas. El problema es la gran cantidad de actitudes y conductas individuales y sociales asociadas a este patrón, comenzando por el incremento en el consumo de drogas, la irracionalidad, la agresividad y el desvanecimiento de los límites que impone la convivencia civilizada. Si sólo se tratara de bebedores inofensivos, el problema no sería tan grave, pero todos conocemos bien los efectos que produce el exceso de alcohol.

La ciudadanía como norma de conducta es siempre una construcción social. El vendedor ambulante se toma la acera o la calle, sin importar el perjuicio que causa a los demás ciudadanos por la misma razón por la que el comerciante informal no paga sus impuestos. La razón es que vive en un país en el que muchos otros hacen sus ganancias ignorando la responsabilidad social que les corresponde.

Esta es la esencia del pensamiento político liberal. Es la esencia de cualquier teoría del contrato social. Es la esencia del régimen jurídico establecido en nuestra Constitución. Algunos diputados no lo entienden porque son liberales de pacotilla; porque son liberales de mentiras, tanto en el sentido de no ser consecuentes con su propia ideología, como en el sentido de mentirle a la población.


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