Jueves 25 de octubre 2001


El eterno pleito ideológico
Herencia maldita
Marvin Galeas*

E-mail: Marvin@telemovil.com

Una tarde de abril de 1983, Marcial agarró una pistola de cuatro bocas y se disparó al corazón. Su esposa lo encontró, sentado en el escritorio, como dormido. Un hilo de sangre le brotaba del pecho y caía hasta el piso. Días antes, Ana María, segunda en la jerarquía de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), había sido asesinada. El arma utilizada fue un picahielo. Se lo habían hundido noventa veces.

Marcial había sido, de acuerdo con las investigaciones, el autor intelectual del crimen. Ese fue el desenlace horrendo de una amarga disputa, por cuestiones de estrategia, entre los dos principales líderes de la más grande organización guerrillera del país. Marcial y Ana María querían llegar al mismo sitio, pero en diferentes trenes.

Años antes, en 1975, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) vivía un agrio debate, también por cuestiones de estrategia. En medio de la discusión los líderes ordenaron el asesinato del poeta Roque Dalton. Santos Lino Ramírez, el legendario comandante "Chele Luis", me contó que quien disparó sobre Roque fue un tal Vladimir Rogel, quien posteriormente también fue extrañamente ejecutado por "aventurero". Jamás conoceremos su historia. Nunca en los años que estuve en el ERP conocí una versión oficial de los hechos. Después de firmada la paz, la ONUSAL emitió un informe escalofriante. Dijo que el cuerpo del poeta fue enterrado a flor de tierra y devorado por los animales.

Luego del asesinato de Roque, un grupo de sus seguidores se escindió del ERP para fundar la Resistencia Nacional (RN), que tenía como propósito, como dicen sus documentos, convertirse en el verdadero "partido de los comunistas salvadoreños". El ERP era también marxista leninista. Su órgano oficial escrito se llamaba "Prensa Comunista" y en sus campamentos se cantaba "La Internacional". Entre el ERP y la RN se desató una guerra que estuvo a punto de ahorrarle el trabajo a las fuerzas de contrainsurgencia. Se odiaban a muerte.

Eso de que en el FMLN sólo el Partido Comunista Salvadoreño era comunista, es una de las más grandes patrañas que se han dicho. Todos eran comunistas. Las discrepancias eran, como he dicho, por cuestiones de estrategia. Es cierto que había diferencias entre el PCS y el resto de las organizaciones. Al PCS lo acusaban de… derechista. ¡Caracoles!

Dos son las principales causas del eterno debate en el seno de los marxistas: métodos de lucha e interpretación de los clásicos. Ese debate ha dejado en la zaga del FMLN un reguero de muertos, no tan famosos como Marcial, Ana María y Roque Dalton.

Las amargas divisiones dentro del FMLN no son, pues, nuevas. Es la prolongación de un viejo pleito, hoy en vitrina. La izquierda, los izquierdistas y no pocos ex comandantes tienen una como natural tendencia a resolver los líos internos de muy mala manera. El disidente, el hasta hace poco querido "compañero", pasa a ser el traidor. Se le deja muerto en El Playón o se le asesina con un picahielo. Y cuando, como ahora, no se le puede "ajusticiar", entonces surgen las más negras campañas difamatorias.

Los izquierdistas odian más al disidente que al adversario de enfrente. Con éste pueden llegar a negociaciones; con aquél, "o se va por la puerta del frente o lo echamos a patadas por la puerta de atrás". Al buscar las claves para comprender esa adicción a la intolerancia, he llegado a la conclusión que la causa está en los textos mismos de Marx, Engels y Lenin. Tan complejas fueron sus obras, que necesitaron intérpretes. Por el camino perdieron el carácter de "científicas" y se convirtieron en textos sagrados llenos de axiomas y verdades absolutas.

Cada exégeta se creyó dueño de esa verdad y fundó su propia secta. Los otros son "desviados" o infieles que no merecen vivir. No exagero. Lo más terrible es que la intolerancia, ese impulso de aplastar al que piensa diferente o al que hace sombra, pasa de un plano ideológico de ideas y representaciones a la conducta cotidiana.

La izquierda y los izquierdistas llevan sobre sí el peso de la intolerancia y la lógica consecuencia de la atomización. En el marco de la democracia suelen terminar siendo grupillos pintorescos que se dividen y subdividen entre odios y resentimientos. Al final los pleitos se apartan de cierta altura ideológica y terminan en arrebatiñas pecuniarias de poca monta. Es como una herencia maldita.


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