El
eterno pleito ideológico
Herencia
maldita
Marvin
Galeas*
E-mail:
Marvin@telemovil.com
Una
tarde de abril de 1983, Marcial agarró
una pistola de cuatro bocas y se disparó
al corazón. Su esposa lo encontró,
sentado en el escritorio, como dormido. Un hilo
de sangre le brotaba del pecho y caía
hasta el piso. Días antes, Ana
María, segunda en la jerarquía de
las Fuerzas Populares de Liberación
(FPL), había sido asesinada. El arma
utilizada fue un picahielo. Se lo habían
hundido noventa veces.
Marcial había sido, de acuerdo con las
investigaciones, el autor intelectual del
crimen. Ese fue el desenlace horrendo de una
amarga disputa, por cuestiones de estrategia,
entre los dos principales líderes de la
más grande organización
guerrillera del país. Marcial y Ana
María querían llegar al mismo
sitio, pero en diferentes trenes.
Años antes, en 1975, el
Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)
vivía un agrio debate, también por
cuestiones de estrategia. En medio de la
discusión los líderes ordenaron el
asesinato del poeta Roque Dalton. Santos Lino
Ramírez, el legendario comandante "Chele
Luis", me contó que quien disparó
sobre Roque fue un tal Vladimir Rogel, quien
posteriormente también fue
extrañamente ejecutado por "aventurero".
Jamás conoceremos su historia. Nunca en
los años que estuve en el ERP
conocí una versión oficial de los
hechos. Después de firmada la paz, la
ONUSAL emitió un informe escalofriante.
Dijo que el cuerpo del poeta fue enterrado a
flor de tierra y devorado por los animales.
Luego del asesinato de Roque, un grupo de sus
seguidores se escindió del ERP para
fundar la Resistencia Nacional (RN), que
tenía como propósito, como dicen
sus documentos, convertirse en el verdadero
"partido de los comunistas salvadoreños".
El ERP era también marxista leninista. Su
órgano oficial escrito se llamaba "Prensa
Comunista" y en sus campamentos se cantaba "La
Internacional". Entre el ERP y la RN se
desató una guerra que estuvo a punto de
ahorrarle el trabajo a las fuerzas de
contrainsurgencia. Se odiaban a muerte.
Eso de que en el FMLN sólo el Partido
Comunista Salvadoreño era comunista, es
una de las más grandes patrañas
que se han dicho. Todos eran comunistas. Las
discrepancias eran, como he dicho, por
cuestiones de estrategia. Es cierto que
había diferencias entre el PCS y el resto
de las organizaciones. Al PCS lo acusaban
de
derechista. ¡Caracoles!
Dos son las principales causas del eterno
debate en el seno de los marxistas:
métodos de lucha e interpretación
de los clásicos. Ese debate ha dejado en
la zaga del FMLN un reguero de muertos, no tan
famosos como Marcial, Ana María y Roque
Dalton.
Las amargas divisiones dentro del FMLN no
son, pues, nuevas. Es la prolongación de
un viejo pleito, hoy en vitrina. La izquierda,
los izquierdistas y no pocos ex comandantes
tienen una como natural tendencia a resolver los
líos internos de muy mala manera. El
disidente, el hasta hace poco querido
"compañero", pasa a ser el traidor. Se le
deja muerto en El Playón o se le asesina
con un picahielo. Y cuando, como ahora, no se le
puede "ajusticiar", entonces surgen las
más negras campañas
difamatorias.
Los izquierdistas odian más al
disidente que al adversario de enfrente. Con
éste pueden llegar a negociaciones; con
aquél, "o se va por la puerta del frente
o lo echamos a patadas por la puerta de
atrás". Al buscar las claves para
comprender esa adicción a la
intolerancia, he llegado a la conclusión
que la causa está en los textos mismos de
Marx, Engels y Lenin. Tan complejas fueron sus
obras, que necesitaron intérpretes. Por
el camino perdieron el carácter de
"científicas" y se convirtieron en textos
sagrados llenos de axiomas y verdades
absolutas.
Cada exégeta se creyó
dueño de esa verdad y fundó su
propia secta. Los otros son "desviados" o
infieles que no merecen vivir. No exagero. Lo
más terrible es que la intolerancia, ese
impulso de aplastar al que piensa diferente o al
que hace sombra, pasa de un plano
ideológico de ideas y representaciones a
la conducta cotidiana.
La izquierda y los izquierdistas llevan sobre
sí el peso de la intolerancia y la
lógica consecuencia de la
atomización. En el marco de la democracia
suelen terminar siendo grupillos pintorescos que
se dividen y subdividen entre odios y
resentimientos. Al final los pleitos se apartan
de cierta altura ideológica y terminan en
arrebatiñas pecuniarias de poca monta. Es
como una herencia maldita.