En
defensa de la vida
El derecho humano
más sagrado
Evangelina
del Pilar de Sol*
Deseamos
pedirle a ustedes, apreciables lectores, su
atención a esta bella y ejemplar historia
de la vida real.
Emilia era una mujer que, desde niña,
tuvo una frágil y delicada salud. Ella
pertenecía a una familia de clase media
en un país de Europa, en donde debido a
una prolongada guerra nacional se padecía
carestías, hambre y epidemias, que
amenazaban a la población. Esto
sucedía en los años veinte del
pasado siglo XX.
Siendo Emilia bastante joven, contrae
matrimonio con un obrero textil y se
establecieron en una ciudad lejos de familiares
y conocidos. Poco tiempo después da a luz
a su primer hijo, a quien llamó Edmundo,
un chico atractivo, atleta y de gran
personalidad. Posteriormente nace su segundo
retoño, una niña, pero ésta
perece pocos meses después debido a la
precaria situación a la que estaba
sometida la familia.
Diez años después del
fallecimiento de su pequeña, Emilia se da
cuenta que se encontraba embarazada de nuevo. La
situación de la familia continuaba siendo
particularmente difícil; además,
ella tenía cuarenta años, edad ya
no muy recomendable para ser madre, porque el
bebé podía presentar problemas, y
la salud de ella había empeorado:
presentaba un cuadro de severos problemas
renales y su sistema cardíaco se
debilitaba poco a poco debido a una
afección congénita.
Por otro lado, la situación del
país era cada vez más
crítica porque había quedado muy
afectado por la recién terminada guerra
mundial. Vivían con lo indispensable y
con la incertidumbre y el miedo de otra guerra
mundial.
Sin embargo, ya en esa época y en ese
país tan pobre, el aborto era una
opción y ella podría
practicárselo si lo pedía, en
especial porque en ese tiempo se creía
que el producto del aborto era una masa de carne
y sangre, o un coágulo, en el que no
había vida. No faltó quién
le ofreciera dicha opción, porque su edad
y su salud hacían del embarazo un alto
riesgo para su vida. También
existía la problemática de su
difícil calidad de vida que le
hacía preguntarse: ¿Qué vida
digna podré ofrecer a este
pequeño? ¿Un hogar miserable?
¿Un país en guerra? ¿Vale la
pena que nazca? ¿Para qué traer al
mundo a un hijo que desde el momento de nacer
conocerá el sufrimiento? ¿Qué
futuro le espera?
En los momentos en que ella se hacía
tales cuestionamientos, no tenía idea de
que a estos, si hubiera sido clarividente,
debía sumarle verdaderas tragedias que se
avecinaban para la familia y que
repercutirían en contra de su
bebé. Una de éstas era la muerte
de ella misma diez años más tarde,
por lo que dejaría huérfano de
madre al infante. Edmundo, a la sazón de
catorce años, único hermano del
bebé, moriría en dos años
más. Algunos años más tarde
estallaría la Segunda Guerra Mundial,
llevando más dolor y miseria a la
familia, y en la cual también
moriría el padre, por lo que el
niño quedaría en la completa
orfandad y ni su padre ni su madre ni su hermano
podrían acompañarlo en medio de
las situaciones espantosas de esa guerra que
estaba por llegar.
Pero Emilia, a pesar de su fragilidad
física, era una mujer de fuertes
principios morales y cristianos, y teniendo
-como toda verdadera mujer- un amor e instinto
maternales a toda prueba, optó por traer
a su hijo al mundo, a quien puso el nombre de
Karol.
Si ese embarazo hubiera ocurrido ahora, en
pleno siglo XXI, este niño habría
sido una víctima más del aborto,
de las presiones internacionales de control de
población y de las ideas anti vida de que
a los niños hay que matarlos en el
vientre materno, para que no vengan a sufrir a
este mundo si los padres no pueden proveerlos de
una vida satisfactoria y digna, tal como le
ocurrió a ese bebé. Pero gracias a
la valiente actitud en defensa de la vida de su
hijo, de esa madre llamada Emilia, se encuentra
entre nosotros Karol Wojtyla, a quien todo el
mundo conoce como S. S. el papa Juan Pablo
II.
¿A cuántos hombres y mujeres de
bien, excepcionales estadistas, extraordinarios
sabios, notables inventores, magníficos
médicos, célebres músicos,
poetas, escritores, pintores, cantantes,
atletas, o todos esos niños sin
excepción, que como todo ser humano
traían una misión que cumplir,
como sería asistir con amor a sus
progenitores al final de sus vidas, se les
negó el derecho de nacer al
abortarlos?
El amor materno es innato en todas las
mujeres, con rarísimas excepciones, una
mujer que aborta jamás podrá
superarlo.
Voy a referir cómo lo sé. Entre
mi hija número cinco y número seis
hay seis años de diferencia por haber
perdido entremedio un bebé &emdash;de
forma natural&emdash;, a las pocas semanas del
embarazo y que habría sido varón.
Jamás le he perdido la trayectoria, desde
el momento en que debió haber nacido
hasta la edad que tendría ahora,
preguntándome siempre toda clase de
incógnitas que quedarán sin
respuesta. Así de sencillo es el amor
materno y al hijo perdido jamás se
olvida, con mucha más razón si la
propia madre es la que le quitó su
derecho a la vida.