Miércoles 24 de octubre 2001


En defensa de la vida
El derecho humano más sagrado
Evangelina del Pilar de Sol*

Deseamos pedirle a ustedes, apreciables lectores, su atención a esta bella y ejemplar historia de la vida real.

Emilia era una mujer que, desde niña, tuvo una frágil y delicada salud. Ella pertenecía a una familia de clase media en un país de Europa, en donde debido a una prolongada guerra nacional se padecía carestías, hambre y epidemias, que amenazaban a la población. Esto sucedía en los años veinte del pasado siglo XX.

Siendo Emilia bastante joven, contrae matrimonio con un obrero textil y se establecieron en una ciudad lejos de familiares y conocidos. Poco tiempo después da a luz a su primer hijo, a quien llamó Edmundo, un chico atractivo, atleta y de gran personalidad. Posteriormente nace su segundo retoño, una niña, pero ésta perece pocos meses después debido a la precaria situación a la que estaba sometida la familia.

Diez años después del fallecimiento de su pequeña, Emilia se da cuenta que se encontraba embarazada de nuevo. La situación de la familia continuaba siendo particularmente difícil; además, ella tenía cuarenta años, edad ya no muy recomendable para ser madre, porque el bebé podía presentar problemas, y la salud de ella había empeorado: presentaba un cuadro de severos problemas renales y su sistema cardíaco se debilitaba poco a poco debido a una afección congénita.

Por otro lado, la situación del país era cada vez más crítica porque había quedado muy afectado por la recién terminada guerra mundial. Vivían con lo indispensable y con la incertidumbre y el miedo de otra guerra mundial.

Sin embargo, ya en esa época y en ese país tan pobre, el aborto era una opción y ella podría practicárselo si lo pedía, en especial porque en ese tiempo se creía que el producto del aborto era una masa de carne y sangre, o un coágulo, en el que no había vida. No faltó quién le ofreciera dicha opción, porque su edad y su salud hacían del embarazo un alto riesgo para su vida. También existía la problemática de su difícil calidad de vida que le hacía preguntarse: ¿Qué vida digna podré ofrecer a este pequeño? ¿Un hogar miserable? ¿Un país en guerra? ¿Vale la pena que nazca? ¿Para qué traer al mundo a un hijo que desde el momento de nacer conocerá el sufrimiento? ¿Qué futuro le espera?

En los momentos en que ella se hacía tales cuestionamientos, no tenía idea de que a estos, si hubiera sido clarividente, debía sumarle verdaderas tragedias que se avecinaban para la familia y que repercutirían en contra de su bebé. Una de éstas era la muerte de ella misma diez años más tarde, por lo que dejaría huérfano de madre al infante. Edmundo, a la sazón de catorce años, único hermano del bebé, moriría en dos años más. Algunos años más tarde estallaría la Segunda Guerra Mundial, llevando más dolor y miseria a la familia, y en la cual también moriría el padre, por lo que el niño quedaría en la completa orfandad y ni su padre ni su madre ni su hermano podrían acompañarlo en medio de las situaciones espantosas de esa guerra que estaba por llegar.

Pero Emilia, a pesar de su fragilidad física, era una mujer de fuertes principios morales y cristianos, y teniendo -como toda verdadera mujer- un amor e instinto maternales a toda prueba, optó por traer a su hijo al mundo, a quien puso el nombre de Karol.

Si ese embarazo hubiera ocurrido ahora, en pleno siglo XXI, este niño habría sido una víctima más del aborto, de las presiones internacionales de control de población y de las ideas anti vida de que a los niños hay que matarlos en el vientre materno, para que no vengan a sufrir a este mundo si los padres no pueden proveerlos de una vida satisfactoria y digna, tal como le ocurrió a ese bebé. Pero gracias a la valiente actitud en defensa de la vida de su hijo, de esa madre llamada Emilia, se encuentra entre nosotros Karol Wojtyla, a quien todo el mundo conoce como S. S. el papa Juan Pablo II.

¿A cuántos hombres y mujeres de bien, excepcionales estadistas, extraordinarios sabios, notables inventores, magníficos médicos, célebres músicos, poetas, escritores, pintores, cantantes, atletas, o todos esos niños sin excepción, que como todo ser humano traían una misión que cumplir, como sería asistir con amor a sus progenitores al final de sus vidas, se les negó el derecho de nacer al abortarlos?

El amor materno es innato en todas las mujeres, con rarísimas excepciones, una mujer que aborta jamás podrá superarlo.

Voy a referir cómo lo sé. Entre mi hija número cinco y número seis hay seis años de diferencia por haber perdido entremedio un bebé &emdash;de forma natural&emdash;, a las pocas semanas del embarazo y que habría sido varón. Jamás le he perdido la trayectoria, desde el momento en que debió haber nacido hasta la edad que tendría ahora, preguntándome siempre toda clase de incógnitas que quedarán sin respuesta. Así de sencillo es el amor materno y al hijo perdido jamás se olvida, con mucha más razón si la propia madre es la que le quitó su derecho a la vida.


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