Martes 23 de octubre 2001


El entierro de mamá Juanita

La procesión del entierro salió puntual a las 3 de la tarde. Desde el mismo momento en que los familiares levantaron el atúd para cargarlo, la superstición y la tradición sellaron aquella despedida.

Por Oscar Tenorio

A la fallecida la tenían que sacar con los pies por delante, como que si saliera caminando, en su último viaje terrenal. Si el cadáver se sacaba con la cabeza por delante, entonces, "el espíritu regresaría inconforme a traerse a alguien". Y así fue: los restos mortales de la niña Juana Rivas viuda de Iraheta fueron sacados con sus pies por delante. Un niño, "quien no había cometido pecado alguno", levantó la cruz de ciprés, que estaba colocada debajo del féretro; de esa manera, también se llevaba el espíritu de la fallecida.

Con el ataúd por delante, cargado por sus jóvenes y doloridos nietos, la procesión inició un largo recorrido de unas tres horas para llegar al cementerio. Aquel nutrido cortejo lo encabezaban las hijas de la niña Juanita, sus nietos, bisnietos, sobrinos, otros familiares y un centenar de conocidos: desde el dueño de la peluquería hasta los bolitos más empedernidos, Manolo, el Gancho y el Peluca.

A las 4:30 de la tarde, el cortejo entró al cementerio y el ataúd fue colocado a la par del sepulcro. Alrededor del hoyo, se colocaron sus adoloridos familiares. Lloraban todos, hasta los bolitos, en un extraño gesto de solidaridad.

Sólo cuando el atáud fue bajado al fondo del sepulcro, inició el desparpajo. De entre la muchedumbre, apareció una enloquecida sobrina de la niña Juanita, quien se quería tirar al fondo del hoyo. Aquellos sollozos eran desgarradores: "¡Ayyy mi viejita, yo me quiero ir con usted... yo también me quiero morir!".

Varios hombres la sujetaron con tanta fuerza, que la mujer cayó desmayada sobre la tierra fresca. Ante aquel drama, algunos ya iban preparados. Corrieron a atender a la sufrida mujer; inmediatamente, la frotaron con "agua florida" y "siete espíritus", mientras le pedían fortaleza, para reponerse ante tan dolorosa pérdida.

Entre tanto desconsuelo, los bolitos, enterradores contratados para la ocasión, echaron tierra sobre el gris ataúd. Y todos cantaron aquella vieja canción: "Más allá del sol, más allá del sol/ yo tengo un hogar, bello hogar, más allá del sol/", mientras tiraban flores sobre la caja. Así terminaba una vida, que descontó 92 abriles. Era la tarde de un 19 de enero de 1983. Ese mismo día inició el novenario, otra muestra de fe y tradiciones.


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