El entierro de
mamá Juanita
La procesión del entierro
salió puntual a las 3 de la tarde. Desde
el mismo momento en que los familiares
levantaron el atúd para cargarlo, la
superstición y la tradición
sellaron aquella despedida.
Por Oscar
Tenorio
A
la fallecida la tenían que sacar con los
pies por delante, como que si saliera caminando,
en su último viaje terrenal. Si el
cadáver se sacaba con la cabeza por
delante, entonces, "el espíritu
regresaría inconforme a traerse a
alguien". Y así fue: los restos mortales
de la niña Juana Rivas viuda de Iraheta
fueron sacados con sus pies por delante. Un
niño, "quien no había cometido
pecado alguno", levantó la cruz de
ciprés, que estaba colocada debajo del
féretro; de esa manera, también se
llevaba el espíritu de la fallecida.
Con el ataúd por delante, cargado por
sus jóvenes y doloridos nietos, la
procesión inició un largo
recorrido de unas tres horas para llegar al
cementerio. Aquel nutrido cortejo lo encabezaban
las hijas de la niña Juanita, sus nietos,
bisnietos, sobrinos, otros familiares y un
centenar de conocidos: desde el dueño de
la peluquería hasta los bolitos
más empedernidos, Manolo, el Gancho y el
Peluca.
A las 4:30 de la tarde, el cortejo
entró al cementerio y el ataúd fue
colocado a la par del sepulcro. Alrededor del
hoyo, se colocaron sus adoloridos familiares.
Lloraban todos, hasta los bolitos, en un
extraño gesto de solidaridad.
Sólo cuando el atáud fue bajado
al fondo del sepulcro, inició el
desparpajo. De entre la muchedumbre,
apareció una enloquecida sobrina de la
niña Juanita, quien se quería
tirar al fondo del hoyo. Aquellos sollozos eran
desgarradores: "¡Ayyy mi viejita, yo me
quiero ir con usted... yo también me
quiero morir!".
Varios hombres la sujetaron con tanta fuerza,
que la mujer cayó desmayada sobre la
tierra fresca. Ante aquel drama, algunos ya iban
preparados. Corrieron a atender a la sufrida
mujer; inmediatamente, la frotaron con "agua
florida" y "siete espíritus", mientras le
pedían fortaleza, para reponerse ante tan
dolorosa pérdida.
Entre tanto desconsuelo, los bolitos,
enterradores contratados para la ocasión,
echaron tierra sobre el gris ataúd. Y
todos cantaron aquella vieja canción:
"Más allá del sol, más
allá del sol/ yo tengo un hogar, bello
hogar, más allá del sol/",
mientras tiraban flores sobre la caja.
Así terminaba una vida, que
descontó 92 abriles. Era la tarde de un
19 de enero de 1983. Ese mismo día
inició el novenario, otra muestra de fe y
tradiciones.