¿En qué
país vivimos?
Ernesto
Trigueros Alcaine*
En lugar de andar regulando las horas de
venta y consumo de bebidas alcohólicas,
con disposiciones de dudosa constitucionalidad,
sería más positivo que se defienda
nuestro idioma, que está siendo
maltratado
La creciente invasión de anglicismos
en nuestra lengua es innegable y está muy
estudiada. El distinguido profesor y
académico de la Real Academia de la
Lengua, don Emilio Lorenzo, ha publicado dos
obras magistrales dedicadas a este tema,
además de innumerables artículos y
conferencias. El nos ha hecho ver "en qué
medida la creciente marea de palabras inglesas y
construcciones calcadas del inglés invade
el español".
Pero siendo nuestro idioma el principal
legado cultural de España, entristece ver
que en nuestro país esta invasión
alcanza condiciones de verdadera
catástrofe.
Aunque no somos expertos en
estadística, nos atrevemos a afirmar que
menos de un 10% de los salvadoreños que
leemos los periódicos y vemos
televisión, hablamos o entendemos el
inglés.
Pero los mensajes que se nos envían a
través de la publicidad, tanto escrita
como televisada, parecen partir de la base de
que todos los salvadoreños hablamos
más inglés que español.
La ropita o zapatitos de los niños son
siempre "ford kids". Si usted quiere llevar su
automóvil a lavar, tiene que ir a un "car
wash". Si se quiere tomar una cerveza bien
helada, tiene que pedir una "draft", pues la de
barril ha desaparecido del mapa. Y si quiere
mejorar un poco la calidad del producto a
ingerir, tiene que pedir una "premium", que es
la misma cerveza pero con un apellido más
"high life".
Y no se le ocurra meterse a comprar un carro
sin matricularse en un curso intensivo de
inglés. Lo van a volver loco con los
"horse power", el "power steering", por no
hablar del "clutch" o del "brake". Si se decide
a comprar una de las camionetonas de las caras,
mucho ojo que sea de las llamadas "full extras"
o "full complementos", como hemos
leído a toda página en un anuncio
reciente encabezado por la palabra tan castiza
de "Yeah".
Aparte de destrozar el idioma que, repito, es
nuestro principal bien cultural, estamos
haciendo el ridículo más
espantoso. Cuando fue alcalde de San Salvador el
político de grata recordación, Dr.
J. Guillermo Trabanino, se emitió una
ordenanza que prohibía los rótulos
en inglés y se multaba a los negocios que
la irrespetaban. Me imagino que la mencionada
ordenanza no ha sido derogada pero con el tiempo
ha dejado de ser cumplida. Ahora que tenemos un
Concejo de clara avidez recaudatoria,
sería muy del caso que se actualizase la
dichosa ordenanza y se elevasen sensiblemente
las multas correspondientes.
En lugar de andar regulando las horas de
venta y consumo de bebidas alcohólicas,
con disposiciones de dudosa constitucionalidad,
sería más positivo que se defienda
nuestro idioma, que está siendo
maltratado de forma brutal. Su defensa
sería francamente apegada a la
Constitución de la República y muy
bien recibida por la mayoría de los
salvadoreños.
* Abogado y diplomático.
Colaborador de El Diario de Hoy.