Tema
del momento
Peor que el ántrax es
el miedo
Carlos
Mayora Re*
Suele
decirse que el fuego pensado es siempre
más terrible que el fuego real, y que el
pánico da lugar a peores consecuencias
que el mal que lo provoca. Los terroristas lo
saben muy bien y, precisamente por ello, son
especialistas en sembrar inseguridad e
incertidumbre. Cuando se conoce al enemigo y se
sabe su modo de actuación, existe una
cierta confianza en las propias fuerzas y en el
modo de combatirlo, pero cuando no se sabe
qué puede pasar, de dónde
provendrá el siguiente ataque, y
qué se puede hacer para preparar la
defensa, llega el momento en que es muy
fácil pasar del temor al pánico, o
quedarse perplejo, congelado, sin atreverse a
tomar una decisión.
En este país sabemos qué es el
miedo y la incertidumbre. Desde la ansiedad
provocada por el terrorismo, la violencia civil
y la delincuencia, hasta la inseguridad
suscitada por los terremotos, cuando en los
primeros meses de este año no
sabíamos si iba a dejar de temblar, o si
el próximo sismo sería un nuevo
terremoto.
Ahora le ha tocado el turno a la sociedad
estadounidense. Una bacteria tan vieja como los
hombres tiene en vilo a la nación
más poderosa del mundo. Aunque el miedo
no es al ántrax, sino a la
imprevisibilidad del ataque terrorista. El
éxito de los terroristas es haber
convertido en víctima potencial a
cualquier persona, sin importar si es civil o
militar, culpable o inocente, hombre o mujer...
Todos están en riesgo de sufrir que un
avión se estrelle contra el edificio en
que trabajan, que estalle un coche bomba a la
vuelta de la esquina, o que alguien descargue
una nebulización de gérmenes
patógenos en los sistemas centralizados
de aire acondicionado de los lugares
públicos.
Como escribe un periodista: "El terrorismo se
basa en la desproporción y el azar, y por
eso provoca efectos inmediatos y contagiosos de
inseguridad y pánico". Las noticias de
esta semana, que dan cuenta de la
aparición de más casos de
ántrax en los Estados Unidos son malas,
pues confirman con hechos la posibilidad de una
guerra biológica, y han convertido en
realidad lo que hasta ahora estaba sólo
en el campo de lo posible.
Y son malas noticias también porque
los ataques han sido cuidadosamente
planificados: primero, la prensa (para
sensibilizar la opinión pública);
después, un personaje público, el
líder de la mayoría
demócrata del Senado, ¿y luego? En
todos los casos se ha cumplido con creces el
objetivo: más que provocar muertes, se
trata de crear pánico. Y, además,
a bajo costo para los terroristas, pues no se ha
hecho un ataque masivo, sino selectivo,
escogiendo las personas que darían a
conocer inmediatamente el ataque,
convirtiéndose en perfectos altavoces del
miedo.
Con esas acciones, los terroristas han
logrado que muchos vivan en el miedo y no sean
capaces de volver a una vida dentro de los
patrones de la normalidad. La gente ahora se
pregunta: ¿Me atrevo a volar?,
¿denuncio a mi vecino, que me parece tan
sospechoso?, ¿habrá llegado bien mi
hijo al colegio?, ¿habré perdido ya
los ahorros de toda mi vida? Y, como es
lógico, han logrado también que se
trabaje con la cabeza puesta en otro sitio,
pensando más en lo que podría
pasar si... en lugar de las obligaciones
cotidianas.
El miedo y el odio están emparentados.
De hecho Maquiavelo encontraba en esos dos
sentimientos las motivaciones más
frecuentes del daño a los semejantes: un
ciudadano común y corriente recibe un
tiro en la cabeza porque sus asaltantes temen
que les dispare primero, las guerras se libran
por el miedo a ser conquistados o a perder
valores compartidos como la tradición, la
religión o la autonomía,
sólo por poner algunos ejemplos. Y el
odio... el odio lleva a hacer daño porque
sí, a ambicionar las riquezas ajenas, a
secuestrar un avión e inmolarse junto con
los pasajeros para destruir al "enemigo".
Si bien es cierto que en el corazón
del hombre la esperanza es siempre más
fuerte que el miedo, para tener esperanza hace
falta ir más allá de la seguridad
física, la que garantizan las armas y las
medidas sanitarias, y en estos días los
estadounidenses están más
necesitados que nunca de recurrir a sus valores
tradicionales. La crisis más importante
no es asunto de seguridad, sino cuestión
de sentido, del sentido que para cada uno tiene
su propia vida y la de los suyos, de valores
espirituales, en definitiva.
Sólo si son capaces de superar sus
temores, podrán gozar de la "libertad
duradera" que están buscando en las
montañas de Afganistán, pues nunca
serán libres si no les queda más
remedio que vivir encerrados en la jaula de oro
de sus medidas de seguridad y, al mismo tiempo,
prisioneros de sus miedos.