Sábado 20 de octubre 2001


Tema del momento
Peor que el ántrax es el miedo
Carlos Mayora Re*

Suele decirse que el fuego pensado es siempre más terrible que el fuego real, y que el pánico da lugar a peores consecuencias que el mal que lo provoca. Los terroristas lo saben muy bien y, precisamente por ello, son especialistas en sembrar inseguridad e incertidumbre. Cuando se conoce al enemigo y se sabe su modo de actuación, existe una cierta confianza en las propias fuerzas y en el modo de combatirlo, pero cuando no se sabe qué puede pasar, de dónde provendrá el siguiente ataque, y qué se puede hacer para preparar la defensa, llega el momento en que es muy fácil pasar del temor al pánico, o quedarse perplejo, congelado, sin atreverse a tomar una decisión.

En este país sabemos qué es el miedo y la incertidumbre. Desde la ansiedad provocada por el terrorismo, la violencia civil y la delincuencia, hasta la inseguridad suscitada por los terremotos, cuando en los primeros meses de este año no sabíamos si iba a dejar de temblar, o si el próximo sismo sería un nuevo terremoto.

Ahora le ha tocado el turno a la sociedad estadounidense. Una bacteria tan vieja como los hombres tiene en vilo a la nación más poderosa del mundo. Aunque el miedo no es al ántrax, sino a la imprevisibilidad del ataque terrorista. El éxito de los terroristas es haber convertido en víctima potencial a cualquier persona, sin importar si es civil o militar, culpable o inocente, hombre o mujer... Todos están en riesgo de sufrir que un avión se estrelle contra el edificio en que trabajan, que estalle un coche bomba a la vuelta de la esquina, o que alguien descargue una nebulización de gérmenes patógenos en los sistemas centralizados de aire acondicionado de los lugares públicos.

Como escribe un periodista: "El terrorismo se basa en la desproporción y el azar, y por eso provoca efectos inmediatos y contagiosos de inseguridad y pánico". Las noticias de esta semana, que dan cuenta de la aparición de más casos de ántrax en los Estados Unidos son malas, pues confirman con hechos la posibilidad de una guerra biológica, y han convertido en realidad lo que hasta ahora estaba sólo en el campo de lo posible.

Y son malas noticias también porque los ataques han sido cuidadosamente planificados: primero, la prensa (para sensibilizar la opinión pública); después, un personaje público, el líder de la mayoría demócrata del Senado, ¿y luego? En todos los casos se ha cumplido con creces el objetivo: más que provocar muertes, se trata de crear pánico. Y, además, a bajo costo para los terroristas, pues no se ha hecho un ataque masivo, sino selectivo, escogiendo las personas que darían a conocer inmediatamente el ataque, convirtiéndose en perfectos altavoces del miedo.

Con esas acciones, los terroristas han logrado que muchos vivan en el miedo y no sean capaces de volver a una vida dentro de los patrones de la normalidad. La gente ahora se pregunta: ¿Me atrevo a volar?, ¿denuncio a mi vecino, que me parece tan sospechoso?, ¿habrá llegado bien mi hijo al colegio?, ¿habré perdido ya los ahorros de toda mi vida? Y, como es lógico, han logrado también que se trabaje con la cabeza puesta en otro sitio, pensando más en lo que podría pasar si... en lugar de las obligaciones cotidianas.

El miedo y el odio están emparentados. De hecho Maquiavelo encontraba en esos dos sentimientos las motivaciones más frecuentes del daño a los semejantes: un ciudadano común y corriente recibe un tiro en la cabeza porque sus asaltantes temen que les dispare primero, las guerras se libran por el miedo a ser conquistados o a perder valores compartidos como la tradición, la religión o la autonomía, sólo por poner algunos ejemplos. Y el odio... el odio lleva a hacer daño porque sí, a ambicionar las riquezas ajenas, a secuestrar un avión e inmolarse junto con los pasajeros para destruir al "enemigo".

Si bien es cierto que en el corazón del hombre la esperanza es siempre más fuerte que el miedo, para tener esperanza hace falta ir más allá de la seguridad física, la que garantizan las armas y las medidas sanitarias, y en estos días los estadounidenses están más necesitados que nunca de recurrir a sus valores tradicionales. La crisis más importante no es asunto de seguridad, sino cuestión de sentido, del sentido que para cada uno tiene su propia vida y la de los suyos, de valores espirituales, en definitiva.

Sólo si son capaces de superar sus temores, podrán gozar de la "libertad duradera" que están buscando en las montañas de Afganistán, pues nunca serán libres si no les queda más remedio que vivir encerrados en la jaula de oro de sus medidas de seguridad y, al mismo tiempo, prisioneros de sus miedos.


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