Sábado 20 de octubre 2001


La Nota del Día
 

Cuarenta años sin enseñar moral

Es natural que la mayoría de la gente se salve de caer en la amoralidad y el crimen, pues por instinto el hombre aprende a respetar a sus semejantes y procura vivir en paz

Son muchas las causas de la violencia que nos agobia, aunque en última instancia la falta de conciencia moral en los pobladores y la impunidad, sean las primordiales. Si un individuo no sabe diferenciar entre el bien y el mal, y además cree que no tendrá castigo por los delitos que cometa, se puede esperar lo peor de él. Y es ese "peor" lo que actualmente victimiza a tantos y está llevando al país a la ruina.

Hace casi cuarenta años se dejó de enseñar moral y urbanidad en las escuelas, fecha que marca el inicio de la indoctrinación de jóvenes por maestros politizados, curas rojos y movimientos sediciosos. No sólo se dejó a los niños y jóvenes de entonces, ahora adultos y padres de familia, sin una orientación moral y ética, sino que también se les atiborró la cabeza de supersticiones y odios contrarios a lo que fundamenta la civilización occidental.

Es natural que la mayoría de la gente se salve de caer en la amoralidad y el crimen, pues por instinto el hombre aprende a respetar a sus semejantes y procura vivir en paz. El hombre no sobrevive aislado del resto; tiene que ser parte de un rebaño, en sentido figurado: ser miembro de tribu, de clan, de nación. El principio cardinal de la moral, no hacer a otros lo que no quieres que te hagan a ti, va guiando la conducta general. El público respeta las "colas" para no sufrir las consecuencias de un "molote"; el dependiente no engaña al comprador, pues sabe que éste no volvería al establecimiento. En casi todos sus actos, los individuos se mantienen dentro de lo que dicta la sensatez y la misma necesidad de no meterse en problemas.

Pero en todo grupo humano hay "vivos", sinvergüenzas, degenerados, sicópatas, terroristas potenciales, fanáticos, resentidos, perturbados mentales. No hace mucho un suizo desquiciado mató a balazos a siete personas inocentes. Y hasta que se perpetraron los ataques a las Torres Gemelas, la mayor mortandad había sido causada por un estadounidense, Timothy McVeigh, que colocó un camión bomba, o una bomba en un camión, como decían ciertos teólogos, derrumbó un edificio y mató muchos niños.

La censura corrompe más que lo censurado

Por lógica, al haber una gran impunidad, sujetos que normalmente quedarían en un área gris -la del que no comete un crimen por miedo al castigo-, se dejan ir, como los "mareros" en el centro de nuestras ciudades, o motoristas que se venden como sicarios. Pero igual ocurre con funcionarios que se corrompen, jueces prevaricadores, policías que toman mordida: en su mayor parte lo hacen al saberse a salvo del castigo.

Hay factores adicionales. Un joven cuya familia está separada, que vive en vecindarios enviciados, que cae presa del vicio de las "chiviaderas", que contempla toda clase de malos ejemplos, con probabilidad se convierte en maleante. Y aquí haremos referencia a la errada idea de que los programas de violencia en la TV juegan un papel en su perdición. Lo que para millones de niños en el mundo no pasa de asustarlos y mal entretenerlos, al que está sumido en ambientes sórdidos puede afectarlo. El remedio no será ir a los síntomas censurando programas, sino a las causas profundas, que son las lacras sociales. No olvidemos que las censuras corrompen más que lo censurado.


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