La
Nota del
Día
Cuarenta años sin
enseñar moral
Es natural que la mayoría de la gente
se salve de caer en la amoralidad y el crimen,
pues por instinto el hombre aprende a respetar a
sus semejantes y procura vivir en paz
Son muchas las causas de la violencia que nos
agobia, aunque en última instancia la
falta de conciencia moral en los pobladores y la
impunidad, sean las primordiales. Si un
individuo no sabe diferenciar entre el bien y el
mal, y además cree que no tendrá
castigo por los delitos que cometa, se puede
esperar lo peor de él. Y es ese "peor" lo
que actualmente victimiza a tantos y está
llevando al país a la ruina.
Hace casi cuarenta años se dejó
de enseñar moral y urbanidad en las
escuelas, fecha que marca el inicio de la
indoctrinación de jóvenes por
maestros politizados, curas rojos y movimientos
sediciosos. No sólo se dejó a los
niños y jóvenes de entonces, ahora
adultos y padres de familia, sin una
orientación moral y ética, sino
que también se les atiborró la
cabeza de supersticiones y odios contrarios a lo
que fundamenta la civilización
occidental.
Es natural que la mayoría de la gente
se salve de caer en la amoralidad y el crimen,
pues por instinto el hombre aprende a respetar a
sus semejantes y procura vivir en paz. El hombre
no sobrevive aislado del resto; tiene que ser
parte de un rebaño, en sentido figurado:
ser miembro de tribu, de clan, de nación.
El principio cardinal de la moral, no hacer a
otros lo que no quieres que te hagan a ti, va
guiando la conducta general. El público
respeta las "colas" para no sufrir las
consecuencias de un "molote"; el dependiente no
engaña al comprador, pues sabe que
éste no volvería al
establecimiento. En casi todos sus actos, los
individuos se mantienen dentro de lo que dicta
la sensatez y la misma necesidad de no meterse
en problemas.
Pero en todo grupo humano hay "vivos",
sinvergüenzas, degenerados,
sicópatas, terroristas potenciales,
fanáticos, resentidos, perturbados
mentales. No hace mucho un suizo desquiciado
mató a balazos a siete personas
inocentes. Y hasta que se perpetraron los
ataques a las Torres Gemelas, la mayor mortandad
había sido causada por un estadounidense,
Timothy McVeigh, que colocó un
camión bomba, o una bomba en un
camión, como decían ciertos
teólogos, derrumbó un edificio y
mató muchos niños.
La censura corrompe
más que lo censurado
Por lógica, al haber una gran
impunidad, sujetos que normalmente
quedarían en un área gris -la del
que no comete un crimen por miedo al castigo-,
se dejan ir, como los "mareros" en el centro de
nuestras ciudades, o motoristas que se venden
como sicarios. Pero igual ocurre con
funcionarios que se corrompen, jueces
prevaricadores, policías que toman
mordida: en su mayor parte lo hacen al saberse a
salvo del castigo.
Hay factores adicionales. Un joven cuya
familia está separada, que vive en
vecindarios enviciados, que cae presa del vicio
de las "chiviaderas", que contempla toda clase
de malos ejemplos, con probabilidad se convierte
en maleante. Y aquí haremos referencia a
la errada idea de que los programas de violencia
en la TV juegan un papel en su perdición.
Lo que para millones de niños en el mundo
no pasa de asustarlos y mal entretenerlos, al
que está sumido en ambientes
sórdidos puede afectarlo. El remedio no
será ir a los síntomas censurando
programas, sino a las causas profundas, que son
las lacras sociales. No olvidemos que las
censuras corrompen más que lo
censurado.