Jueves 18 de octubre 2001


Comentando
Noche de gatos pardos
Salvador Samayoa

El problema interno del FMLN podría haber llegado ya a un punto en el que no sea posible -o conveniente- una solución de continuidad. Dicho de otra manera, tal vez la izquierda salvadoreña, como reflejo de dinamismos históricos nacionales más amplios, podría verse obligada a asumir, sin postergaciones, el desafío de una nueva conformación política y orgánica en los albores del nuevo siglo.

Si ese fuera el caso, el mayor contingente social de oposición de El Salvador no estaría necesariamente condenado a un desastre político, o a una pérdida irreparable de la fuerza acumulada durante décadas de lucha. Al contrario, tal vez estaría inmerso en un fenómeno de cambio positivo; complejo, confuso y relativamente traumático, pero enteramente natural.

El FMLN no es eterno. Nada es eterno en esta vida. Aunque se conservara el nombre -que, dicho sea de paso, es totalmente anacrónico-, podría cambiar muy profundamente su forma y estructura, hasta el punto de convertirse en una entidad política diferente a la que hemos conocido, con todas sus mutaciones, en los últimos veinte años.

El FMLN ha nadado contra muchas corrientes a lo largo de su intensa y conflictiva existencia. De esta virtud, audacia y coraje pueden estar orgullosos todos sus militantes, antiguos y actuales. Pero hay una corriente contra la que no puede nadar. No puede el Frente. No puede nadie. Es la corriente de la historia. En el ámbito de la historia se desarrollan y se agotan inevitablemente los procesos políticos y las formas institucionales. No tiene caso rebelarse contra esta realidad inexorable de la vida. Esta es la única rebeldía que no tiene sentido.

Más que evitar el cambio en la estructura o en la forma institucional del instrumento partidario más emblemático de la oposición, se debe evitar a toda costa que el cambio se reduzca a una purga, a un desmembramiento o a una confrontación estéril y vacía, tal como ahora está planteada.

La ciudadanía no entiende bien la naturaleza de las contradicciones políticas entre los diferentes sectores del Frente. Del paupérrimo debate público, sólo ha podido surgir una certeza: los "compañeros" se detestan. No se pueden ver ni en pintura. Ya no se hablan, sólo se insultan. Sus animadversiones se han enconado hasta niveles infecciosos irreversibles.

Sin embargo, por triste que sea, sobre todo a la luz de los sacrificios y las ilusiones de tantas personas, el odio entre "compañeros" de lucha política no debe caer en el ámbito de los juicios morales. Al contrario, debe ser aceptado sin mayores aspavientos como causa legítima de separación o divorcio.

Lo que no se vale es la justificación que se está introduciendo de contrabando en el debate público, con los parámetros, con los métodos y con el discurso de la ortodoxia. Siempre nos hemos opuesto al mote simplista de "ortodoxos", acuñado por la prensa perezosa para estigmatizar a los militantes de determinada tendencia política, pero la amenaza de expulsar a los "derechistas" del partido es expresión pura de ortodoxia, en el más genuino e indiscutible sentido histórico del término, en la medida en que un poder ideológico se arroga la atribución de calificar, penalizar o excomulgar a los herejes o infieles que se apartan del de la doctrina o del pensamiento oficial.

¿Qué significa ser "derechista" o tener "pensamiento de derecha"? Si abordamos el problema desde el punto de vista de los temas morales que tradicionalmente dividen a liberales y conservadores, o a la izquierda y la derecha, habría que expulsar a los diputados del FMLN -no sólo renovadores- que votaron en favor de la penalización del aborto.

Si tomamos el problema desde el punto de vista de las prácticas más tradicionales de la derecha -superadas ya, por cierto, en el contexto actual-, habría que expulsar a los responsables del grotesco fraude electoral en el seno del FMLN. Más aún, habría que analizar con mayor detenimiento, a la luz de la historia, si la exclusión, la expulsión en forma de exilio, el desalojo, la marginación y la obstrucción de los accesos al poder no han constituido más bien, en el pasado, un recurso y discurso político de derecha, por lo que habría que expulsar del FMLN a cualquiera que sustente semejantes amenazas.

Si analizamos el problema en el ámbito del impulso o respaldo a políticas económicas neoliberales, habría que expulsar a los que votaron la reforma constitucional que abrió paso a la desregulación y a la privatización del sector de las telecomunicaciones.

La dolarización es arena movediza para tratar líneas divisorias entre la derecha y la izquierda. Sectores de la derecha tradicional del país se opusieron fuertemente a la medida. Casi todos los exportadores querían seguir aferrados a la posibilidad de las devaluaciones, aunque tuvieran efectos inflacionarios que castigaran fuertemente a la población. Por otra parte, es dudoso que los cientos de miles de personas -base social natural de la izquierda- que reciben remesas o contratan créditos para vivienda popular se opusieran a la medida. En el ámbito internacional, la dolarización ha sido objetada por gobiernos de derecha, y la moneda única, en una versión diferente, fue rechazada por los conservadores británicos y respaldada por casi todas las izquierdas europeas.

Si ser "derechista" es defender -legítimamente, por cierto- los intereses económicos de poderosos y acaudalados empresarios o de prominentes corporaciones, podría abrirse una discusión y un expediente bastante incómodo contra algún dirigente ortodoxo del FMLN.

Si analizamos el problema desde el punto de vista del trabajo efectivo por mejorar las condiciones de vida de los más pobres, asumiendo que la izquierda se orienta siempre en este sentido y que la derecha suele ser menos sensible, habría que expulsar por "derechistas" a una buena parte de los alcaldes y concejales del FMLN, porque llevan meses dedicados a la afiliación y a la pugna interna en vez de atender los problemas de la población.

Y así, sucesivamente, hasta concluir que el estigma de "derechista" es casi siempre superficial y arbitrario, y en este caso, además, inconsistente. Por esa vía, el Frente no podrá aclarar nunca su identidad ideológica ni su rumbo político. Más bien tenderá a ignorar, encubrir, tolerar y bendecir notables incoherencias y aberraciones de muchos de sus militantes más "izquierdistas". Entonces el Frente entrará a la larga noche en la que todos los gatos son pardos, porque la ruptura de su estructura partidaria no será más que purga, desmembramiento y supresión de la diversidad, con grave pérdida para unos y otros, pero, sobre todo, con grave pérdida para el país.


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