Comentando
Noche de gatos
pardos
Salvador
Samayoa
El
problema interno del FMLN podría haber
llegado ya a un punto en el que no sea posible
-o conveniente- una solución de
continuidad. Dicho de otra manera, tal vez la
izquierda salvadoreña, como reflejo de
dinamismos históricos nacionales
más amplios, podría verse obligada
a asumir, sin postergaciones, el desafío
de una nueva conformación política
y orgánica en los albores del nuevo
siglo.
Si ese fuera el caso, el mayor contingente
social de oposición de El Salvador no
estaría necesariamente condenado a un
desastre político, o a una pérdida
irreparable de la fuerza acumulada durante
décadas de lucha. Al contrario, tal vez
estaría inmerso en un fenómeno de
cambio positivo; complejo, confuso y
relativamente traumático, pero
enteramente natural.
El FMLN no es eterno. Nada es eterno en esta
vida. Aunque se conservara el nombre -que, dicho
sea de paso, es totalmente anacrónico-,
podría cambiar muy profundamente su forma
y estructura, hasta el punto de convertirse en
una entidad política diferente a la que
hemos conocido, con todas sus mutaciones, en los
últimos veinte años.
El FMLN ha nadado contra muchas corrientes a
lo largo de su intensa y conflictiva existencia.
De esta virtud, audacia y coraje pueden estar
orgullosos todos sus militantes, antiguos y
actuales. Pero hay una corriente contra la que
no puede nadar. No puede el Frente. No puede
nadie. Es la corriente de la historia. En el
ámbito de la historia se desarrollan y se
agotan inevitablemente los procesos
políticos y las formas institucionales.
No tiene caso rebelarse contra esta realidad
inexorable de la vida. Esta es la única
rebeldía que no tiene sentido.
Más que evitar el cambio en la
estructura o en la forma institucional del
instrumento partidario más
emblemático de la oposición, se
debe evitar a toda costa que el cambio se
reduzca a una purga, a un desmembramiento o a
una confrontación estéril y
vacía, tal como ahora está
planteada.
La ciudadanía no entiende bien la
naturaleza de las contradicciones
políticas entre los diferentes sectores
del Frente. Del paupérrimo debate
público, sólo ha podido surgir una
certeza: los "compañeros" se detestan. No
se pueden ver ni en pintura. Ya no se hablan,
sólo se insultan. Sus animadversiones se
han enconado hasta niveles infecciosos
irreversibles.
Sin embargo, por triste que sea, sobre todo a
la luz de los sacrificios y las ilusiones de
tantas personas, el odio entre
"compañeros" de lucha política no
debe caer en el ámbito de los juicios
morales. Al contrario, debe ser aceptado sin
mayores aspavientos como causa legítima
de separación o divorcio.
Lo que no se vale es la justificación
que se está introduciendo de contrabando
en el debate público, con los
parámetros, con los métodos y con
el discurso de la ortodoxia. Siempre nos hemos
opuesto al mote simplista de "ortodoxos",
acuñado por la prensa perezosa para
estigmatizar a los militantes de determinada
tendencia política, pero la amenaza de
expulsar a los "derechistas" del partido es
expresión pura de ortodoxia, en el
más genuino e indiscutible sentido
histórico del término, en la
medida en que un poder ideológico se
arroga la atribución de calificar,
penalizar o excomulgar a los herejes o infieles
que se apartan del de la doctrina o del
pensamiento oficial.
¿Qué significa ser "derechista" o
tener "pensamiento de derecha"? Si abordamos el
problema desde el punto de vista de los temas
morales que tradicionalmente dividen a liberales
y conservadores, o a la izquierda y la derecha,
habría que expulsar a los diputados del
FMLN -no sólo renovadores- que votaron en
favor de la penalización del aborto.
Si tomamos el problema desde el punto de
vista de las prácticas más
tradicionales de la derecha -superadas ya, por
cierto, en el contexto actual-, habría
que expulsar a los responsables del grotesco
fraude electoral en el seno del FMLN. Más
aún, habría que analizar con mayor
detenimiento, a la luz de la historia, si la
exclusión, la expulsión en forma
de exilio, el desalojo, la marginación y
la obstrucción de los accesos al poder no
han constituido más bien, en el pasado,
un recurso y discurso político de
derecha, por lo que habría que expulsar
del FMLN a cualquiera que sustente semejantes
amenazas.
Si analizamos el problema en el ámbito
del impulso o respaldo a políticas
económicas neoliberales, habría
que expulsar a los que votaron la reforma
constitucional que abrió paso a la
desregulación y a la privatización
del sector de las telecomunicaciones.
La dolarización es arena movediza para
tratar líneas divisorias entre la derecha
y la izquierda. Sectores de la derecha
tradicional del país se opusieron
fuertemente a la medida. Casi todos los
exportadores querían seguir aferrados a
la posibilidad de las devaluaciones, aunque
tuvieran efectos inflacionarios que castigaran
fuertemente a la población. Por otra
parte, es dudoso que los cientos de miles de
personas -base social natural de la izquierda-
que reciben remesas o contratan créditos
para vivienda popular se opusieran a la medida.
En el ámbito internacional, la
dolarización ha sido objetada por
gobiernos de derecha, y la moneda única,
en una versión diferente, fue rechazada
por los conservadores británicos y
respaldada por casi todas las izquierdas
europeas.
Si ser "derechista" es defender
-legítimamente, por cierto- los intereses
económicos de poderosos y acaudalados
empresarios o de prominentes corporaciones,
podría abrirse una discusión y un
expediente bastante incómodo contra
algún dirigente ortodoxo del FMLN.
Si analizamos el problema desde el punto de
vista del trabajo efectivo por mejorar las
condiciones de vida de los más pobres,
asumiendo que la izquierda se orienta siempre en
este sentido y que la derecha suele ser menos
sensible, habría que expulsar por
"derechistas" a una buena parte de los alcaldes
y concejales del FMLN, porque llevan meses
dedicados a la afiliación y a la pugna
interna en vez de atender los problemas de la
población.
Y así, sucesivamente, hasta concluir
que el estigma de "derechista" es casi siempre
superficial y arbitrario, y en este caso,
además, inconsistente. Por esa
vía, el Frente no podrá aclarar
nunca su identidad ideológica ni su rumbo
político. Más bien tenderá
a ignorar, encubrir, tolerar y bendecir notables
incoherencias y aberraciones de muchos de sus
militantes más "izquierdistas". Entonces
el Frente entrará a la larga noche en la
que todos los gatos son pardos, porque la
ruptura de su estructura partidaria no
será más que purga,
desmembramiento y supresión de la
diversidad, con grave pérdida para unos y
otros, pero, sobre todo, con grave
pérdida para el país.