Jueves 18 de octubre 2001


De mis recuerdos
Colombianos en Amsterdam
Marvin Galeas*

E-mail: Marvin@telemovil.com

El mundial de Francia 98 fue la excusa genial para una gira europea. La idea no era transmitir los partidos. Había que pagar una fortuna por los derechos y nuestra modesta emisora no se podía dar ese lujo. Lo que vendimos a las agencias de publicidad era, pues, contar el mundial. Es decir, describir el ambiente de la Ciudad Luz bajo el influjo y el embrujo del fútbol. A muchos anunciantes les gustó la idea y la compraron.

Una línea aérea nos dio 3 boletos ida y vuelta a cambio de tres meses de publicidad. Nos fuimos Neto Aparicio, como el experto en la materia; Jaime "Chelona" Rodríguez, como comentarista especial, y un servidor, como encargado de comentar el ambiente parisino en esos 40 días que iba a durar el más glamoroso de todos los mundiales. "La otra cara del mundial" era el nombre de mi espacio, que transmitiría diariamente, a través del teléfono, para la emisora.

El artista salvadoreño William Armijo, que tenía muchos años de residir en París, nos dio amablemente un lugarcito en su apartamento, ubicado en una estratégica esquina de la Rue André Antoine. El apartamento es como la frontera que divide Montmartre y Pigalle. Calle arriba, Montmartre es un conjunto de callecitas estrechas con cafés, museos, parques y teatros. Allí vivieron Salvador Dalí, Luis Buñuel, García Lorca, Toulouse-Lautrec, entre otros genios de las artes. Hay tres hermosas catedrales, la más bella: la del Sagrado Corazón.

Calle abajo, Pigalle es una mar de luces y marquesinas con rótulos como Le Moulin Rouge, Pips Show, Sex. Allí están los más rutilantes cabarets y los más elegantes puteríos. En Pigalle todos los días y todas las horas es viernes por la noche. Vienen de todo el mundo en búsqueda de afectos a buen precio y de pasiones torcidas. El templo pagano del erotismo. La capital del sexo extremo.

Por esos días, por las calles de París pasaban grupos de japoneses tomando fotos a todo y a todos, jamaiquinos bailando reggae, brasileños bailando samba, escoceses en falda tocando gaita, ingleses e irlandeses tomándose toda la cerveza del mundo, argentinos tomando mate, nigerianos tocando en tambor ritmos endemoniados del Africa profunda.

Los primeros días me la pasé entre idas al museo de Louvre, la Catedral de Notre Dame, el barrio latino, el cementerio de Pére Lachaisse y el puente del alma, donde Diana encontró la muerte. Seguí la ruta de Cortázar a la orilla del Sena. París tiene en cada esquina un testimonio de la esplendorosa civilización occidental. Fue por esos días que llegó desde Bruselas para una corta visita de trabajo a París, Tono Morales, un ser de tremenda dimensión humana.

A la semana siguiente agarré una mochila, metí la grabadora, la cámara y una botella de tinto y me fui a su casa, en la tranquila y hermosa ciudad de Bruselas. Nunca olvidaré la calidez de Tono y su esposa Marily. Allí fue mi base de operaciones para ir en tren a Brujas, ciudad como sacada de un cuento de hadas; a Londres y, posteriormente, a Oxford.

Pero fue en Amsterdam donde me sucedió el más extraño de los encuentros. Llegué temprano para recorrer a pie la mayor parte posible de la ciudad. Por la tarde me metí a un café cercano a la estación central de trenes, para ver por la televisión el partido entre Colombia y Túnez. El estar solo no me impidió, latinoamericano al fin y al cabo, celebrar el gol colombiano. Fue cuando un elegante sujeto, a todas luces latino, se me acercó. Era alto y vestía de manera elegante.

"¿Usted es colombiano?", me preguntó. Le dije que no. "Soy periodista salvadoreño", aclaré. Me invitó a su mesa donde había otro sujeto. "Vea, hermano, nosotros somos colombianos y nos da mucha alegría siempre encontrarnos con cualquier latinoamericano, somos la misma raza", me dijo. Tenía el pálpito que el hombre quería contarme algo.

Y en efecto. "Vea, hermano, le voy a contar algo, pero no saque su grabadora". Hizo una pausa para ver unos instantes el partido y tomar un largo trago de whisky. "Lo que le voy a decir es completamente cierto y puede contárselo a todo el mundo. Pablo Escobar no murió en un tejado de Medellín. Nosotros tenemos todo el dinero para cambiarnos de país y de cara también". ¡La sangre de Cristo! pensé para mis adentros. ¿Quiénes son estos?

El colombiano tomó otro sorbo de whisky y me dijo: "Pablo Escobar está vivo y el cártel de Medellín, también. Dígaselo al mundo". No me dio tiempo de preguntar nada. El partido terminó. El tipo pagó la cuenta y se fue en un Volvo color gris, manejado por el otro sujeto que había permanecido en silencio observándome. Me fui directo para la estación. Ya en el tren una pregunta no me dejó en paz ¿Será?


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