De mis
recuerdos
Colombianos en
Amsterdam
Marvin
Galeas*
E-mail:
Marvin@telemovil.com
El
mundial de Francia 98 fue la excusa genial para
una gira europea. La idea no era transmitir los
partidos. Había que pagar una fortuna por
los derechos y nuestra modesta emisora no se
podía dar ese lujo. Lo que vendimos a las
agencias de publicidad era, pues, contar el
mundial. Es decir, describir el ambiente de la
Ciudad Luz bajo el influjo y el embrujo del
fútbol. A muchos anunciantes les
gustó la idea y la compraron.
Una línea aérea nos dio 3
boletos ida y vuelta a cambio de tres meses de
publicidad. Nos fuimos Neto Aparicio, como el
experto en la materia; Jaime "Chelona"
Rodríguez, como comentarista especial, y
un servidor, como encargado de comentar el
ambiente parisino en esos 40 días que iba
a durar el más glamoroso de todos los
mundiales. "La otra cara del mundial" era el
nombre de mi espacio, que transmitiría
diariamente, a través del
teléfono, para la emisora.
El artista salvadoreño William Armijo,
que tenía muchos años de residir
en París, nos dio amablemente un
lugarcito en su apartamento, ubicado en una
estratégica esquina de la Rue
André Antoine. El apartamento es como la
frontera que divide Montmartre y Pigalle. Calle
arriba, Montmartre es un conjunto de callecitas
estrechas con cafés, museos, parques y
teatros. Allí vivieron Salvador
Dalí, Luis Buñuel, García
Lorca, Toulouse-Lautrec, entre otros genios de
las artes. Hay tres hermosas catedrales, la
más bella: la del Sagrado
Corazón.
Calle abajo, Pigalle es una mar de luces y
marquesinas con rótulos como Le Moulin
Rouge, Pips Show, Sex. Allí están
los más rutilantes cabarets y los
más elegantes puteríos. En Pigalle
todos los días y todas las horas es
viernes por la noche. Vienen de todo el mundo en
búsqueda de afectos a buen precio y de
pasiones torcidas. El templo pagano del
erotismo. La capital del sexo extremo.
Por esos días, por las calles de
París pasaban grupos de japoneses tomando
fotos a todo y a todos, jamaiquinos bailando
reggae, brasileños bailando samba,
escoceses en falda tocando gaita, ingleses e
irlandeses tomándose toda la cerveza del
mundo, argentinos tomando mate, nigerianos
tocando en tambor ritmos endemoniados del Africa
profunda.
Los primeros días me la pasé
entre idas al museo de Louvre, la Catedral de
Notre Dame, el barrio latino, el cementerio de
Pére Lachaisse y el puente del alma,
donde Diana encontró la muerte.
Seguí la ruta de Cortázar a la
orilla del Sena. París tiene en cada
esquina un testimonio de la esplendorosa
civilización occidental. Fue por esos
días que llegó desde Bruselas para
una corta visita de trabajo a París, Tono
Morales, un ser de tremenda dimensión
humana.
A la semana siguiente agarré una
mochila, metí la grabadora, la
cámara y una botella de tinto y me fui a
su casa, en la tranquila y hermosa ciudad de
Bruselas. Nunca olvidaré la calidez de
Tono y su esposa Marily. Allí fue mi base
de operaciones para ir en tren a Brujas, ciudad
como sacada de un cuento de hadas; a Londres y,
posteriormente, a Oxford.
Pero fue en Amsterdam donde me sucedió
el más extraño de los encuentros.
Llegué temprano para recorrer a pie la
mayor parte posible de la ciudad. Por la tarde
me metí a un café cercano a la
estación central de trenes, para ver por
la televisión el partido entre Colombia y
Túnez. El estar solo no me
impidió, latinoamericano al fin y al
cabo, celebrar el gol colombiano. Fue cuando un
elegante sujeto, a todas luces latino, se me
acercó. Era alto y vestía de
manera elegante.
"¿Usted es colombiano?", me
preguntó. Le dije que no. "Soy periodista
salvadoreño", aclaré. Me
invitó a su mesa donde había otro
sujeto. "Vea, hermano, nosotros somos
colombianos y nos da mucha alegría
siempre encontrarnos con cualquier
latinoamericano, somos la misma raza", me dijo.
Tenía el pálpito que el hombre
quería contarme algo.
Y en efecto. "Vea, hermano, le voy a contar
algo, pero no saque su grabadora". Hizo una
pausa para ver unos instantes el partido y tomar
un largo trago de whisky. "Lo que le voy a decir
es completamente cierto y puede
contárselo a todo el mundo. Pablo Escobar
no murió en un tejado de Medellín.
Nosotros tenemos todo el dinero para cambiarnos
de país y de cara también".
¡La sangre de Cristo! pensé para mis
adentros. ¿Quiénes son estos?
El colombiano tomó otro sorbo de
whisky y me dijo: "Pablo Escobar está
vivo y el cártel de Medellín,
también. Dígaselo al mundo". No me
dio tiempo de preguntar nada. El partido
terminó. El tipo pagó la cuenta y
se fue en un Volvo color gris, manejado por el
otro sujeto que había permanecido en
silencio observándome. Me fui directo
para la estación. Ya en el tren una
pregunta no me dejó en paz
¿Será?