Miércoles 17 de octubre 2001


Marco Valencia
La inmensidad y la intimidad del paisaje

En la múltiple oferta del arte latinoamericano actual, una oferta en que la ruptura y la propuesta más legítimas coinciden en un espacio en que se evidencia un afán de devolver al arte, y esencialmente a la pintura, su esencia de suficiencia, más allá del tema y la imagen en y por sí misma, el paisaje ha adquirido una singular presencia y fuerza.

Armando Alvarez Bravo
Crítico de Arte/El Nuevo Herald

Muy fácilmente podría afirmarse que el paisaje es moda. Pero tal aseveración es injusta y superficial. En todos los tiempos, y no menos en el nuestro, el paisaje es final impulso y materia de la creación. Una materia con una incesante capacidad de renovación, de ganancia en el espectro de la historia y la tradición del arte.

Hurgar y desentrañar en las causas del bienvenido auge del paisaje en la nómina temática de nuestra presente creación, es bien complejo por la sutileza de los matices involucrados en su proyección. Pienso, en este sentido, que una de las razones que informan ese auge es un redescubrimiento de los creadores de su entorno. Este va más allá, por encima de los factores formales, de una voluntad de los artistas de trascender un discurso dictado por la inmediatez del propio paisaje e ir a su otredad. A la otra naturaleza que destila su evidencia. Ese impulso ahonda las posibilidades expresivas del paisaje y lo cala de una poesía, un enigma y una evidencia en que podemos y debemos reconocernos. Tres factores que, desde las referencias absolutas de la realidad, participan de las ficciones que depara una imaginación ávida de magia y encuentro. No menos del latido de la belleza.

Valencia en Coral Gables

La galería Jorge M. Sori Fine Art, de Coral Gables, está presentando la exposición "Bosque y bambúes", del joven pintor salvadoreño Marco Valencia, cuyos lienzos ilustran cabalmente con sus cualidades la actual vigencia y más del paisajismo. El expositor, nacido en San Salvador, en 1973, es un pintor autodidacta que se formó como ingeniero químico, carrera que abandonó para dedicarse a la pintura. Ha expuesto en muestras personales y colectivas en su país, Alemania y Estados Unidos. Sus obras figuran en colecciones privadas y públicas de El Salvador, Costa Rica, Guatemala, Nicaragua y Estados Unidos.

Los adjetivos siempre son traicioneros y el que le corresponde a Valencia, en la retórica al uso, es la de artista emergente. Ojalá todos aquellos a los que tan fácilmente se da ese adjetivo tuviesen su calidad. Esa calidad se ha consolidado y se proyecta hacia sus máximos desde el inicio de la labor del pintor hace ya más de una década. Se volcaba entonces sobre lo que se ha designado como un costumbrismo que describía los pueblos y paisajes de su patria.

Su evolución comienza, según señaló un artículo de El Diario de Hoy en 1999, cuando el expositor se entregó a exaltar al paisaje en sus obras. En este sentido, afirmó Valencia: "Siempre lo ponía como elemento secundario en mi trabajo, por eso, de cuatro años para acá decidí cambiar el estilo y ponerme más con el naturalismo". Tal certidumbre lo adentra en el dominio de una mirada nueva. Esa mirada no es la que se empeña en plasmar estrictamente lo que podríamos llamar los datos físicos del paisaje. Si bien la pintura de Valencia se caracteriza, entre otras muchas cosas, por su precisión y su fidelidad al detalle en todos los órdenes, hay en la cristalización de cada una de sus piezas una intensidad que es producto de la elaboración de lo que alienta en sus paisajes como iluminación, como entrevisto de una plenitud que trasciende lo temporal para, desde su subrayado, formular una interpretación de lo material que deviene ficción y arquetipo participables.

Hay en estos lienzos, una de cuyas áreas se centra en el carácter expresivo ascencional de los bambúes como centro irradiante en que confluye la totalidad y que tiene mucho de catedralicio, un impulso que hace que el artista acceda a la plena conciencia de que la naturaleza se entrega hasta un punto que la mirada y los sentidos no pueden trascender. Tal certidumbre, sin embargo, no se convierte en término y limitación en la obra del pintor, sino en catalizador de una maravilla latente, cuya incesante y ofrecida dádiva se pasa con harta frecuencia por alto.

Así, no es ocioso que en el catálogo de su exposición "Esencia del paisaje II", que presentó en 1999 en la salvadoreña Galería 1-2-3, Valencia citara a John Constable (1776-1837) cuando al hablar sobre sus propósitos, manifestó: "Luz, rocío, brisas, floración y frescura; nada ha sido aún perfeccionado en el lienzo de cualquier pintor del mundo".

La minuciosa belleza de esta pintura, de este bosque y estos bambúes en los bosques que son universo del pintor, es una de las mejores expresiones jóvenes del paisajismo latinoamericano. Valencia es uno de esos artistas que sabe, desde su pasión por su temática, que ésta tan sólo puede acceder a su definición máxima cuando plasma su totalidad desentrañando cada detalle en su precipitado. Es decir, cuando la pintura es pintura y proclama la inmensidad del paisaje, que no es otra cosa que una intimidad llena de maravilla.

La exposición de Valencia permanecerá abierta al público en Miami hasta el 31 de octubre, en Jorge M. Sori Fine Art, en Coral Gables. La coordinación de la exposición del salvadoreño Marco Valencia en Miami, estuvo a cargo de María Elena Samayoa.

(Publicado el domingo 7 de octubre de 2001 en El Nuevo Herald).


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