El velorio de
mamá Juanita
El deceso de la niña Juana Rivas
viuda de Iraheta fue más que un drama,
todo un acontemiento. A sus 92 años,
falleció de muerte natural un 18 de
enero, a las 5:15 de la tarde. Con una
expresión tan plácida como la de
un recién nacido, suspiró y se
durmió para siempre.
Por Oscar
Tenorio
Sólo
cuando se supo que su corazón ya no
latía, sobrevino el llanto y la
invocación divina. Su espíritu era
ya como el libre y fresco aire que se
cruzó por el corredor de la vieja casa
hasta que se perdió en la cercana
lejanía. Con su muerte,
comenzaría, inmediatamente, una jornada
de tradiciones, rituales, mitos y
supersticiones.
En su pequeño y arrugado cuerpo, no
costó ponerle la mortaja. Ataviada con
ese hermoso vestido blanco, con revuelos y
pequeñas perlas pegadas por todos lados,
parecía una frustrada novia, que se
pasó toda su vida sentada en el atrio de
la iglesia a la espera del eterno enamorado.
Con sumo cuidado, el féretro fue
colocado en el centro de la gran sala. Al fondo,
la imagen de la virgen del Carmen. A los
costados, dos grandes cirios, de un amarillo
pálido, que con cada llama soltaban
grandes columnas de un exasperante humo. Y
debajo del ataúd, un vaso con agua, por
si el espíritu tenía sed.
A las nueve de la noche, el interior de la
casona y sus alrededores parecía un
hormiguero. Adentro de la vivienda, sólo
había mujeres, las hijas, las nietas, las
sobrinas, las conocidas. Entre todas ellas,
frente del ataúd, estaba la rezadora,
quien, como directora de orquesta, llevaba el
ritmo de las plegarias. Rezando "la novena" y el
Rosario, le pedían a todos los santos que
intercedieran por esa alma. Había mucha
solemnidad y uno que otro llanto.
Afuera todo era diferente, una especie de
fiesta para despedir o recibir a la muerte.
Allí estaban los amigos, los bolitos, los
vagos y los que nadie sabía
quiénes eran. En las aceras, el naipe era
un juego obligado para espantar el tedio. Otros
contaban chistes, mientras exprimían
hasta la última gota de la botella de
Tick-Tack. Muy pocos hablaban de la muerta.
Y a la medianoche, aparecían las
nietas de la niña Juanita, repartiendo
café y toda clase de pan dulce:
"peperechas", "santanecas", "viejitas"...
Así transcurría la noche, en una
extraña mezcla de creencias y
tradiciones. Entre el bullicio, el recuerdo y el
olvido.