Martes 16 de octubre 2001


El velorio de mamá Juanita

El deceso de la niña Juana Rivas viuda de Iraheta fue más que un drama, todo un acontemiento. A sus 92 años, falleció de muerte natural un 18 de enero, a las 5:15 de la tarde. Con una expresión tan plácida como la de un recién nacido, suspiró y se durmió para siempre.

Por Oscar Tenorio

Sólo cuando se supo que su corazón ya no latía, sobrevino el llanto y la invocación divina. Su espíritu era ya como el libre y fresco aire que se cruzó por el corredor de la vieja casa hasta que se perdió en la cercana lejanía. Con su muerte, comenzaría, inmediatamente, una jornada de tradiciones, rituales, mitos y supersticiones.

En su pequeño y arrugado cuerpo, no costó ponerle la mortaja. Ataviada con ese hermoso vestido blanco, con revuelos y pequeñas perlas pegadas por todos lados, parecía una frustrada novia, que se pasó toda su vida sentada en el atrio de la iglesia a la espera del eterno enamorado.

Con sumo cuidado, el féretro fue colocado en el centro de la gran sala. Al fondo, la imagen de la virgen del Carmen. A los costados, dos grandes cirios, de un amarillo pálido, que con cada llama soltaban grandes columnas de un exasperante humo. Y debajo del ataúd, un vaso con agua, por si el espíritu tenía sed.

A las nueve de la noche, el interior de la casona y sus alrededores parecía un hormiguero. Adentro de la vivienda, sólo había mujeres, las hijas, las nietas, las sobrinas, las conocidas. Entre todas ellas, frente del ataúd, estaba la rezadora, quien, como directora de orquesta, llevaba el ritmo de las plegarias. Rezando "la novena" y el Rosario, le pedían a todos los santos que intercedieran por esa alma. Había mucha solemnidad y uno que otro llanto.

Afuera todo era diferente, una especie de fiesta para despedir o recibir a la muerte. Allí estaban los amigos, los bolitos, los vagos y los que nadie sabía quiénes eran. En las aceras, el naipe era un juego obligado para espantar el tedio. Otros contaban chistes, mientras exprimían hasta la última gota de la botella de Tick-Tack. Muy pocos hablaban de la muerta.

Y a la medianoche, aparecían las nietas de la niña Juanita, repartiendo café y toda clase de pan dulce: "peperechas", "santanecas", "viejitas"... Así transcurría la noche, en una extraña mezcla de creencias y tradiciones. Entre el bullicio, el recuerdo y el olvido.


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