Lunes 1 de octubre de 2001


"Gorgojo sinvergüenza"

Los propietarios de los bosques son tajantes con el culpable de la muerte de sus pinos: es un gorgojo sinvergüenza. Los técnicos lo llaman gorgojo descortezador (Dendroctonus frontalis)

Chalatenango
Sandra Moreno
El Diario de Hoy

Es más pequeño que la punta de un lápiz. Su largo no sobrepasa los 3.5 milímetros, pero tiene el poder de secar un pino en menos de un mes. Es la plaga de gorgojo descortezador, el dolor de cabeza de don Julio César Landaverde desde hace tres meses, cuando tuvo el primer brote de la plaga en su pinar de 30 manzanas, en el caserío Las Cumbres, cantón San José Sacara, municipio de La Palma.

Don Julio César no está solo. Todos los pinares de coníferas de El Salvador presentan brotes dispersos de la plaga en Santa Ana, Chalatenango y Morazán. El que más preocupa es el del macizo de La Montañona, en Chalatenango, ahí son 150 manzanas con focos de infección.

"De barato ya boté 80 árboles. Es un gorgojito sinvergüenza que se puede decir que les come la sangre a los pinos", cuenta don Julio César, mientras da un par de golpes con su machete a uno de sus pinos "muertos".

El coordinador de la Asistencia Técnica a productores forestales del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), Ing. Salvador Artiaga, observa también el pino joven que sucumbió ante la plaga del gorgojo descortezador. "Es diminuto, pero su ataque es epidémico. De ahí su poder destructivo", afirma el profesional. "La lucha, ahora, es para controlarlo, no para erradicarlo".

Curiosamente, el gorgojo descortezador siempre ha existido en el bosque, sin embargo, en algún momento, por los incendios, las sequías o la existencia de árboles ruines provocó un desequilibrio en el ecosistema y la aparición de la plaga. "Creamos las condiciones para el desarrollo de la plaga", dice el Ing. Artiaga.

La primera señal que recibieron los agentes forestales del MAG fue en 1999. Una propiedad de Recursos Naturales, en Santo Tomás, departamento de San Salvador, presentaba casos de pinos enfermos. Luego, a inicios del año pasado, fue el turno de una propiedad privada en San Martín y, en diciembre, se detectó la plaga en La Montañona.

Actualmente, la esperanza de los técnicos es el invierno. El período adecuado para controlar el gorgojo descortezador, porque ellos tratan de invernar por las temperatura bajas y alargan su ciclo biológico, que puede durar hasta 60 días. Pero ninguna estrategia funcionará si los propietarios de los bosques no acatan las indicaciones de los agentes forestales.

En las alturas

Primero deben vigilar, concienzudamente, los árboles buenos, arriba de los tres metros de altura. Ahí deben buscar los grumos de resinas, es la primera señal de que la plaga llegó al pino y éste intenta defenderse ante los intrusos. Es la fase uno. La más peligrosa, porque con dificultad la gente acepta que debe cortar el pino enfermo. "Está bien", argumenta, más cuando la especie es joven y todavía no puede aprovechar la madera.

Después el follaje verde se torna amarillento. Significa que el gorgojo descortezador está alimentándose de la "cambium", muy rica en proteínas, que se encuentra entre la corteza y la madera. Hay agujeros de salida y los grumos se han tornado blancos y amarillentos. Los insectos están en todos los niveles. Es la fase dos.

Al final, los árboles mueren. Entonces son abandonados por los gorgojos descortezadores que se dispersan en busca de nuevos hospederos.

Cualquier ataque contra la plaga requiere de un estudio para conocer en qué fase está el brote en un bosque. El control va dirigido a las dos primeras, en la tercera ya no tiene sentido botar el árbol.

La indicación es eliminar árboles en las fases uno y dos, además de fumigar. De inmediato, se debería analizar de qué tamaño será la franja o brecha de protección, la cual se determina a partir de la altura del último árbol infectado. "Esta última está restringida, porque no podemos darnos el lujo de botar árboles sanos. En cambio, hacemos una mayor supervisión", explica el Ing. Artiaga. "Si los grumos aparecen en los demás árboles, entonces sí se cortan".

Al final, el éxito de la estrategia está en manos de los dueños del bosque. Sin su colaboración, la plaga se volverá imparable. Y de nada servirán los buenos esfuerzos, por ejemplo, del agente forestal Gonzalo Hernández, quien a pie se traslada por los municipios de Citalá, La Palma, San Ignacio y el cantón Cerro Grande de Agua Caliente.

Apenas logra supervisar cada sitio cada 15 días. ¿Qué sería lo ideal? "Cada ocho días", responde Hernández. "Los resultados que obtengamos dependen de los propietarios, más con la plaga".

Su mirada se dirige a Arsenio Flores. De repente, él tiene un brote de plaga en su pinar de 20 manzanas; hace un mes, todo estaba bien.

-¿Qué siente al tener que botar los árboles?- inquirimos.

-No quisiéramos hacerlo, pero los palitos están enfermos. Nosotros vivimos del bosque, vendemos la madera. Tenemos que ver cómo lo salvamos, hay que arreglarlo. Mañana cortaremos los 25 árboles, concluye resignado. Al quitar la corteza con su corvo, no tardan en aparecer los caminos blancos que han dejado los gorgojos en su ruta de muerte.

"En Honduras, por los años 60, se perdían 162 mil árboles por día", comenta Hernández, vislumbrando la gravedad de la situación y cómo el país no puede darse ese lujo por carecer de grandes extensiones de pinares.

"Por eso estamos enseñando el combate de la plaga en sus mismas propiedades", señala el Ing. Artiaga.

Sin embargo, el propietario Wilfredo Quijada advierte de la falta de ayuda de algunos. "Hay mucha gente que no desea colaborar, no botan los árboles enfermos, sólo el que puedan aprovechar", cuenta.

Ante le panorama, la jefe de Recursos Naturales del MAG, Ing. Lucía Gómez, advierte que dueños de los bosques son los aliados en esta "guerra" contra la plaga.

El enemigo se resiste. Don Julio César Landaverde combatió el primer brote de la plaga, pero apareció otro.


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