Una
difícil guerra
El Islam, ese
desconocido
Luis
Fernández Cuervo*
Desde la segunda mitad del siglo pasado, el
Islam ha venido preocupando a los países
europeos, ha sido protagonista de conflictos y
violencias en los gobiernos de muchos
países africanos y asiáticos.
Recién inauguramos el siglo XXI y nos
encontramos en una extraña y muy
peligrosa guerra de alcance mundial, en que
también, para bien o para mal, el Islam
está presente, como pieza de
difícil manejo y equilibrio, para lograr
la victoria sobre la internacional del
terrorismo.
La preocupación de los países
europeos. Esencialmente se centraba, antes del
11 de septiembre, en: a) La creciente
inmigración de musulmanes, en
España, Italia y Alemania, y
principalmente en Francia -donde el Islam es la
segunda religión en importancia
numérica-. b) El crecimiento
demográfico de los musulmanes en todo el
mundo &emdash;se estima que su colectividad
mundial se duplicará en 14 años-,
comparado con el envejecimiento y lenta
desaparición de la población
autóctona europea. c) La falta de
integración con las leyes y costumbres
del país que les acoge. d) La ninguna
reciprocidad en libertades que encuentran los
europeos en los países islámicos,
comparadas con las que en Europa se da a los
musulmanes.
Cada vez hay más mezquitas en Europa,
cada vez se cierran o se queman más
iglesias y centros de otra religión en
los países islámicos. Las
escolares francesas pueden llevar el chador
(velo islámico) pero en un Estado
genuinamente musulmán -por ejemplo la
Arabia Saudí-, la libertad religiosa de
los demás se reduce, en el mejor de los
casos, a practicar sus ritos religiosos dentro
del recinto de alguna embajada extranjera y
está prohibido cualquier
manifestación o señal externa de
alguna otra religión. Así, la Cruz
Roja Internacional, aunque explicó que su
cruz sólo quería significar su
relación con la bandera de su país
de origen -Suiza-, en los países
musulmanes debió cambiarse por la Media
Luna islámica.
El Islam, algo más que una
religión. Su punto más escandaloso
para los demás es su carácter
claramente intransigente, muy cerrado a la
libertad religiosa de los otros. Para un
musulmán -el "muslim", "el sometido a
Dios"&emdash; todos los demás son
infieles y, por lo tanto, hacer propaganda de
otra religión se castiga con la
expulsión inmediata o con la muerte.
Convertirse del Islam a otra religión se
castiga con la muerte.
El Islam, por tanto, según lo ven la
mayoría de los occidentales, más
que una religión, es un modo de vivir en
que religión, moral, política,
régimen jurídico, matrimonio,
costumbres y hasta vestimenta, constituyen un
todo cerrado a influencias externas y a posible
evolución y democratización. Los
verdaderos entendidos no comparten ese juicio
tan adverso, sino que señalan que la ley
islámica no tiene ningún
límite institucional o conceptual y que,
por tanto, su evolución siempre es
posible. Y que el fracaso y corrupción de
muchos gobiernos de esos países y su
manipulación del Corán
según los intereses del poderoso de
turno, es lo que atacan los integristas. O sea:
el no gobernar para la "umma" (la comunidad),
prescindir de la "chura" (consulta) y el
consenso ("ichmaa") y traicionar la "sunna" (la
tradición).
El crecimiento del extremismo
musulmán. El caso es que todos los
gobiernos, más o menos occidentalizados,
de los países musulmanes, en Africa,
Medio Oriente y Asia, desde mediados del siglo
pasado, han sufrido el auge, las presiones y a
veces el derrocamiento o la violencia criminal,
de los grupos islámicos radicalizados. De
ahí el difícil problema -la
cirugía de precisión que
señalaba en mi editorial anterior- para
luchar contra el terrorismo musulmán.
Pues para esos grupos, si además de
occidentalizarse, esos gobiernos apoyan a EE.UU.
en una guerra contra Afganistán o
cualquier otro país islámico,
tienen un argumento más para tratar de
derrocar a ese gobierno, traidor a lo más
sagrado de su vida. Este es el caso, muy en
especial, del apoyo de Pakistán a
EE.UU.
Es preocupante también ver cómo
en Indonesia, el país de mayor
población islámica del mundo, y el
más respetuoso con las otras religiones,
aumenta la influencia de los que propugnan la
implantación de la "charía" y
donde, en las Molucas, la guerra entre
musulmanes y cristianos ha cobrado miles de
vidas, a pesar del intento mediador y
pacificador de representantes de la
minoría católica.
También es significativo cómo
el intento del rey de Marruecos, Mohamed VI,
para mejorar la situación legal de las
mujeres con una nueva ley, tuvo que ser
aplazada, "sine die", ante la fuerte
oposición de los integristas.
Hasta ahora, EE.UU. no ha entendido a los
musulmanes. Lo esencial de esa
incomprensión se resume en una palabra:
la historia. Algo que siempre está
presente en la vida árabe. El
estadounidense suele tener muy poca conciencia
de su propio pasado y prácticamente
ninguna del de Oriente Medio. Cuando se enfrenta
a un problema, el estadounidense típico
se pregunta por lo que va a pasar
después; un árabe, por lo que
ocurrió antes. Amin Mahmoud, profesor de
historia palestina en la Universidad de Kuwait,
asegura: "Nosotros siempre nos retrotraemos a
las raíces". El pasado árabe es
glorioso. El Califato de Córdoba fue la
cúspide de la cultura medieval en los
siglos IX y X. El Imperio Musulmán
llegó a extenderse desde la India al
Atlántico. Pero hay otro pasado,
más presente y más doloroso: las
guerras y derrotas con Israel. Ese punto, para
la mayoría de los musulmanes, es el punto
clave, lo que menos le perdonan a EE.UU.: ser
siempre el aliado fiel de los judíos. Y
lo que más les humilla y desespera es
ver, aunque les cueste reconocerlo, cómo
mientras Israel progresa y triunfa, ellos decaen
y son derrotados. Por eso las conversaciones
entre Peres y Arafat son ahora
importantísimas.
Juan Pablo II ha dicho repetidas veces que
"desde hace decenios, el pueblo palestino sufre
graves pruebas y un trato injusto", que "algunos
palestinos han elegido para hacerse escuchar,
métodos inaceptables y condenables" y que
uno de los objetivos de la paz en el Medio
Oriente debe ser "garantizar igualmente al
Estado de Israel las justas condiciones de
seguridad".
Si EE.UU. pudiera mostrarse al mundo
islámico como un mediador decisivo para
que se lograra allí una paz justa y
duradera, habría ganado la mejor y
más incruenta batalla en esta
difícil guerra en que estamos todos
metidos.