Lunes 1 de octubre de 2001


Una difícil guerra
El Islam, ese desconocido
Luis Fernández Cuervo*

Desde la segunda mitad del siglo pasado, el Islam ha venido preocupando a los países europeos, ha sido protagonista de conflictos y violencias en los gobiernos de muchos países africanos y asiáticos. Recién inauguramos el siglo XXI y nos encontramos en una extraña y muy peligrosa guerra de alcance mundial, en que también, para bien o para mal, el Islam está presente, como pieza de difícil manejo y equilibrio, para lograr la victoria sobre la internacional del terrorismo.

La preocupación de los países europeos. Esencialmente se centraba, antes del 11 de septiembre, en: a) La creciente inmigración de musulmanes, en España, Italia y Alemania, y principalmente en Francia -donde el Islam es la segunda religión en importancia numérica-. b) El crecimiento demográfico de los musulmanes en todo el mundo &emdash;se estima que su colectividad mundial se duplicará en 14 años-, comparado con el envejecimiento y lenta desaparición de la población autóctona europea. c) La falta de integración con las leyes y costumbres del país que les acoge. d) La ninguna reciprocidad en libertades que encuentran los europeos en los países islámicos, comparadas con las que en Europa se da a los musulmanes.

Cada vez hay más mezquitas en Europa, cada vez se cierran o se queman más iglesias y centros de otra religión en los países islámicos. Las escolares francesas pueden llevar el chador (velo islámico) pero en un Estado genuinamente musulmán -por ejemplo la Arabia Saudí-, la libertad religiosa de los demás se reduce, en el mejor de los casos, a practicar sus ritos religiosos dentro del recinto de alguna embajada extranjera y está prohibido cualquier manifestación o señal externa de alguna otra religión. Así, la Cruz Roja Internacional, aunque explicó que su cruz sólo quería significar su relación con la bandera de su país de origen -Suiza-, en los países musulmanes debió cambiarse por la Media Luna islámica.

El Islam, algo más que una religión. Su punto más escandaloso para los demás es su carácter claramente intransigente, muy cerrado a la libertad religiosa de los otros. Para un musulmán -el "muslim", "el sometido a Dios"&emdash; todos los demás son infieles y, por lo tanto, hacer propaganda de otra religión se castiga con la expulsión inmediata o con la muerte. Convertirse del Islam a otra religión se castiga con la muerte.

El Islam, por tanto, según lo ven la mayoría de los occidentales, más que una religión, es un modo de vivir en que religión, moral, política, régimen jurídico, matrimonio, costumbres y hasta vestimenta, constituyen un todo cerrado a influencias externas y a posible evolución y democratización. Los verdaderos entendidos no comparten ese juicio tan adverso, sino que señalan que la ley islámica no tiene ningún límite institucional o conceptual y que, por tanto, su evolución siempre es posible. Y que el fracaso y corrupción de muchos gobiernos de esos países y su manipulación del Corán según los intereses del poderoso de turno, es lo que atacan los integristas. O sea: el no gobernar para la "umma" (la comunidad), prescindir de la "chura" (consulta) y el consenso ("ichmaa") y traicionar la "sunna" (la tradición).

El crecimiento del extremismo musulmán. El caso es que todos los gobiernos, más o menos occidentalizados, de los países musulmanes, en Africa, Medio Oriente y Asia, desde mediados del siglo pasado, han sufrido el auge, las presiones y a veces el derrocamiento o la violencia criminal, de los grupos islámicos radicalizados. De ahí el difícil problema -la cirugía de precisión que señalaba en mi editorial anterior- para luchar contra el terrorismo musulmán. Pues para esos grupos, si además de occidentalizarse, esos gobiernos apoyan a EE.UU. en una guerra contra Afganistán o cualquier otro país islámico, tienen un argumento más para tratar de derrocar a ese gobierno, traidor a lo más sagrado de su vida. Este es el caso, muy en especial, del apoyo de Pakistán a EE.UU.

Es preocupante también ver cómo en Indonesia, el país de mayor población islámica del mundo, y el más respetuoso con las otras religiones, aumenta la influencia de los que propugnan la implantación de la "charía" y donde, en las Molucas, la guerra entre musulmanes y cristianos ha cobrado miles de vidas, a pesar del intento mediador y pacificador de representantes de la minoría católica.

También es significativo cómo el intento del rey de Marruecos, Mohamed VI, para mejorar la situación legal de las mujeres con una nueva ley, tuvo que ser aplazada, "sine die", ante la fuerte oposición de los integristas.

Hasta ahora, EE.UU. no ha entendido a los musulmanes. Lo esencial de esa incomprensión se resume en una palabra: la historia. Algo que siempre está presente en la vida árabe. El estadounidense suele tener muy poca conciencia de su propio pasado y prácticamente ninguna del de Oriente Medio. Cuando se enfrenta a un problema, el estadounidense típico se pregunta por lo que va a pasar después; un árabe, por lo que ocurrió antes. Amin Mahmoud, profesor de historia palestina en la Universidad de Kuwait, asegura: "Nosotros siempre nos retrotraemos a las raíces". El pasado árabe es glorioso. El Califato de Córdoba fue la cúspide de la cultura medieval en los siglos IX y X. El Imperio Musulmán llegó a extenderse desde la India al Atlántico. Pero hay otro pasado, más presente y más doloroso: las guerras y derrotas con Israel. Ese punto, para la mayoría de los musulmanes, es el punto clave, lo que menos le perdonan a EE.UU.: ser siempre el aliado fiel de los judíos. Y lo que más les humilla y desespera es ver, aunque les cueste reconocerlo, cómo mientras Israel progresa y triunfa, ellos decaen y son derrotados. Por eso las conversaciones entre Peres y Arafat son ahora importantísimas.

Juan Pablo II ha dicho repetidas veces que "desde hace decenios, el pueblo palestino sufre graves pruebas y un trato injusto", que "algunos palestinos han elegido para hacerse escuchar, métodos inaceptables y condenables" y que uno de los objetivos de la paz en el Medio Oriente debe ser "garantizar igualmente al Estado de Israel las justas condiciones de seguridad".

Si EE.UU. pudiera mostrarse al mundo islámico como un mediador decisivo para que se lograra allí una paz justa y duradera, habría ganado la mejor y más incruenta batalla en esta difícil guerra en que estamos todos metidos.


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