Fenómenos naturales, desastres artificiales

Solemos llamarlos "Actos de Dios", haciendo gala de cierta modestia para explicar hechos que superan nuestra capacidad de entendimiento: son los fenómenos naturales, y ocurren en todas partes del mundo.

El terremoto que acaba de destruir a Haití es uno de tales fenómenos, y además de lamentar sus terribles consecuencias, resulta oportuno reflexionar sobre sus miserables y vergonzosas causas, artificialmente producidas por la mala administración del hombre.

El planeta no tiene la culpa. Y los Estados Unidos tampoco, aun cuando no falte el trasnochado que lo afirma.

Haber sido el segundo país de América en obtener su independencia, sólo antecedido por los Estados Unidos, no le significó a Haití ventaja alguna en su carrera hacia el progreso: sigue estando sumido en el absoluto subdesarrollo, tanto económico como humano. No casualmente es muy débil en materia institucional.

En ese sentido cabe destacar su calificación según el Indice de Calidad Institucional (ICI), publicado por Martín Krause, que consolida las posiciones de los países en ocho indicadores internacionalmente reconocidos, cuatro de ellos relacionados con las libertades políticas, y otros cuatro con las libertades económicas.

El primer grupo lo integran: Indice del Estado de Derecho (Banco Mundial), Indice de Voz y Rendición de Cuentas (Banco Mundial), Indice de Percepción de la Corrupción (Transparencia Internacional), e Indice de Libertad de Prensa (Freedom House).

Y el segundo: Doing Business (Banco Mundial), Indice de Competitividad Global (Foro Económico Mundial), Libertad Económica en el Mundo (Fraser Institute), e Indice de Libertad Económica (Wall Street Journal/ Heritage Foundation).

En el ranking del ICI Haití ocupa el dudosamente envidiable puesto 177 a nivel mundial, siendo el último del continente americano (36), donde El Salvador ostenta el lugar número 20.

Existe otro indicador interesante, denominado Indice de Desarrollo Humano (IDH), publicado por las Naciones Unidas (PNUD), que mide tres variables puntualmente vinculadas con el desarrollo del potencial de las personas.

En efecto, el IDH consolida los resultados de las tres opciones esenciales de la gente: vivir una vida saludable y larga, tener la posibilidad de educarse, y acceder a los recursos necesarios para llevar un nivel de vida digno. En dicho ranking, como era de esperar, Haití también ocupa el último lugar del continente.

El indicador del PNUD refleja, de cierta forma, el concepto aristotélico de la felicidad, que no consiste en obtener ciertas satisfacciones puntuales en un momento determinado, sino en desarrollar una vida plena.

En un reciente artículo publicado en el diario ABC de España, titulado: "¿Existió Haití?", su autor analiza con claridad qué fue lo que siguió a la pronta independencia alcanzada por dicho país en 1804: "Tiranos inimaginables. Magos tribales que gobernaron a golpe de arbitrio absoluto y de vudú", para luego afirmar: "Jamás hubo un Estado allí. Ahora no hay nada". Es cierto.

Evidentemente, lo que siempre existió en Haití fue exceso de autoritarismo pero falta de autoridad. El derrumbe de tantas construcciones ante un movimiento telúrico es consecuencia de la falta de cimientos. No sólo de las construcciones, sino sobre todo de las instituciones. Japón no desaparece, pese a sus frecuentes terremotos.

El contraste de Haití con el único país americano que lo había precedido en independizarse no podría ser mayor, no siendo casual que el año en que los Estados Unidos declararon su independencia haya sido el mismo en que Adam Smith publicó su (tan citada pero tan mal leída) "Riqueza de las Naciones". Corría 1776.

Ocurre que tanto los Padres Fundadores como el padre de la economía coincidieron al pensar en un "sistema de libertades naturales", según el cual "cada hombre, mientras no viole las leyes de la justicia, es libre de perseguir su propio interés".

A lo que ocurrió en Haití por más de doscientos años solemos llamarlo "Actos de Gobierno", haciendo gala de demasiada ingenuidad para explicar hechos que superan nuestra capacidad de asombro: son los desastres arficiales, y ocurren en ciertas partes del mundo. No en todas.

Hasta la próxima.

*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com