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Convivencia democrática
"Lo importante, hijo, es que se respeten las instituciones democráticas. La gente se puede equivocar pero si se respetan, dos, cuatro o cinco años después, se rectifica. Esto fue lo que perdimos nosotros en Cuba", me dijo el octogenario, quien también comentó haber sido profesor de Fidel Castro en la Universidad de La Habana. Veintiocho años han pasado desde el único día que le vi en mi vida, en la ciudad de Chicago. Tres éramos quienes –en "speaking tour"– promocionábamos la democracia para nuestro país en los Estados Unidos; él uno de los voluntarios que nos acompañó a entrevistas en medios de comunicación y luego a una charla en una Universidad.
Las recientes reformas aprobadas por la Asamblea Legislativa en materia electoral –léase intentar apoderarse de las Juntas Receptoras de Votos, donde al final se ganan o se pierden las elecciones; la "interpretación auténtica" a la toma de decisiones en el TSE y la obstaculización al espíritu de la resolución de la Sala de lo Constitucional de la Corte, para una relación más directa entre los votantes y sus elegibles–, hizo regresar a mi mente el asunto de nuestra convicción democrática. O para plantearlo mejor: de cuán grande es el compromiso de nuestra clase política, con la aritmética legislativa adecuada en este momento, para con la democracia.
A once meses de las elecciones para alcaldes y diputados del 11 de marzo de 2012, hay que decirlo, algo "huele a podrido en Dinamarca". No importa el clamor por la libertad y por la democracia representativa en insospechados lugares hace tan sólo unos meses, como el Medio Oriente y el norte de Africa, producto de la revolución Facebook. Se rehúye por acá a aceptar la agonía del régimen castrista, porque no funciona el sistema que desde hace cinco décadas pregona, y el enfrentamiento de hermanos contra hermanos que al interior de malogrados países provoca el chavismo, al inicio de la segunda década del nuevo siglo.
Fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando recién iniciaba la "Guerra Fría", que se paró Sir Winston Churchill --con la ironía que le caracterizó-- en la Cámara de los Comunes británica para asegurar la posibilidad que, en efecto, "la democracia es un mal sistema, exceptuando todos los demás (sistemas) que han sido probados antes". Casi siete décadas atrás. Fuera de los principios, que son de carácter inmutable, lo demás en la vida evoluciona. Por ello es que se clama, se extiende y se consolida la democracia por el mundo, ¿porque es un sistema perfecto?: no, ya que nada hay perfecto entre seres humanos.
Se clama por libertad y democracia, se extiende y se consolida porque por imperfecta que sea es el mejor sistema que existe para regir la conducta civilizada etre los pueblos. La democracia de por sí estimula el disenso. Pesos y contrapesos, respeto a las leyes, libertad en su sentido más amplio –económica, religiosa, de opinar y disentir–, elecciones libres y periódicas. La lucha no debe ser ideológica, debe ser por resolver los problemas de la gente, en especial de la gente que más sufre de carestías.
Pero como advertía en el Siglo XVIII el poeta, novelista, dramaturgo y científico Johann Wolfgang von Goethe, considerado el más grande hombre de letras alemán, "la libertad, como la vida, sólo la merece quien sabe conquistarla todos los días". Dios quiera que las acciones de los últimos días, comentadas en este espacio de opinión, hayan sido tan sólo, como decía Santa Teresa, "una mala noche en una mala posada".
*Director Editorial de El Diario De Hoy
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