La importancia de evaluar los aprendizajes

Me preguntaron qué pensaba acerca de los resultados del IV Encuentro del Foro de Vicepresidentes de América Central y República Dominicana, realizado en San Salvador en febrero de este año. En general, me pareció muy acertado que los vicepresidentes de la región hayan reflexionado sobre cómo enfrentar el desafío de ampliar la equidad en el acceso a la educación de calidad. Este tema en particular ha cautivado mi atención desde hace algunos años.

En este encuentro, El Salvador y el resto de los países se comprometieron a promover aumentos graduales en la inversión en educación, profundizar las reformas educativas, enfatizar en la formación integral de las personas, favorecer la capacitación docente (especialmente de los maestros rurales), y fortalecer los programas de desarrollo científico y la investigación.

En la declaración conjunta se mencionan otros compromisos; pero, el que, en este momento me parece más interesante es el de promover la evaluación adecuada de los resultados académicos y los sistemas educativos.

Por la expresión de su rostro me imagino que usted, amigo lector, estará pensando: "¿y eso, por qué?".

Tener acceso a la educación es un derecho inherente de las personas, pero de nada sirve tener más años de estudio si la educación no es de calidad. La meta es lograr la clase de aprendizaje que permita a las personas desarrollar su potencial humano (competencias y valores) y, a su vez, esto se traduzca en mayores niveles de crecimiento económico y desarrollo del país.

Los responsables de definir las políticas educativas pueden pasar horas destacando en sus discursos qué tanto se hace para elevar la calidad educativa, cuando su verdadero reto es mostrar resultados concretos. Para rendir cuentas a la población, como se debe, acerca de cuánto ha mejorado la calidad de la educación, es indispensable contar con sistemas sólidos para evaluar los aprendizajes y la efectividad de los sistemas educativos.

Aunque desde 1997 se aplican pruebas estandarizadas para medir el rendimiento académico de los estudiantes, fue hasta 2001 cuando el Ministerio de Educación consolidó el Sistema Nacional de Evaluación de los Aprendizajes (SINEA). Este sistema obtiene anualmente información sobre el desempeño de los estudiantes de bachillerato a través de una prueba estandarizada (PAES), y, desde 2005, aplica cada tres años una evaluación censal de logros para estudiantes de educación básica (Paesita). Aún se desconoce públicamente si esta prueba se mantendrá vigente en 2011.

Si existe un compromiso auténtico con la calidad de los aprendizajes, el Ministerio de Educación sabe que tiene la obligación de pulir el SINEA, sus instrumentos y los mecanismos para rendir cuentas acerca de sus esfuerzos en esta dirección. En el país, es oportuno capitalizar la experiencia relativamente joven en materia de evaluación de los aprendizajes y evolucionar.

Medir avances en la calidad de la educación es complejo. Lo ideal es combinar varios instrumentos de evaluación para tener una mejor fotografía acerca de qué tan efectivas son las escuelas y los maestros para producir aprendizajes. Aun con sus limitaciones, es importante reconocer que las pruebas estandarizadas (como la PAES y la Paesita) técnicamente bien hechas, siguen siendo uno de los mejores instrumentos disponibles para tener una idea aproximada acerca de la calidad.

Por ende, vale la pena reflexionar acerca de su validez, la confiabilidad de la información, su periodicidad, y la capacidad técnica existente para interpretar y usar adecuadamente sus resultados en el diseño de políticas educativas.

Siguiendo los compromisos alcanzados en el foro de vicepresidentes, eliminar las pruebas estandarizadas no es punto de discusión. Así, me uno al grupo de colegas dispuestos a pensar cómo darle a cada instrumento de evaluación su justo valor y saberlo aprovechar.

*Columnista de El Diario de Hoy.