Río Sapo

Marvin Galeas* Miércoles, 21 de Julio de 2010

El río Sapo tenía magia en la guerra. Nace de las aguas del Torola y luego serpentea –culebra de cristal– por El Junquillo, La Guacamaya y el Zapotal, hasta encontrarse de frente con el Talchiga. En las noches de luna llena en aquellos noviembres poblados de estrellas cielo arriba y de fuego de artillería río abajo, tenía magia el río Sapo.

Fue a finales de marzo de 1982 cuando me encontré por primera vez con sus aguas. La tarde anterior, seis compañías de la brigada Atlacatl, avanzaron hacia La Guacamaya. Allí estaba yo viviendo, corazón acelerado, mis primeros días de guerra.

Al amanecer comenzó a rugir la artillería. Los proyectiles pasaban sobre nuestras cabezas con un agudo silbido, hasta caer con ruido mortal en las riberas del Sapo. El comandante Carmelo, flaco y sereno, veía cartas topográficas y daba órdenes de combate a través del radio "xilófono papa tango…".

Muy cerca se escuchaba el ruido de la guerra: ráfagas, explosiones y el papaloteo de los helicópteros. Los nuestros resistían tiro a tiro. Por las radios PRC 77, requisadas al ejército en combate, se escuchaba la voz del teniente coronel Monterrosa, que con el indicativo de Hierro, respondía a un mensaje que le decía "equis ray yanqui november", con un frío y lacónico "enterado"

Avanzaba el Atlacatl. Teníamos, los de la radio, que desmontar el campamento y retirarnos. Casi toda la mañana pasamos desenganchando cables, guardando grabadoras y casetes, envolviendo el motor, mientras seguían silbando arriba los proyectiles y granadas de la artillería. Los del puesto de mando eran más livianos, pocas cosas tenían que cargar. Hacia el mediodía los tiros sonaban cada vez más cerca. Los helicópteros volaban ya casi encima de nosotros. Había que retirarse.

Pasaditas las dos de la tarde estábamos listos para la marcha. El cielo de Morazán se había puesto totalmente gris. Unos nubarrones todavía más oscuros formaban figuras siniestras, pero aún no llovía. Comenzamos a caminar hacia El Zapotal, al otro lado del río Sapo, allí donde con estruendo de esquirlas estaban cayendo las gigantescas granadas y proyectiles de los cañones de 81 y 105 mm., emplazados en la plaza pública de Osicala.

Comenzó a llover. Cada quien se cubrió con un pedazo de plástico negro. El agua y el lodo se nos filtraba por las botas. Nos alcanzó una pequeña unidad que venía de la línea de fuego. Ellos traían a unos heridos y a un caído. El muerto era Lucas, un gringo con el que hacía dos días habíamos jugado una partida de ajedrez. Su misión no era combatir sino tomar fotografías. En esas andaba por las trincheras cuando un rafagazo le partió el pecho.

Lucas fue mi primer muerto. Allí lo llevaban envuelto en nylon, como le decían los campesinos al plástico negro. Mientras lo enterraban arreció la lluvia y un como pan de angustia me bajó por la garganta. La lluvia y el cielo oscuro le sumaban tristeza y melancolía a aquel entierro sin ceremonias y con llanto seco. Allí en medio de la maleza quedó Lucas, el gringo, completamente solo. Después de bajar la cuesta llegamos al río Sapo. Sus aguas, por la lluvia, estaban violentas y color de tierra.

Arrastraba ramas y piedras. Había que pasarlo con cuidado, agarrado firmemente de un lazo que los "compas" habían puesto de una orilla a la otra. Si te caías la correntada te llevaba lejos en vértigo de muerte. No pocos soldados y guerrilleros murieron de esa manera en las aguas del río Sapo. Llegamos al Zapotal y sin descansar mucho volvimos a montar el campamento de la radio. A las seis en punto de la tarde la recia voz de Santiago gritaba: "Transmite Radio Venceremos…"

Pocos días después, finalizado el operativo contrainsurgente, Maravilla, Marianita y yo nos fuimos a bañar al río Sapo. Estaba tranquilo, limpio y fresco bajo el sol de media mañana. No parecía entonces aquel caudal de remolinos hidráulicos que se tragaba combatientes y se teñía de rojo tras los combates en sus riberas.

En un palito con mi cuchillo esculpí un mensaje que decía: "Hola río Sapo", lo metí entre los bejucos de un árbol en la orilla del río. Cada vez que pasaba por allí buscaba el palito. Creía que si un día no lo encontraba me iba a morir en la guerra. Durante los largos años que estuve en el frente siempre lo hallé y no me morí. Tenía magia el río Sapo.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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