Que un Papa tenga una sólida formación en teología católica es lo lógico. Pero la cultura de Benedicto XVI va mucho más allá. Domina plenamente lo mejor de la teología cristiana no católica, tiene una amplia competencia en Sagrada Escritura, en Filosofía moderna y actual, en Antropología, Biología, Historia Universal, Música Clásica y en no sé cuántas cosas más.
¿Pretendo decir que es un inquieto intelectual, o un hombre de gran erudición? No, mucho más: creo que es una de las personas más sabias de nuestro mundo actual. Lo sorprendente de este anciano sencillo, afable y abierto a personas de otras culturas y religiones, es su capacidad, ante un asunto de candente actualidad, de no extraviarse en sus complejidades políticas, económicas o culturales, sino saber ir directamente a la raíz de la cuestión. Tal, por ejemplo, en lo referente a la ecología. A él no le engañan ni se pierde en la selva de los dimes y diretes de los medios informativos ni en los intereses políticos que se esconden detrás de una pretendida defensa de la naturaleza.
Como ya demostró en su magna encíclica Cáritas in veritate, no sólo sabe ir a la esencia del asunto sino también percibir los lazos estrechos que tiene con otros problemas que podrían parecer, a primera vista, no estar relacionados.
Por eso ha sabido centrar el problema ecológico en su causa esencial: la pérdida de la fe en Dios y en su providencia sobre todo lo creado.
Si se niega a Dios, se negará también la especial dignidad con que Dios creó a los hombres -–hechos a su imagen y semejanza-- y se negará su destino último a la Vida Eterna divina. Negado Dios, el hombre se vuelve a los ídolos.
En consecuencia no es extraño que surjan voces y organizaciones que divinizan a la Tierra y rebajan a los seres humanos a la categoría de simples animales, sólo "algo más evolucionados". Entonces surgen las discrepancias y forcejeos de palabra y de hechos entre los que quieren ampliar los Derechos Humanos a los Grandes Simios, los que quieren conceder derechos a todos los animales, desde los superiores a las hormigas, los que los amplían a las plantas y los que se lo otorgan a una abstracción: "la Naturaleza".
La cosa no queda ahí sino que surgen las corrientes más agresivas que dicen defender a los animales atacando a los hombres y sus propiedades (granjas, gallineros, animalarios científicos, etc.). No faltan los que consideran a los seres humanos como una especie de plaga contra el equilibrio ecológico y piden, los más moderados una drástica desaparición de varios millones de terrícolas de la población mundial.
Hace años vi publicado en un periódico nacional un ejemplo aún más radical de esta fobia antihumana. En ese artículo se pedía la desaparición total de la raza humana, en beneficio de la conservación del planeta. ¡Lo asombroso fue leer que no estaba firmado por un quetzal, una tortuga o un conacaste, sino por un nombre y unos apellidos muy salvadoreños, claramente humanos!
Ya, ante la inminente reunión internacional en Copenhague, el Papa había deseado "que las sesiones de trabajo ayuden a encontrar acciones respetuosas de la creación y promotoras de un desarrollo solidario, fundado en la dignidad de la persona humana, y orientado hacia el bien común".
En su discurso al Cuerpo Diplomático, Benedicto XVI recordará que "en la Encíclica «Caritas in veritate», he invitado a buscar las raíces profundas de esta situación, que se encuentran, a fin de cuentas, en la vigente mentalidad egoísta y materialista, que no tiene en cuenta los límites inherentes a toda criatura. Quisiera subrayar hoy que dicha mentalidad amenaza también a la creación"(...)"La negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana, y devasta también la creación. Por consiguiente, la salvaguardia de la creación no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios".
Más tarde precisará que "conviene que esta atención y compromiso por el ambiente esté bien establecido en el conjunto de los grandes desafíos a los que se enfrenta la humanidad. Si se quiere construir una paz verdadera, ¿cómo se puede separar, o incluso oponer, la protección del ambiente a la de la vida humana, comprendida la vida antes del nacimiento? En el respeto de la persona humana hacia ella misma es donde se manifiesta su sentido de responsabilidad por la creación".
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. luchofcuervo@gmail.com