Irán es el gran instigador de la violencia desde que el expresidente Carter forzó la caída del Shah, sembrando con ello los vientos que son los huracanes de hoy. De Irán salen los financiamientos para los talibanes, para la banda extremista de Hezbollah y las muchas que operan en el Medio Oriente y África, además de contribuir con dinero a las actividades de los imanes radicales que siembran el odio en las mezquitas del mundo occidental y a través de la Internet.
Más grave para el Hemisferio Occidental es la alianza fraguada entre la teocracia iraní y la dictadura venezolana, relación que se extiende a Ecuador, Bolivia y Nicaragua. No se conoce aunque no cuesta adivinarlo, lo que se trasiega en los dos vuelos semanales que unen a Teherán, Damasco, Caracas y Managua.
En los últimos meses se han producido múltiples atentados en el Medio Oriente con un saldo de centenares de víctimas, personas inmoladas sin causa y cuya desgracia fue estar en el lugar equivocado. Hubo una matanza de periodistas en Indonesia y se produjo el atentado fallido a una nave aérea que volaba de Amsterdam a Detroit.
Un musulmán atacó la vivienda del caricaturista danés Kurt Westergard, que hace más de dos años publicó un dibujo que mostraba a Mahoma con un turbante en forma de bomba. El ataque es similar a la condena a muerte de Khomeini a Salmán Rushdie: la sola mención crítica de Mahoma o del Islam desata represalias terribles pero sin ningún sentido en el Siglo XXI.
Nunca toca fondo la barbarie humana
La blasfemia, como el irrespeto y la burla a las creencias y prácticas religiosas de otros, es repugnante, pero es todavía peor recurrir a la violencia, o incitar al terrorismo y la persecución, por lo que son actos de intolerancia o falta de sentido, que no trascienden. Lo grave es que la actitud que dio lugar a las condenas y las matanzas refleja la posición de gran parte del mundo musulmán frente a Occidente: rechazar todas las formas de vida y trabajo de nuestras sociedades, comenzando por la jurisprudencia, las libertades esenciales, el orden democrático y la libertad de culto. Lo más rechazable es que las principales víctimas del fundamentalismo son sus propias mujeres, a las que se consideran casi como objetos sin derechos propios.
Por ahora la crispación mental de los fundamentalistas tiene un enorme costo para los occidentales reflejado en los registros a los viajeros, muchas restricciones a las libertades individuales y el miedo frente a posibles atentados. Billones de billones se gastan cada año en vigilancia y seguridad, lo que no sucedía antes; es paradójico que los primeros secuestros de personas y también de aviones fueron perpetrados por los castristas cubanos en la Década de los Sesenta, desatando los horrores de la actualidad.
Nunca se toca fondo en lo que respecta a la barbarie, la estupidez y el fanatismo de los hombres. Pregunten a los salvadoreños.