Fueron muchas sus realizaciones: la remodelación del abandonado Teatro Nacional, la reconstrucción del gran Puente sobre el Río Paz, la Torre Democracia, los pasos a desnivel. Inspiró a otros a seguir su huella y tomar ejemplo de su capacidad innovadora.
El Puente, el más hermoso en toda Centro-América, fue uno de los cuatro que diseñara y construyera la firma John Roebling, la misma del Golden Gate de San Francisco. De esos cuatro sólo uno queda, ya que el puente del Ferrocarril en Chalatenango está prácticamente en el abandono y puede colapsar en cualquier momento, pues los honrados lugareños se la pasan robando cables y partes después de que la reforma agraria los dejara en la pobreza extrema.
Restaurar un puente colgante --más bien hay que hablar de reconstruir-- es ardua tarea, ya que se deben sustituir componentes claves que sostienen la estructura sin que ésta corra riesgo de venirse abajo. Ricardo buscó al hombre que más sabía de puentes colgantes en el mundo, un expresidente de la Roebling, que le dio planos originales, ideas y mucha sabiduría. De lo que aprendió y luego adaptó a las realidades de este suelo (con limitaciones de toda naturaleza, incluyendo inexperiencia en levantar obras de esa envergadura) se contempla en la majestuosa estructura, que de nuevo sufre del descuido.
Para retirar las viejas placas de la superficie y luego colocar las flamantes losetas que se colaban y pretensaban allí mismo, hubo que erigir un plantel especializado, además de poner una especie de grúa rodante que levantaba, desechaba, recogía y colocaba la nueva superficie. Esa misma genialidad para inventar o improvisar sistemas es lo que le permitió a Ricardo hacer muchos pasos a desnivel en un tiempo récord y que, como en todo lo que hizo, no afectaron los terremotos.
Rescatar la mejor obra del país
Asesorarse, preguntar, analizar alternativas y pensar mucho fueron sus grandes fortalezas. Era un empedernido curioso y un implacable inquisidor para llegar a las mejores soluciones, a las verdades estructurales y arquitectónicas.
La Torre Democracia fue su obra más celebrada y la que sirvió de blanco permanente a la guerrilla, pero que se mantiene al día de hoy. En una época nadie se ocupaba de reemplazar los ventanales, pues duraban muy poco antes de ser destruidos de nuevo. Queda como un monumento a la imaginación y al entendimiento de lo que son las estructuras, además de ser un símbolo de que en las peores adversidades un pueblo puede mantenerse en pie.
La restauración, o resucitación del Teatro Nacional fue su primer gran amor profesional, un proyecto en el que volcó mucha imaginación, exquisito gusto y gran esfuerzo. No quedaba mayor cosa del original esplendor y hubo que combinar los recuerdos con la posibilidad para, al final, entregar lo que sigue siendo: lo más importante, junto con el Palacio Nacional, de la arquitectura del país. Fue el rescate de lo bello.