OTROS EDITORIALES

Si volviera a nacer...

María A. de López Andreu* Viernes, 18 de Septiembre de 2009

Leyendo los periódicos el Día de la Independencia, encontré una página entera, color cielo; al centro, una claridad radiante, iluminando a un precioso bebé, plácidamente dormido, envuelto en nuestra bandera azul y blanco. Rodeándole, una frase conmovedora: "Si volviera a nacer, nacería igual que la primera vez; nacería salvadoreño". Sentí, recorriéndome, un escalofrío y se humedecieron mis ojos.

Verdaderamente, ese mensaje –-publicado por una institución financiera-– me emocionó profundamente, al igual, sin duda, que a muchísimos compatriotas que, en momentos así, viven esa misma, indescriptible sensación, que conocemos como "amor patrio".

Sí, infinidad de salvadoreños aún nos conmovemos hasta lo más profundo al escuchar nuestro himno y ver ondear nuestra bandera, lanzando al viento su mensaje "Dios, Unión, Libertad". Contemplamos nuestro escudo, coronado de cafetos, y nos llenamos de orgullo, de sentido de pertenencia y compromiso, para trabajar porque El Salvador alcance el destino superior que tanto merece.

Por supuesto, sentir ese amor es lo esperado, lo lógico, lo debido. Sin embargo, a veces me pregunto: ¿es así, realmente? ¿Tenemos TODOS los salvadoreños estos mismos sentimientos?

Me hago la pregunta porque me preocupa, verdaderamente, que según encuestas --técnicas o informales-- que se hacen a los alumnos de las escuelas, ante la pregunta: "¿Qué vas a hacer cuando seas grande?", una mayoría responde "Irme a los Estados Unidos".

Es decir los niños ya no sueñan con ser profesionales, doctores, bomberos, aviadores o vaqueros; mucho menos mencionan una vocación, como ser padres de familia, religiosos, médicos, enfermeras o maestros. No, sólo piensan en "irse a los Estados Unidos". Como si eso fuera una profesión, un plan de vida, una misión trascendente. Es decir: totalmente lo opuesto a "nacería salvadoreño otra vez".

Asusta. Porque El Salvador necesita que todos sus hijos tomemos en serio la misión, personal y nacional, de sacar nuestro país adelante. Y, por favor, no justifiquemos esa actitud con la trillada respuesta de que "nuestros jóvenes tienen que irse porque aquí no hay oportunidades". Porque es en manos de la juventud, precisamente, que está la capacidad de crear esas oportunidades, innovando, mejorando, cambiando y desarrollando esta tierra que les vio nacer.

Claro, eso requiere de estudio, trabajo y esfuerzo. Y eso, cuesta; es más fácil quejarse, culpar a los demás y marcharse.

¿Qué es lo que esperan encontrar nuestros migrantes? Indudablemente, trabajo y mejores condiciones de vida. Y, eso, ¿cómo se logra? ¡Construyendo un Estado de Derecho! No hay otra manera.

Los Estados Unidos lo han logrado tras una larga historia de sacrificio y sometimiento a la ley; viviendo ordenadamente, trabajando de sol a sol. Y pagando TODOS altos impuestos (incluso, los vendedores de flores que, en algunas ciudades las ofrecen en los semáforos). Es decir: los buenos trabajos y las mejores condiciones de vida son UNA CONSECUENCIA de hacer todo lo que nosotros, los salvadoreños, no queremos hacer en nuestro país.

Es por allí por donde debemos empezar: por cumplir, cada uno, concienzudamente, con nuestro deber. ¡El Salvador lo vale!

Posiblemente, eso es lo que falta en nuestro sistema educativo: aprender a valorar, a apreciar el país que Dios nos ha dado; con todos sus defectos, es el único país que es nuestro. Y de nosotros, sus ciudadanos, depende su destino.

En mi caso, definitivamente, si volviera a nacer, nacería igual que la primera vez; nacería salvadoreña.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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