Lo grave es que las lecturas que con frecuencia se obliga a los estudiantes a leer, están en parecida categoría: las memorias de la guerrillera que montó la matanza en la Zona Rosa, elucubraciones que se presentan como poesía, la trayectoria de un pobre maestro al que le lavaron el cerebro o ensayos sobre "la escuela de Francfort". En este último caso preguntamos a un par de filósofos amigos si alguna vez, en sus recorridos sobre el pensamiento del Siglo XX, tropezaron con ella, a lo que respondieron que no. Tampoco hay referencia a tal escuela en la enciclopedia filosófica italiana, la que por cierto dedica un par de páginas al gran pensador y ex presidente dominicano Joaquín Balaguer.
¿Cómo no será tan arduo para nuestros pueblos escapar del subdesarrollo si a sus jóvenes con frecuencia los indoctrinan en lugar de enseñarles? ¿Qué hace más tarde una persona que por algún motivo tiene que vivir y trabajar en otro país, al descubrir que las lecturas que conoció sólo provocan hilaridad? ¿Con qué instrumentos de análisis, criterios o saberes es que le tocará luego enfrentar la literatura o el arte de otras culturas?
No es de extrañar que tantos jóvenes y profesionales lean muy poco: no conocieron ni aprendieron a apreciar la buena literatura. Sólo leen para informarse pero nada más; a Dios gracias aquí hay buenos diarios. Pasan por la vida perdiéndose las maravillas que están a su alcance casi sin costo.
Cuidémonos de las ocurrencias ajenas
La lectura, como la música, desarrolla el intelecto pues demanda a quien lee (o escucha música clásica) a entender y manejar estructuras intelectuales, aquellas que encontramos en cualquier labor productiva de segundo nivel (distinta y superior a cavar una zanja), en el desempeño de una profesión o al montar y operar equipos complejos. Es obvio que hay complejidades de complejidades, pues no es lo mismo administrar una factoría que llevar bien una pequeña familia, pero distinta suerte tiene el que con cabeza ordenada maneja a su familia, al que lo hace siguiendo los impulsos y emociones. Es en particular importante que la gente aprenda a ponerse a salvo de sus propias ocurrencias, lo que no va a lograr si en la universidad o la escuela le presentaron como modelo ocurrencias y desperdicios ajenos, como "el asco".
Las lecturas de los estudiantes en cualquier nivel son un asunto demasiado serio, para dejarlo en manos del instructor o maestro de una materia. No se trata de censura ni de propiciar un punto de vista sobre otro, sino de escoger calidad, lo que más allá del contenido tenga la altura, la belleza o el rango que aporte a la formación de un joven. Los docentes y las autoridades de escuelas y universidades, los responsables ministeriales, los mismos alumnos deben cuidar de lo que leen; rechácese la contracultura, lo asqueroso.