La literatura comprometida

Comentando En los paliques del Café Izalco nunca se habló ni de manifiestos literarios, ni de doctrinas estéticas, ni de generaciones comprometidas

Carlos Sandoval* Sábado, 18 de Agosto de 2007

Por un capricho de la vida, por un absurdo de la historia, surgió en El Salvador por el año de 1956 la mal llamada "Generación comprometida". Como tengo alguna responsabilidad en su gestación, creo conveniente relatar, una vez más, las circunstancias que determinaron su nacimiento. Pues se trata de uno de los tantos mitos que irrumpen en nuestra cultura.

Cuando regresé de México en 1956, tras cursar estudios de filosofía y derecho en la UNAM, traje varias cajas de cartón repletas de libros, y entre estos venía ¿Qué es la literatura?, de Jean Paul Sartre. En un cuarto situado sobre la Calle Concepción, cerca de la llamada Esquina de la Muerte, le comenté a Ítalo López Vallecillos sobre el impacto que había causado dicho libro en el mundo literario. En el expone su autor, desdoblado en tres preguntas ¿Qué es escribir? ¿Por qué escribir? y ¿Para quién se escribe?, la doctrina de la literatura comprometida. La lectura se circunscribió, única y exclusivamente, a la Presentación en donde Sartre enuncia las siguientes tesis: el escritor vive en situación y, por consiguiente, es responsable de su tiempo y la literatura comprometida debe volver a ser lo que nunca debió dejar de ser: una función social.

Cuál fue mi sorpresa cuando meses después apareció en la revista Hoja, un artículo de Ítalo López Vallecillos titulado: "La generación comprometida", de clara tónica sartreana. Como la revista era de escasa circulación --unos 200 ejemplares-- es posible que dicho artículo no hubiera trascendido. Pero quiso la casualidad que Juan Felipe Toruño informara en su libro Desarrollo Literario de El Salvador (1957), sobre el nacimiento de la "nueva generación literaria". Esto fue suficiente para que trascendiera a la historia de la literatura nacional.

En la revista Hoja --de efímera vida-- colaboraban, entre muchos otros, René Arteaga, Eugenio Martínez Orantes, Roque Dalton, Álvaro Menéndez Leal, José Enrique Silva, Camilo Minero, Ricardo Bogrand, Ítalo López Vallecillos y quien esto escribe. Las reuniones las efectuábamos en el Café Izalco, pero no para hablar de literatura, sino para comentar los sucesos cotidianos entre la espuma de cerveza cruda y el humo de los cigarrillos "Embajadores". Nunca faltaba en esa reunión el cuentista y novelista colombiano Manuel Mejía Vallejo. El mantuvo la columna literaria CONTRAPUNTO en El Diario de Hoy, bajo el pseudónimo de Naután. Lamentablemente cuando llegué a Bogota hace un año, me enteré de su fallecimiento en Medellín. En los paliques del Café Izalco nunca se habló ni de manifiestos literarios, ni de doctrinas estéticas, ni de generaciones comprometidas.

Ítalo, Roque y yo trabajábamos por esa época en el diario El Independiente de Jorge Pinto. Roque como columnista bajo el pseudónimo de Sukarno, Italo como gerente y yo como editorialista. Pero el diario quebró e Ítalo se fue a la UES como director de la Dirección de Publicaciones, en donde ya existía el Círculo Literario Universitario, integrado por Roque, Argueta y Cea. Posteriormente estos dos últimos se apropiaron del nombre "Generación comprometida", gracias al espaldarazo que le había dado Toruño. Pero sus miembros nunca conocieron ni la filosofía de Sartre ni su obra literaria, como lo reconocería Roque en su novela Pobrecito poeta que era yo. "Ni siquiera hemos leído El Muro", confiesa.

En verdad, el ícono de los "comprometidos" era el Neruda de "España en el corazón" (1936) y la doctrina del realismo socialista, una estética fundada por Zhdánov en 1934, en donde los poetas debían cantarle al trabajo, a la fábrica, al koljós y al comunismo. Lo demás era arte burgués.

El creador de la generación comprometida fue Toruño, por un lamentable error de crítica literaria.

*Escritor.

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