El despertar político de la clase media

Por Manuel Hinds* Jueves, 5 de Septiembre de 2013

Los disturbios masivos que sacudieron a Brasil y otros países suramericanos en junio de este año cogieron al mundo por sorpresa por lo poderosos y extensos que fueron, porque sus militantes no eran proletarios sino de clase media, porque se armaron contra un gobierno que siempre ha pretendido estar del lado de los que arman las protestas y no del de los que las reciben, y por los tres temas que eventualmente emergieron de ellas.

Uno era el exceso de inversión en el fútbol. Otro era la grotesca ineficiencia de los servicios públicos. El tercero era la corrupción. El factor que unificaba estos tres temas era la rebeldía del que ha aguantado por mucho tiempo y decide de pronto que no debe ni puede aguantar más el grotesco populismo de politicones de barriada. Este nuevo factor está cambiando el panorama político de Brasil, no en términos de quién puede o no ganar las siguientes elecciones, sino en los de definir cuáles son las prioridades que los políticos tienen que tener. Ha sido un llamado de atención a todos los políticos, no sólo a los que están en el poder.

La más dicente fue la protesta contra la excesiva inversión en fútbol. El mensaje fue clarísimo. No es que a los brasileños ya no les guste el fútbol. Fue "Ya no nos pueden seguir dando circo para distraernos y que no veamos la corrupción y la negligencia en el manejo del gobierno". Más ampliamente, la demanda decía que los ciudadanos ya no están para que se les maneje como hatos de ganado.

Hay muchos precedentes históricos para este tipo de incendios espontáneos. Todos ellos han tenido significativos efectos en la política de los países. Y en todos ellos ha habido la misma afirmación del nuevo poder de unas crecientes clases medias, los disturbios que llevaron a la reforma electoral de 1832 en Inglaterra, que amplió el voto a grandes sectores de la clase media; los grandes conflictos de 1848 que sacudieron a toda Europa y resultaron en el derrocamiento de varios monarcas, entre ellos Luis Felipe, Rey de los franceses, y avanzaron la causa del constitucionalismo; la gran agitación que desestabilizó a Europa en 1968 y modernizó muchos gobiernos, y la primavera árabe, que aunque todavía volátil, ha cambiado los términos en los que se desarrolla la política en el Medio Oriente.

Estos y otros casos muestran que los que cambian los países y los ponen en el camino del desarrollo no son los proletarios, sino las clases medias, que siendo más educadas y solventes económicamente, pueden actuar con más independencia y criterio en su demanda por el poder. El desarrollo económico y democrático sostenible comienza cuando la clase media se vuelve la mayoría.

América Latina está en esa etapa histórica. En las últimas décadas, nuestros países han pasado de tener una mayoría de pobres, fácilmente oprimibles y engañables con populismo barato, a una mayoría de clase media que está comenzando a demandar gobiernos responsables.

Nuestra clase media, que ya es 69 por ciento de la población (igual al promedio de Latinoamérica, ver artículo de ayer en la columna de Observadores en este mismo periódico), todavía es muy tímida, quizás por el impacto sicológico de la guerra, y por la idea generalizada de que la calle es del FMLN. Esto es lo que ha permitido que los gobiernos se abandonen progresivamente al populismo, y que no hagan ni siquiera el intento de resolver los graves problemas del país. Esto, sin embargo, no va a durar. Eventualmente la gente se va a hartar, como se hartaron los brasileños, y los europeos antes que ellos, y van a comenzar un proceso en el cual van a apartar a los políticos populistas y corruptos, y van a buscar manejar las instituciones como debe ser, dando servicios eficientes como contrapartida de los impuestos-desarrollando al fin esta sociedad. Los partidos políticos que no realicen esto no van a sobrevivir como fuerzas importantes.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.

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