Juegos infantiles

Me puse a revisar si había algún gordo entre mis amigos de la infancia. Y no, no había ninguno. El gordito más próximo era unos cuatro años mayor. Era único. Amable y divertido. Nunca nadie lo discriminó ni lo maltrató. De hecho su redondo carisma lo llevó a ser el novio de la más bonita.

Tenía una gordura tersa y ovalada. La piel estirada, incluso en el área de la barriga. Si se le palpaba producía un sonido similar al que hacen las sandías buenas, cuando un comprador las pondera dándole golpecitos con la yema de los dedos. Cuando sonreía, parecía un enorme y sonriente huevo de gallina.

La gordura de los niños de hoy es como amorfa. Fofa. Lejos de parecer huevitos felices, lucen más bien como saquitos de papas mal amarrados. No todos por supuesto. Algunos, de apenas 10 o 12 años de edad, parecen viejos y empedernidos tomadores de cerveza. A otros se les dificulta abrir los ojos dada la carnosidad del rostro.

Durante mi infancia parecía que la regla natural era que ser niño equivalía a ser flaco. La gordura era cuestión de gente mayor. La panza un poco abultada era, incluso, un símbolo de prosperidad. Demasiada barriga, sin embargo, denotaba más bien una afición desmedida por la cerveza.

¿Por qué éramos flacos? Nuestras comidas abundaban en cereales, poca carne, verdura, regular cantidad de lácteos, y mucha fruta. Pero la delgadez se explicaba no tanto por la comida, sino más bien por la actividad física. Todos los juegos, hasta los más tranquilos, implicaban mover el esqueleto.

Una de las actividades favoritas de la pandilla, era ir a nadar. Pero para llegar al río había que caminar unos 40 minutos a paso rápido y más de una hora si durante la caminata nos subíamos a cuanto árbol frutal había en el camino. Jugábamos al fútbol en cualquier superficie plana con algo de espacio: las plazas públicas, calles y hasta en los patios y corredores de las casas.

Utilizar los juguetes de la época también exigía mover algo más que la punta de los dedos. Había que enrollar el trompo con un cordel, lanzarlo con destreza para que su baile fuera prolongado, volverlo agarrar a mano pelada, mantenerlo bailando en la palma de la mano y volverlo a lanzar de canto para que golpeara el borde de una moneda que tendría que salir disparada hacia una meta.

Las canicas o mables nos alucinaban con sus atractivos diseños de colores y figuras en su reducida superficie. Había que tener una puntería de francotirador para acertar a un pequeñísimo blanco desde una distancia de hasta tres metros, utilizando nada más la fuerza del pulgar y el dedo índice como sostén.

De lo más emocionante era elevar piscuchas. Sólo construirlas era un apasionado proceso. Darle forma de rueda a un conjunto de varillas de madera, recortar el colorido papel de china de acuerdo a un diseño previo para la cara y la cola; armar el pequeño entramado de tres hilos que hacía posible que la piscucha se elevara sin problema. Una vez la piscucha se mezclaba con las nubes, la soltaban y volaba sin rumbo hasta caer a varios kilómetros de distancia…

Decenas de niños perseguían la luna de papel. Horas después aparecía el triunfador con el trofeo en la mano, o parte de él ante el asombro y las miradas de aprobación de todos. No había premio. Era solamente el placer del juego.

La televisión para niños terminaba entonces a las ocho, después venían la telenovelas para viejos. A esa hora uno caía muerto de cansancio en la cama.

Es genial que hayan inventado los celulares, videojuegos y todo eso. Sólo que su parte mala, todo tiene un lado negativo, es que si uno se descuida son una especie de fábrica de gorditos. Según un estudio, un niño, de hoy ve entre 9 y 11 horas semanales de televisión y gasta hasta tres horas a la semana en videojuegos, todo sentado en el sillón comiendo golosinas. Resultado: epidemia de niños gorditos.

A propósito, el Gordo de este relato es actualmente odontólogo y terminó casándose con la más bonita.

* Columnista de El Diario de Hoy.