Certero diagnóstico

Por Carlos Mayora Re* Viernes, 9 de Agosto de 2013

Parece que hay consenso de que vivimos en una sociedad enferma. Se habla de crisis de valores, cuya consecuencia inmediata es que la política está en crisis, la familia está en crisis, la educación está en crisis…

Pero no más que en otras épocas, añado; porque la crisis es connatural con el ser humano: somos personas inacabadas, en continua auto construcción; seres que van descubriendo quiénes son, y cuál es el sentido de su vida, a fuerza de vivirla, a golpe de prueba y error.

Si hay alguna novedad en las crisis actuales, es precisamente esta: en épocas pasadas, la sabiduría, los valores en boga, la religión nos orientaban y daban respuesta a las preguntas más fundamentales. Ahora estamos como aturdidos, perplejos: nadie nos da respuestas absolutas. Y si nos las dan, las rechazamos. Somos como esos niños de dos o tres años que, deslumbrados por su recién descubierta capacidad de acción, estorban a la mamá que quiere ayudarles mientras repiten, más para sí que para los demás: "yo solito".

Buscamos la verdad y nos conformamos con certezas, buscamos el bien y nos dan valores, buscamos la belleza y encontramos sensaciones… La gran diferencia entre ayer y hoy, es que si bien nos podíamos comparar con un barco a la deriva, siempre teníamos a la vista las estrellas; hoy, seguimos a la deriva, pero cerramos voluntariamente los ojos y nos hacemos la ilusión --dura ilusión-- de que pensando que vamos en el buen rumbo, llegaremos a puerto.

El diagnóstico es de Tomás Melendo, en su libro "La pasión por lo real, clave del crecimiento humano". En esa obra articula su argumentación en cuatro grandes coordenadas que sigue el hombre contemporáneo: menosprecio de la realidad, ruina de la verdad, desorientación ante el bien y ceguera ante lo bello; que tienen como factor común una exacerbación de la libertad y de la autonomía personal, y el desprecio a todo aquello que pueda parecer imposición.

¿Ejemplos? Rebelión contra la naturaleza humana: privilegiar la capacidad de elegir según la propia conveniencia, por encima del respeto a la vida del otro ("pro choice" vrs. "pro life"); preminencia del capital por encima del trabajador, políticos que "aman" la humanidad y detestan a las personas, una arrogante actitud --en algunos círculos--, que pretende definir por medio de los votos qué sea el matrimonio, la familia y la moral, etc.

¿Resultados? Sin un horizonte definido, ni siquiera consensuado, la dispersión está servida. Cada quien tira para su lado, y todos barren para adentro. Utilización de los valores socialmente estimados, mientras se aprovechan del discurso mediático para el beneficio propio: democracia como sistema para acumular votos; libertad como equivalente a hacer lo que me dé la gana; inclusión como la perfecta excusa para favorecer a mis clientes políticos; separación de poderes en el Estado, como cortina de humo para convertir la Constitución en papel mojado… Y todo con desfachatez.

Hemos perdido la visión unitaria del ser humano y muchos nos ven, nosotros mismos nos vemos, como en esos dibujos que de vez en cuando se exhiben en las carnicerías de pueblo, en los que se representa una vaca o un cerdo surcados por líneas de puntos para indicar los mejores cortes de carne, las partes más aprovechables, y las condiciones de cada porción del animal.

Melendo postula una vuelta a la realidad, a la estimación de lo que son las cosas en sí mismas, y no sólo a la idea de bien, verdad, belleza o realidad que cada uno puede forjarse en su mente. Pero sus razonamientos superan ampliamente los límites de este escrito. Por ahora, que quede allí el diagnóstico.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org

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