¿Qué tiene esa mirada?

A la vista de lo sucedido en Rio de Janeiro en estos días, se pregunta un periodista, corresponsal de El País en Brasil: "por que o papa Francisco fascina tanto a os jovens?". Lo que admira no es la pregunta en sí, sino que a pesar de haber visto el fuerte atractivo que Juan Pablo y Benedicto ejercían sobre los jóvenes, haya todavía gente que no llega a comprender que el "encanto", en definitiva, no proviene de las personas particulares, sino de lo que representa una vida coherente por una parte, y por otra el conjunto de creencias y valores en que se apoya y que, además, la hacen posible.

Los jóvenes, en general, parecen desencantados. Sujetos a violencia asesina, políticos corruptos, familias desintegradas, hipocresía social, injusticias patentes. No quieren insertarse en una sociedad que desprecian, y por ello presentan con frecuencia comportamientos egoístas, hedonistas y, sobre todo, consumistas. Han perdido la confianza en la autoridad, y abominan de sus mayores.

Y de pronto, aparecen Juan Pablo, Benedicto, Francisco. Hombres mayores, exigentes, que los ponen en guardia contra los espejismos mundanos, les hablan claro acerca de la denigración en que termina el ansia de consumir y poseer; les dicen que ellos son la puerta por donde entra el futuro del mundo, y les proponen un régimen de vida en el que "menos es más". Les llaman a despojarse de lo circunstancial y momentáneo en busca de lo que perdura, de lo que importa.

Y esos mismos jóvenes (egoístas, hedonistas, consumistas), en lugar de reaccionar dándoles la espalda, les siguen a todos los lugares del mundo donde los convocan, mostrando una y otra vez que da lo mismo la raza, la cultura, los valores: son receptores universales de un mensaje universal.

Les atrae la coherencia. Algunos han dicho que el papa les fascina porque "no representa un papel". Cree lo que vive, y vive lo que cree… Pero ¿cómo están tan seguros? Lo intuyen. Lo saben.

Ese mismo periodista a quien le fascina la fascinación que los jóvenes muestran por Francisco, escribe como testigo de primera mano: "cansados de las hipocresías y del despilfarro de los hombres del poder, se sienten atraídos y enloquecidos viendo a Francisco recorrer las calles de Río en un coche sencillo, sin blindar, con la ventanilla abierta. Lo ven sin miedo a morir, algo que excita a los jóvenes". Y no sólo a los jóvenes, sino a cualquiera que vea con corazón sincero y ojos desprejuiciados lo que ha pasado estos días en las calles de Río, y en años anteriores en Madrid, Sidney, Colonia, París o Manila.

En el fondo, el atractivo irresistible que el papa presenta en los jóvenes --y por supuesto también en los mayores--, viene de la certeza de que, sea quien sea, predica cosas que él mismo vive, que no es un hipócrita ni un actor, que no tiene intereses ocultos: sus intereses están a la vista de todos, quiere predicar a Jesucristo, y no se le pasa a nadie por la cabeza que quiera predicarse a sí mismo.

A los jóvenes, y a los menos jóvenes, nos fascina la mirada de un santo: esa que te mira y parece comprenderte, verte dentro. No para juzgarte, o para recriminarte por tus fallos, sino para amarte con el amor de Dios que llena su corazón. Esa mirada que te convence de que el papa cree en ti.

Los jóvenes se han visto atraídos, fascinados, por Juan Pablo, Benedicto y Francisco, porque están seguros de que el papa cree en ellos, y espera mucho de ellos. Y están dispuestos a corresponder.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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