El perro atropellado

Cuando todavía me encontraba en el colegio cursando el bachillerato, tuve una experiencia inverosímil que viví a diario. En realidad esta experiencia no solamente la viví yo, sino también otras miles de personas. No me extrañaría que más de algunos recuerden la historia a la que me refiero y reflexionemos en conjunto.

Es en esta experiencia tan sencilla que se puede resumir cómo los salvadoreños estamos viviendo lo que vivimos hoy, especialmente un país atascado en casi todo sentido en comparación a nuestros vecinos y cómo posiblemente es lo que nos merecemos.

A principios del último año de bachillerato, me encontré que en una de las avenidas que transitaba todos los días, la Avenida Jerusalén, atropellaron un perro, callejero posiblemente, de un considerable tamaño. Se notaba el primer día que el golpe que le dieron al mismo fue fuerte, pero no se miraba que le habían pasado encima, o por falta de una mejor manera de decirlo, no tenía nada que se le hubiera "salido", sino solamente yacía muerto del lado del muro que divide los carriles de sentido contrario.

Sin embargo, el siguiente día me encontré que el mismo perro se encontraba en la calle, solamente que esta vez sí estaba más deshecho. Me imagino que transitarán docenas de miles de carros diariamente en esa avenida y por lo menos unos cuantos le habrían pasado encima.

Para no entrar en detalles, pasaron y pasaron los días. Más allá de que la alcaldía de entonces pudiera haber tenido un problema con el sistema de recolección de basura, el perro poco a poco se fue deshaciendo.

No soy científico, pero me imagino que debido a que estaba sobre asfalto, el proceso que le tomaría al perro deshacerse por efectos naturales no sería el mismo a si estuviera enterrado bajo tierra. Poco a poco el perro se fue planchando sobre el asfalto. Fueron quedando los huesos, hasta que luego sólo la piel. Pasaron meses y aún se podía ver de cierta manera cómo había quedado material de lo que alguna vez fue un perro pegado en el asfalto.

Las probabilidades que un buen porcentaje de la población de la capital haya pasado al lado del perro son bien altas, y que absolutamente ninguno, incluyéndome, haya tomado la iniciativa de limpiar lo que veía, o por lo menos exigir a las autoridades correspondientes que lo hicieran, habla más que mil palabras.

Una vez escuché a un sacerdote decir una frase que le pega al clavo a esta situación: "El orden interno es reflejado por el orden externo". Los salvadoreños hemos posiblemente llegado a tal desorden interno que no nos molesta tener un animal en una Avenida importante pudriéndose enfrente de nuestros ojos. Algo completamente desagradable, antihigiénico y penoso. Se imaginan entonces, cuánto nos importará tener algunos de los dirigentes que tenemos o ver nuestro país en una economía detenida.

La intención de estas letras no es transmitir un pesimismo atascado, sino más bien a que reflexionemos en nuestro día a día de cuántas maneras como sociedad estamos reflejando un desorden interno. Podemos ser muy trabajadores, muy visionarios y emprendedores, pero solamente ordenándonos como país, bajo una sola visión de orden, podremos salir adelante.

*Lic. en Ecomomía.

Columnista de El Diario de Hoy.

twitter:@SergioTotoR