El problema de la Sra. Windsor

Hace unos días, la Corte Suprema de los Estados Unidos dictaminó que restringir el matrimonio como la unión de hombre y mujer es inconstitucional.

Todo partió de una demanda de la Sra. Edith Windsor, que acudió a los tribunales para conseguir una exención de los impuestos de la herencia que le dejó su difunta compañera de vida. El problema era que si su unión legal (contraída en Canadá) había engendrado derechos iguales a los que regulan el legado que puede recibir una viuda, los trescientos sesenta mil dólares de impuestos ya pagados debían serle reembolsados, si no, se los quedaba el fisco.

La sentencia ha sido vista como dar facilidades para que se amplíe la definición de matrimonio en los estados de la unión americana. Ahora bien ¿no será que más que una extensión del concepto de matrimonio, el fallo ha sido también descorrer un importante cerrojo legal? ¿Podría ser la solución del apuro de la Sra. Windsor, un problema para nosotros?

Más allá de lo legal, que en realidad no nos afecta, el asunto no es sólo la aceptación o no de un "matrimonio" entre dos personas del mismo sexo, sino la manera alternativa de ubicar la intimidad en las relaciones interpersonales, y en la realización como ser humano de cada persona.

Desde la revolución sexual de los años sesenta, se ha instalado una mentalidad que exagera la importancia de la vida sexual, hasta hacerla el factor más importante en las relaciones humanas. Muchos creen a pie juntillas, que para ser feliz, una persona necesita una relación en la que el sexo es fundamental.

Se han olvidado que lo principal de las relaciones humanas es la persona misma. Cualquier reduccionismo, al agotar la relación, la empobrece y la marchita.

La ironía es que en la medida en que alcanzamos mayor "libertad" sexual, ésta se trivializa, y las relaciones que tienen el sexo como vínculo principal, se vuelven no sólo más inestables, sino productoras de tristeza, ansiedad e insatisfacción.

Como es imposible vivir en un estado de excitación permanente, y como el sexo --con el tiempo-- termina por ocupar en las relaciones un lugar importante pero secundario; bastantes han perdido la fe en el matrimonio, y en su desilusión prefieren no oponerse a los deseos de otros, que quizá puedan tener mejor suerte, sin importarles que con sus experimentos terminen por cambiar al matrimonio mismo.

También por eso, los que creen en el matrimonio como camino de felicidad, porque lo viven, o porque han crecido en una familia sana, sienten que al igualarlo con uniones que no lo son, todos salimos perdiendo.

En el fondo, se trata de una crisis de esperanza. Los seres humanos necesitamos amar y ser amados, entrar en relación de intimidad con el otro/la otra, pertenecer a una comunidad. La familia es importante, la amistad es importante, la posibilidad de donarse completamente es importante. Si todo se trivializa y si se piensa que sólo hay vida digna de ser vivida cuando se tiene una vida sexual satisfactoria, o se quiere vivir como esposos donde sólo es posible vivir como amigos, los problemas se agudizan. Primero en el ámbito personal, luego familiar y por último social.

La verdadera crisis que atraviesa el matrimonio se origina en su empobrecimiento, reducción y desmarcamiento de la posibilidad de una plena entrega personal. Afirmar su grandeza no es negar la importancia de otro tipo de relaciones interpersonales, pero equiparar cualquiera de éstas al matrimonio, como fundamento de la comunidad de amor que es la familia, es estirar demasiado las cosas. Y ya se sabe, que cuando se fuerzan demasiado las situaciones, rara vez no terminan por reventar.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org

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