Ignorancia y santidad

Por Luis Fernández Cuervo* Domingo, 7 de Julio de 2013

Aparecer la noticia de la canonización de Juan Pablo II e inundarse los medios informativos y las redes sociales de comentarios estúpidos ha sido todo uno. La ignorancia es atrevida y ¡allá se van tantos, evangélicos evidentes y presuntos católicos, escribiendo toda clase de disparates sobre la santidad!

Trataré de aclarar el asunto con las palabras más sencillas, evitando detalles y tecnicismos. En sentido muy estricto, santo sólo lo es Dios. Y milagros solo los hace Dios o algunos hombres pero por el poder de Dios. Consta, por ejemplo, en Los Hechos de los Apóstoles, que después de Pentecostés San Pedro hizo algunos milagros.

La Iglesia Católica, cuando beatifica o canoniza a una persona no la está haciendo santa, sino que testifica --que es algo muy distin- to-- que esa persona, que ya era santa cuando vivía, murió siendo santa y goza ahora de un favor y amor muy especial de Dios. La Iglesia sabe también que existen muchas personas de cuya santidad sólo la sabremos en el Cielo. Fueron personas que gastaron su vida en acciones heroicas de amor al prójimo, incluso a sus enemigos y que sin embargo fueron calumniadas, condenadas por delitos que no cometieron, o simplemente ignoradas por la rudeza, desprecio o ceguera moral de los que fueron parte de su vida.

Jesús dijo: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Y la Iglesia Católica siempre nos anima a que vivamos la caridad --el amor a Dios y al prójimo-- en grado máximo: eso es la santidad. Y en su Concilio Vaticano II dejó escrita, como una de sus declaraciones más importantes, la llamada universal a la santidad: todos podemos y debemos esforzarnos por ser santos viviendo el amor a Dios y a los demás en nuestra vida ordinaria.

San Juan de la Cruz señala la importancia de la santidad en nuestra vida diciendo así: En el atardecer de tu vida serás examinado en el amor. Dios nos juzgará en clave de amor ¿Cómo le hemos amado a Él? ¿Cómo hemos amado a los demás? Y San Juan Evangelista sentencia que si alguien dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso, pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.

Cuando alguien ha muerto con fama de santidad, se puede pedir que se inicie un proceso para comprobarlo. Y ese proceso es algo muy serio, porque supone estudiar primero si ese presunto santo vivió todas las virtudes (teologales, morales y humanas) en grado heroico. Si se llega a la conclusión de que sí las vivió así, es declarado Venerable. Para que pase a ser Beato, tiene que ocurrir un milagro porque alguien le ha pedido a Dios, a través de rezar al presunto santo, que Dios haga ese milagro. En los casos más frecuentes, donde se pide la curación de un enfermo, puede ser él mismo o parientes, o amigos los que piden esa curación. Y el presunto milagro debe pasar primero por un comité de médicos que declaran que esa curación científicamente es inexplicable y después por una comisión de teólogos y otra de obispos y cardenales. Una vez que la Iglesia testifica que esa persona es Beata, para declararlo Santo se repite el mismo proceso con un nuevo milagro, otra curación o hecho que primero el comité de médicos declara ser inexplicable científicamente.

Existen cristianos no-católicos que en su vida y en sus escritos merecen gran estima. Pero da pena la estrechez mental e ignorancia religiosa que abunda en tantos de nuestros evangélicos y en algunos de nuestros católicos. A ellos les diría que entiendan que Dios, que ya es familia en su Trinidad, no es ni solitario ni envidioso; es muy sociable, se goza con la santidad de sus hijos y le gusta que le importunen y le consigan con sus ruegos, favores y milagros de todo tipo.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

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