La triple hélice del desarrollo

Debiera ser indiscutible --y sin embargo no lo es-- que para el desarrollo de los pueblos se necesita la acción sinérgica de "dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales" (RAE).

El gobierno representa no sólo a uno solo de los sectores de la población sino a toda ella, y cuando esos sectores permanecen en disputa permanente, el resultado es el estancamiento, la decadencia y el subdesarrollo.

Los países desarrollados, en cambio, se mueven al empuje de "la triple hélice del desarrollo". Esas hélices son: el gobierno, la empresa privada y la academia. Unidos y sincronizados, hacen avanzar la nave del Estado hasta los horizontes más insospechados. La unión hace la fuerza. Y la fuerza, regulada por el derecho, se constituye en el motor de la historia.

¡Cuán lejos estamos de esa sinergía! En la última Enade, convocada por la Asociación de la Empresa Privada (ANEP), pudimos ver cómo, lo que debía ser un encuentro para buscar coincidencias, se convirtió en un campo de batalla verbal en el cual salieron a relucir, en una competencia desafortunada, los más bajos calificativos.

Nadie discute que al gobierno le corresponde la dirección del Estado, en un rumbo que procure el bienestar general. Pero para seguir ese rumbo, debe alejarse de consignas partidarias que necesariamente vuelven sectoriales sus actuaciones. El gobierno es del país, no de un partido político que es sólo el instrumento para el ejercicio de la representación del pueblo. Desde los Acuerdos de Paz, esto aún no se ha comprendido, y desde las respectivas trincheras se continúa lanzando fuego letal y destructivo.

La empresa privada, que reúne al emprendedurismo, y al capital, es el sector que, en mayor medida, efectúa inversiones y, con ellas, crea los empleos necesarios; su competitividad incrementa las exportaciones que son fuente de divisas. A menos que se viva bajo un régimen totalitario en el que campea el capitalismo de Estado del que sólo disfruta la nomenklatura, la empresa privada es imprescindible para obtener el crecimiento económico. Los sindicatos, concentrados en su esencia gremial, van unidos a ese esfuerzo de superación general proveyendo la mano de obra calificada, digna de la mejor remuneración por ser parte esencial de la empresa.

Y la Academia, suministra al gobierno y a la empresa privada su personal dirigente y gerencial, y las grandes ideas, fruto de la investigación científica, para su aplicación en el camino del progreso. Un solo ejemplo nos muestra el ímpetu colosal del intelecto: Albert Einstein cultivó y desarrolló su genio al amparo de la universidad de Princeton. Cuando murió, el gran Pablo Casals, exclamó: "Es como si el mundo hubiera perdido parte de su substancia".

Actualmente, las universidades se han modernizado al compás de los tiempos, y ofrecen una amplia variedad de diplomados, maestrías y doctorados, que elevarán sobremanera el tono intelectual del país.

Pero esas fuerzas están dispersas. Si estuvieran unidas y debidamente coordinadas podríamos obtener un Plan de Nación amplio y generoso, alejado de consignas partidarias, orientado únicamente hacia el bienestar general. Lo triste es que entre nosotros más que un título universitario vale un carnet partidario o un vínculo familiar (nepotismo).

¿Es esto una utopía? Por lo que vemos y soportamos, sí. El país se mueve al compás de todas las fuerzas anárquicas, y no se divisa la vía razonable que nos libere del pantano en que hemos caído, con un crecimiento cercano al cero y una deuda pública impagable. Los ojos que debían ver, están cerrados. Los oídos sordos. Y las voces que se escuchan pidiendo cordura y acción eficaz, claman en el desierto como lo hizo, exactamente, el monarca francés (Luis XV) cuando exclamó "después de mi el diluvio" ¿Qué hacer?

Además de elevar al cielo la oración de Kierkegard en su Tratado de la Desesperación: "¡Señor! Dadnos para los cosas inútiles miradas sin visión, y ojos llenos de claridad para todas tus verdades", formar ciudadanía a través de la educación, siguiendo, sin ir muy lejos, el ejemplo de Costa Rica. Los resultados tardan, es cierto, pero precisamente por eso es necesario comenzar ya y no ver con ojos de disimulo y espíritu de indiferencia la grave situación que padecemos.

Sugiero modestamente a los prematuros candidatos a la presidencia de la República, que en sus respectivos planes de gobierno figure, con visión de estadistas, como eje fundamental, en vez del populismo desbordado que hunde a las naciones en la miseria, la fórmula salvadora: la triple hélice del desarrollo. Pero me temo que los ojos que deberían ver, sigan cerrados; sordos, los oídos que deberían escuchar, y silenciadas, las voces que se deberían escuchar.

En vez de ello, se escucha a todas horas el estruendo de una propaganda onerosa y sin sentido, que abruma al bravo pueblo con una cantinela mendaz superficial y sofocante.

*Doctor en derecho