Infancia real, infancia virtual

Por Napoleón Candray* Miércoles, 26 de Junio de 2013

Entre amigos comentábamos sobre si habría sido triste la infancia de uno de ellos de quien se dijo que "nunca tuvo juguetes cuando niño". La frase me quedó grabada, mientras mi mente me trasladaba a mi propia niñez, una niñez de ensueños en la que muchas veces, la insuficiencia de presupuesto familiar me impedía tener los juguetes que se exhibían en los escaparates de los almacenes, pero que alegraban mis ojos al verlos a través de las vitrinas.

En mi infancia y en la de muchos de mis contemporáneos --a mediados del siglo anterior--, los juguetes , en su mayoría, eran creados por nuestra imaginación. Recuerdo haber sido el orgulloso propietario de un caballo pura sangre, de madera, al que llamaba "Rayo". Cabalgaba sobre él a ratos para perseguir bandidos o pieles rojas, a ratos para correr a campo traviesa por los imaginarios llanos del patio de casa.

Un poco más adelante tuve acceso a otros juguetes: un yoyo, el clásico trompo que, en las justas infantiles requería de rapidez para enrollar la pita y destreza en el lanzamiento para calacear y evitar ser calaceado. También estaban las canicas o chibolas, siempre entre ellas, una pulsuda con la que sacaba del círculo practicado en la tierra, las de mis compañeros de "güimbas" y, simultáneamente, el infaltable capirucho, juguetes que obligaban a pensar y a mover el cuerpo.

Ahora, sin que esto signifique una postura en contra de la tercnología, que tanto bien hace a la humanidad, toda vez que se emplee con sensatez y mesura, reflexiono sobre los juguetes contemporáneos en particular los virtuales, los vídeojuegos. Considero que estos últimos son castrantes de la imaginación de los niños modernos, la pasividad de estos ante la pantalla les trasmuta la realidad y el tiempo y lo abstrae del entorno familiar. Por otro lado, sólo cuentan con incentivos artificiales como el de acumular puntos: si el jugador logra matar al mayor número de forajidos virtuales se convierte en un ganador. No es remoto que una exposición prolongada a este pasatiempo vuelva al niño aséptico al concepto de matar o provocar dolor a otros. ¿Qué valor representará este recuerdo de infancia al llegar a la vida adulta de estos niños? ¿Será esto una especie de vacuna para volverse inmunes a la creciente violencia en el irascible, sangriento mundo que nos está tocando vivir?

Este tipo de juguetes ha individualizado el juego de los niños y esto los convierte en juguetes del juguete virtual mismo, que es el que dirige e impone las reglas del juego anulando su imaginación, excluyéndolo del placer de inventar situaciones de crear escenas sonidos y emociones. No es lo mismo una jornada pasiva frente a un juego virtual que cabalgar libremente sobre un caballo de madera llamado "Rayo".

Los adultos ya no disponen de tiempo para jugar con sus hijos y aunque lo tuvieran, estos están absortos en sus pantallas y no se comunican con sus padres. ¿Adónde están los juegos entre niños como el de correr sin necesidad de que haya un ganador, simplemente por el afán de correr ?

Las estadísticas señalan que los niños de dos a catorce años pasan cerca de cuatro horas diarias frente al televisor, una a dos horas con la computadora y dos horas con los juegos virtuales. ¿Qué tiempo se dedica a la relación afectiva intrafamiliar? La respuesta es cada vez menos.

Recuerdo que una vez mi hijo me externó su deseo de acampar en una tienda de campaña y sentir cómo se pasa la noche en ella. Compré una tienda sencilla para dos personas, la montamos juntos en el patio de la casa y pasamos allí la noche entera haciendo guardia con una linterna por aquello de "las fieras que nos acechaban". Salimos a mirar la luna y las estrellas y vimos gravitar en el firmamento luces como de naves espaciales.

Fue una noche espléndida llena de aventuras que me transportó a mi propia infancia "en vivo y a todo color". Fue también una noche inolvidable para aquellos dos niños, mi hijo y yo.

*Médico oftalmólogo,

colaborador de El Diario de Hoy

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