Vender el alma

La decadencia comienza cuando ya no hay nadie a quien admirar", escribe Cristian Warnken, columnista del Mercurio, en una nota en la que se pregunta a fondo hacia dónde va Chile, pues tiene para sí que una vez alcanzadas las grandes cifras macroeconómicas y el crecimiento sostenido, a su país le está pasando lo mismo que a las personas cuando se encuentran en una situación de bonanza económica aunada con pobreza cultural: el hastío se apodera de los ricos, la ambición de los trepadores, y el odio de los pobres.

Hace unos días estuvo por aquí el presidente Piñera, y en su momento se habló de seguir el modelo chileno como nación que a base esfuerzo y trabajo, ha logrado alcanzar unos niveles envidiables de desarrollo económico.

Por supuesto que no faltaron detractores entre algunos de nuestros políticos de izquierda, que --sin razones-- alegaron que optaban por el modelo venezolano como ejemplo de desarrollo… Quizá porque prefieren un sistema que les permita medrar personalmente comercializando ideas de progreso, a uno que penalice en las urnas la incompetencia de los políticos.

Chile es un ejemplo a seguir, pero no sólo en cuanto a su fórmula de trabajo+educación+libertad económica+Estado pequeño=desarrollo sostenido, sino también en cuanto las voces disidentes que todo sistema acuna en su seno. Cristián Warnken es una de ellas.

Este columnista se queja de la hipertrofia que la economía tiene actualmente en Chile: todo es plata, hablar del dinero: cómo amasarlo, dónde invertirlo, presumir de él y disfrutarlo. Mientras, está convencido de que su país (contrariamente a la opinión de la mayoría de sus compatriotas) está entrando en una decadencia.

"La peor de las decadencias es la decadencia de las convicciones, de la virtud (y especialmente la virtud republicana), de la coherencia (…). Podemos hablar de un sostenido y sistemático proceso de decadencia en curso", opina: siente que Chile se le va de las manos a los mismos chilenos.

Para salir de la trampa, apela a una refundación desde las ideas, desde los principios. Una revolución cultural a cargo de líderes auténticos, que no sean producto de un grupo de creativos de una agencia de publicidad, o simplemente fruto de la inercia de los acontecimientos.

Traigo a cuento sus palabras pues me parecen oportunas para hacer un paralelismo con nuestra situación política-social. No porque tengamos altos índices de crecimiento económico, precisamente. Sino porque con un poco que se analicen las propuestas de los tres protagonistas de la campaña política adelantada en la que estamos, uno cae en la cuenta de que apelan a los mismos resortes emocionales que destaca Warnken en su escrito: consumismo, ambición, odio, revancha, que sintonizan con la situación económica-cultural de quien escuche sus cantos de sirena.

Ninguno propone ideas o políticas orientadas a que nos encontremos humanamente (no sólo económicamente) mejores después de sus cinco años de gobierno. Se me podría contradecir, y explicar que a nadie le importa que los candidatos no planteen nada al respecto, y contestaría que más a mi favor, es un síntoma de que tenemos el alma dormida para lo humano, y demasiado despierta para lo material, lo económico, el puro bienestar.

Estamos a tiempo. Estoy seguro de que en nuestro país hay líderes auténticos, gente que une su visión económica con una perspectiva humana de la persona. Líderes que ponen su trabajo y entusiasmo al servicio de la sociedad. Emprendedores que si fueran tomados en cuenta, podrían participar activamente en la elaboración y puesta en marcha de planes de gobierno más humanos, orientados a dignificar las personas, y no sólo a mejorar sus ingresos o darles bienes de los que carecen.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org"

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