Los manifestantes de Taksim y la agobiante crisis europea

En la última semana las noticias internacionales consignan los disturbios que se han desatado en la zona limítrofe entre Occidente y el Oriente europeo, en Turquía; millones y millones de dólares suman las pérdidas por el intenso conflicto en esta zona del mundo, donde las viejas tradiciones musulmanas se combinan con el desarrollo socio económico… la tradición y la modernidad conviven en este país que también forma parte de la Unión Europea.

Un pequeño parque, Gezi, a la par de la plaza Taksim, en el centro de Estambul, ha sido el detonante del conflicto; se quiere remodelar esta zona, incluyendo los consabidos desalojos de vendedores… pero, al parecer, no ha sido esto lo peor, sino la forma en que se quiere hacer, por la fuerza bruta, lo que ha desatado la ira de una "nueva clase social" que está apareciendo aquí y allá, los "indignados", quienes con su presencia, su voz a través de megáfonos y teléfonos móviles con acceso a las redes de Internet han desatado verdaderos movimientos sociales.

En un interesante artículo de Ricardo Ginés, quien hace un apretado resumen que muestra las claves para entender este conflicto, enuncia cinco puntos, a saber: autoritarismo, islamización, uso excesivo de la fuerza, polarización social y resentimiento económico.

¡Qué complicado, verdad!, sí, pero así es la realidad social; sin duda hay que enmarcarla en los acelerados procesos de occidentalización de la cultura islámica y, sobre todo, hay que decirlo con claridad, la profunda crisis económica que padece la Zona Euro.

Con la crisis, y esto no tiene que ver solo con Turquía, se ha puesto en remojo la propia integración europea y su moneda única, han aflorado algunos temas que parecían estar superados como lo son la integración racial y la pobreza.

Cada vez hay más conflicto en torno a las minorías étnicas; en Inglaterra, en Suecia o en Francia, Italia o España, la cuestión pareciera que se complica cada vez más; aquella política del buen samaritano que estaba dispuesto abrir sus puertas para que los inmigrantes llegasen a la tierra de donde fluye leche y miel, ha finalizado. Es más, los obstáculos crecen y los privilegios que algunos habían logrado, empiezan a caerse. Junto a la marginación social y económica comienzan, además de la indignación, las acciones de hecho y las revueltas son más frecuentes. Muy unido a esto, la pobreza, esa pobreza que comienza con la pérdida del trabajo y la casa, se está convirtiendo en una bomba de tiempo; los mendigos aparecen en demasía tanto en las aceras de las principales calles de las ciudades, como en los metros y en los autobuses.

Hombres y mujeres —se dice que uno de cada cuatro jóvenes españoles está sin trabajo—, pululan a la búsqueda de una oportunidad, contando historias espeluznantes sobre cómo conseguir unas monedas para alimentar a sus hijos. Otros muchos tienen la esperanza de un mejor futuro en el extranjero, convirtiéndose en imaginares forzados.

El esplendor de la Europa clásica, el milagro económico de España, la luz de Francia, la armonía social de Viena, la fuerza tecnológica de Alemania o los tesoros históricos del centro europeo, siguen estando vigentes, no creo que nadie, nadie diga lo contrario, pero junto a esto los conflictos sociales étnicos y la pobreza forman parte del panorama actual.

¿Qué viene ahora? No se vislumbran soluciones, sin embargo, esta dura realidad que ahora padecen muchos europeos, me hace ver que la situación de América Latina, y en particular la de El Salvador, que ha convivido desde siempre no con los problemas étnicos pero si con la pobreza, requiere de superar la ideologización de un pasado que no nos ha llevado a nada bueno, como también limpiar las telarañas en el quehacer político, particularmente las de todo tipo de populismos de poca monta, que lejos de solucionar los problemas los profundizan.

Puede que en Europa haya problemas serios, pero el nivel de diálogo y racionalización sigue siendo preponderante en esos pueblos que la integran; puede que los políticos y la clase política en general sean el blanco de la crítica, pero nadie plantea que para solventar los graves problemas que sufren se deben aplicar modelos que ya probaron su ineficacia en el pasado.

A pesar de las dificultades que experimentamos, mucho tenemos que aprender los salvadoreños de los europeos.

Editor Jefe de El Diario de Hoy.

ricardo.chacon@eldiariodehoy.com

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