¡Un estadista, por favor!

Como no podía ser de otra manera, Mauricio Funes rindió su último informe de labores ante la Asamblea Legislativa con la misma actitud con la que ha gobernado el país por cuatro años: confrontando a sus adversarios políticos, respondiendo a sus críticos, inflando sus contados aciertos, obviando sus numerosos errores y dejándose bañar por los aplausos entusiastas de quienes creen que la madurez y la templanza de un gobernante pueden ser sustituidos, sin consecuencias para la sociedad entera, por la inflexibilidad y la arrogancia.

Al conocido espectáculo de un hombre que desde el poder no se cansa de señalar con el dedo índice a cuanto contradictor imagina, este sábado agregó el Presidente de la República gestos y dichos muy desagradables, casi infantiles, nada propios de su alta investidura. Los salvadoreños estamos familiarizados con el inmoderado carácter de Mauricio Funes, pero la inoportunidad de la fraseología empleada por él para reaccionar ante los carteles de la oposición le rebajan demasiado. En lugar de aprovechar la coyuntura para mostrar sus dotes de estadista, quien nos habló desde el podio presidencial el 1 de junio se comportó como un diputado más.

La escasísima ecuanimidad de Mauricio Funes está lejos de ser un dato anecdótico. Ese talante defensivo ha hecho que el urgente diálogo nacional se haya postergado cinco años, con los resultados negativos que estamos viendo en casi todos los índices de desarrollo. A fin de cuentas, con el país como está, ¿de qué nos sirve un Presidente que manda a callar a la oposición, es impetuoso para reclamar a los que opinan distinto y se permite el lujo de seguir excusándose en los famosos "veinte años de ARENA" a las puertas de su último año de gobierno? ¿Es ese el mensaje que esperábamos de nuestro máximo líder político a menos de 365 días de abandonar el cargo?

Si evade tomar en cuenta el número de jóvenes graduados que cada año pasan a engrosar la oferta laboral, es estéril que el Presidente nos diga que la única fuente confiable para calcular las cifras de empleo es el Seguro Social. Si olímpicamente se salta la gruesa cadena de acciones que evidencian su complicidad en el golpe contra la Sala de lo Constitucional el año pasado, suena a hipocresía que nuestro gobernante se cuelgue en el pecho medallas democráticas o que acuse a otros de "golpismo". Si "olvida" el nombre de su más inmediato antecesor pero sí se acuerda del de Francisco Flores para censurar a ARENA, deviene en demagogia que Mauricio Funes nos diga que ha viajado menos que otros mandatarios o que el "bulevar Monseñor Romero fue un monumento a la miopía y a la corrupción".

Cuando hace cuatro años escuchamos el primer discurso del Presidente recién investido, muchos albergamos la esperanza de verle convertirse en un facilitador de la unidad nacional. Creímos que su estudiada separación del discurso histórico del FMLN constituía, a la vez que una invitación a renunciar a prejuicios muy arraigados, una oportunidad única para emprender una vía de conciliación que privilegiara los acuerdos mínimos por encima de los disentimientos. Lamentablemente, nada de eso ocurrió.

¿Qué habría sido del proceso de independencia de la India si Mahatma Gandhi hubiera sucumbido a la tentación de dejarse provocar por sus adversarios? ¿Qué habría sido de la reconciliación de los Estados Unidos tras la Guerra Civil si Abraham Lincoln hubiera accedido a los deseos de venganza de los norteños radicales? ¿En qué habría parado la reconstrucción de la República Federal de Alemania si Konrad Adenauer no hubiera concentrado tras de sí a todas las fuerzas productivas, aunque las discrepancias a veces fueran profundas?

Entre las cosas que distinguen a un político cualquiera de un estadista hay aspectos ligados a la firmeza, sin duda, pero también al autocontrol. Ojalá en 2014 tengamos un Presidente que lo entienda.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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