OTROS EDITORIALES

Después de él… el diluvio

Por Carlos Mayora Re* Viernes, 24 de Mayo de 2013

Cuando parece que Nicolás Maduro se va asentando en el poder, y a la vista de las noticias económicas que nos trae el viento del sur: escasez, control de precios, mercado negro… etc., es oportuno preguntarse: ¿qué futuro tiene el ALBA sin Chávez?

El Salvador no pertenece a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América. Sin embargo, parte considerable de nuestra economía sí que depende de la inyección monetaria venezolana. No sólo por la disponibilidad de petróleo y combustibles, sino --principalmente-- por los petrodólares que dinamizan nuestro mercado en rubros como la alimentación, la agricultura, y la creación de puestos de trabajo; además de todo el aparato de ONG´s y organismos que basculan alrededor de las cuatro letras más citadas últimamente por los analistas económicos: ALBA.

Parece legítimo preguntarse acerca del futuro de las inversiones en los países oficialmente pertenecientes al ALBA, y oficiosamente dependientes del dinero venezolano: ¿si la locomotora venezolana empieza a renquear… cómo nos va a ir en los vagones?

El propósito del ALBA (en tanto alianza político-estratégica) es, como dice en su página web: "unir las capacidades y fortalezas de los países que la integran, en la perspectiva de producir las transformaciones estructurales y el sistema de relaciones necesarias para alcanzar el desarrollo integral requerido para la continuidad de nuestra existencia como naciones soberanas y justas". ¿Cómo lograrlo? Con una "dinámica económica que se orientará a privilegiar la producción de bienes y servicios para la satisfacción de las necesidades humanas, rompiendo con la lógica de la ganancia y acumulación de capital".

Para alcanzar ese propósito, así como para echar a andar su dinámica económica, hace falta dinero. Venezuela tiene en abundancia (¿o tenía?). Pero el problema de fondo, me parece, no va por allí, sino por la ausencia de liderazgo. Por todo lo que hemos visto, Maduro tiene cualidades de líder (al menos para la mitad de los venezolanos), pero en ningún momento es un clon del comandante. El ALBA es la criatura de Hugo Chávez, y al desaparecer su ideólogo, líder y propulsor, si quien le sucede no termina de dar la talla, cae por su peso que el ALBA sin Chávez tiene sus días contados.

El gran problema de Maduro, se ha escrito, es la omnipresencia de Chávez en Venezuela y fuera de Venezuela. El comandante unificaba histerias e intereses. Hacía repetir a los miembros del ejército, y creérselo sin dudarlo, aquello de "patria, socialismo o muerte", poniendo al mismo nivel el deber de defender la Constitución, y salvaguardar un proceso político ideológico. La patria era Chávez y Chávez era la patria.

Eso de que "todos somos Chávez" funcionó para que muchos votaran por Maduro; pero tiene su contraparte: si todos somos Chávez, a fin de cuentas, "nadie somos Chávez".

Maduro no sólo tiene el enorme reto de mantener las prioridades de su mentor y antecesor, sino también el de lograr el beneplácito de sus iguales (favorecidos en su momento por el comandante). Es decir: tiene que llevar las riendas del gobierno y lograr que nada se le tuerza. Más aún: conseguir que nadie se le desboque.

Y eso por hablar solamente de la dinámica interna en el gobierno y la política venezolana. Faltaría añadir al análisis, la volatilidad de los gobiernos de los países adscritos oficial o extra oficialmente al ALBA (para muestra, el botón de Honduras, que en cuanto dejó de gobernar Zelaya se retiró del tratado); pues si la pertenencia a la Alternativa es ideológica, al depender más de la voluntad de los votantes que del carisma del iluminado de turno, el futuro del ALBA (sin Chávez) es ciertamente veleidoso.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org

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