Amores Perros

Después de Amores Perros, la película con la que el director González Iñarritu, inauguró el nuevo siglo, México nunca volvió a ser lo mismo para mí. Mi estadía más larga en la ciudad de la que alguien dijo que es la única en el mundo donde uno se puede perder para siempre, duró poco más de tres meses. Fue por los días de la firma de los Acuerdos de Paz.

Entonces, a pesar de la densa contaminación, la ciudad me pareció una experiencia sin par. Quizá era porque sólo unos días antes había salido de un frente de guerra, donde había pasado varios años sin dormir en una cama, sin ver fútbol en vivo o disfrutar del hielo y además con la posibilidad de la muerte en cada recodo de camino.

El apartamento donde vivía estaba justamente en un edificio construido encima de la estación del Metro de Tacubaya. Sólo era cuestión de bajar, abordar el tren y llegar a cualquier lado en cosa de minutos en la urbe más poblada del mundo. Más de 30 millones de habitantes en esos tiempos. Una maravilla.

La gente en las calles me parecía de lo más amable. La comida de una variedad que sacudía el paladar. Todas las noches había teatro de primera calidad. Un fin de semana se presentaba Madonna en concierto, el otro Bob Dylan y en un día cualquiera la Banda Yes con todo y Rick Wakeman. Eran tiempos de encuentros con seres queridos a los que tenía mucho tiempo de no ver. Y como cereza del pastel el fin de la guerra. Me enamoré del Distrito Federal y un poquito hasta de su fútbol.

Hubo algunos felices regresos pero muy breves. El más largo ocurrió cuando el legendario Hernán Vera, el famoso ex locutor de Radio Venceremos y luego brillante productor de telenovelas, nos invitó a Sandra y a mí a su casa donde vivía con su esposa la actriz Gabriela Roel. Un día de esos conocimos, en una fiesta al actor Demian Bichir, quien me apabulló a preguntas sobre la guerra. Seguía siendo el D.F. el sitio ideal para volver.

Pero ocurrió que en el año 2000 se presentó Amores Perros y vi en la pantalla, lo que no había visto o no había querido ver, feliz de vivir como andaba, en la dura cotidianidad de una de las ciudades más veleidosas del mundo. Iñarritu no presentó una ficción se puede decir. La película es un ladrillo duro, negro, horrible… y real. Para mí que el cine mexicano se divide en antes y después de Amores Perros.

Pero lo que se vino después, una cosa es gracia y lo que sigue desgracia, es un abuso de la temática. Y lo es porque el México que me sedujo, el de la gente amable, el de la fabulosa gastronomía, el del Metro democrático y eficaz, el de la arrobadora mezcla arquitectónica, el de la raza mágica y misteriosa también existe y coexiste con el mundo tenebroso de Amores Perros.

Pero desde entonces el cine mexicano de este siglo, film tras film, está obcecado con presentarnos no una ciudad sino un país entero, donde todo es narco, crimen y corrupción. Películas como Miss Bala, El Infierno y Perras hacen que la violencia exagerada de Quentin Tarantino parezca un inofensivo comics donde la sangre es salsa de tomate.

El cine mexicano vende la imagen del México de los capos de la droga y los decapitados; donde todo policía es corrupto y todo político un inepto y también ladrón (no digo nada). El México de la frontera sangrienta, de los feminicidios escalofriantes, curas abortistas y tortuosos incestos, el México de la peor inmundicia humana.

Si antes el cine de México nos mostró por años la suntuosidad de la vida de los ricos, donde el amor siempre ocurría en elegantes mansiones y las parejas se amaban con casimires; hoy, como venganza quizá, muestra la vida en los escenarios más depauperados y siniestros que pueda encontrar. Pero de que son reales lo son.

La dosis de cruda realidad que celebré con Amores Perros, se convirtió con tanta película sobre lo mismo en sobredosis de violencia que terminó en indigestión.

* Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleasp@hotmail.com

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