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ENADE

Tema del momento En otras palabras, con el Encuentro Nacional de la Empresa Privada, la ANEP perdió el miedo a debatir y entendió que su palabra no era la última y que el peso de sus miembros era igual de importante que el de otras organizaciones con menos recursos

Por Luis Mario Rodríguez R.* Sábado, 27 de Abril de 2013

El cónclave anual organizado por la ANEP es un buen termómetro para medir la evolución del pensamiento empresarial. En el año 2000, cuando la gremial celebró la primera edición, una de las conferencistas principales fue la empresaria de origen indígena Xóchitl Gálvez. En esa misma época, Vicente Fox nombró a Gálvez como la Comisionada Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. Previamente, en la reunión de Davos del Foro Económico Mundial, la habían incluido dentro de la lista de los cien líderes globales del futuro del mundo por su destacada labor como una de las empresarias más reconocidas en México en el área de tecnologías de la información.

No obstante las brillantes credenciales de la ponente, a ella no se le solicitó hablar ni de sus raíces ni de los edificios inteligentes que construyó en el Distrito Federal. No intervino con ideas sobre competitividad o productividad. ANEP la invitó a relatar su experiencia en materia de responsabilidad social empresarial. Al liderazgo de la asociación en ese entonces le interesaba romper moldes. Quería provocar a sus pares y hacerlos reflexionar acerca de sus proyectos sociales y si éstos eran mera filantropía o si por el contrario constituían programas permanentes de apoyo a sus trabajadores, al medio ambiente y en general a todas aquellas áreas en las que el Estado, aunque eran su responsabilidad, no estaba siendo eficiente.

Por las tarimas de este foro pasaron en los siguientes años Felipe González, Álvaro Uribe, Ricardo Lagos, José María Aznar, Jeane Kirkpatrick (Embajadora de Reagan ante Naciones Unidas), Steve Forbes (presidente de la Revista Forbes), Álvaro Vargas Llosa, Carlos Alberto Montaner, Julio María Sanguineti, los diferentes candidatos presidenciales en 2004 y 2009 y tres mandatarios salvadoreños: Francisco Flores, Antonio Saca y Mauricio Funes. La diversidad de figuras con pensamientos y visiones muy diferentes y el contraste de ideas entre quienes comulgaban con distintas corrientes ideológicas, desde socialdemócratas y liberales hasta los que criticaban o bendecían los excesos o las ventajas del capitalismo, según el caso, reflejaron una gremial más abierta, menos ideológica y principalmente mucho más comprometida con los problemas nacionales.

Atrás quedaba la ANEP del Siglo XX. Aquella que en los ochenta ondeaba la bandera de los "antis" en clara oposición a todo lo que significara más ciudadanía, menos mercado y un control estatal desbordado. En ese entonces era impensable que los dirigentes empresariales de la época ocuparan la misma mesa que feministas, ambientalistas, sindicalistas y representantes de organizaciones no gubernamentales impulsoras de la reforma política. En otras palabras, con el Encuentro Nacional de la Empresa Privada, la ANEP perdió el miedo a debatir y entendió que su palabra no era la última y que el peso de sus miembros era igual de importante que el de otras organizaciones con menos recursos.

El ENADE abrió un nuevo capítulo. Si bien importantes documentos durante los noventa relanzaron a la ANEP como una entidad que buscaba la construcción de consensos mínimos y que le permitieron cumplir un papel discreto pero relevante para la firma del Acuerdo de Paz, aún no se atrevía a liderar un proceso de transformación nacional.

Varios de sus representantes no encontraban o no les interesaba identificar el espacio donde convivir con todos los actores sociales, públicos y privados que también desempeñaban un papel importante. Todavía no llegaba el momento de lanzarse a confrontar con ellos, en un ambiente de total franqueza y en un plano de igualdad, todos los temas, inclusive "los sensibles" sin importar que no coincidieran con la visión de país que habían delineado al interior de la gremial.

A partir de los grandes encuentros nacionales de empresarios y aprovechando su poder de convocatoria, la ANEP asumió como propia la discusión sobre la falta de una ley de protección al consumidor y de una institución que promoviera la libre competencia. También señaló en una de las ediciones del ENADE la necesidad de mejorar las relaciones con la "otra pieza" del sistema productivo, en clara referencia a los trabajadores. Finalmente cayó en cuenta que sin instituciones independientes y sin un sistema político sólido, alcanzar el despegue económico y social sería un esfuerzo a contracorriente.

En el 2000 se transformaron los paradigmas y se vencieron muchos de los obstáculos que impedían a la ANEP cumplir un papel de primer orden en el desarrollo nacional. Esa misma astucia debe influenciar a las siguientes ediciones del ENADE. Esta plataforma, junto a otras que persiguen la edificación de un pacto nacional, deben orientar al próximo gobernante para enfrentar los grandes problemas nacionales: la inseguridad, el endeudamiento público, la falta de crecimiento económico y la reducción de la pobreza.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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