La informalidad

Por Manuel Hinds* Jueves, 25 de Abril de 2013

Un problema muy importante que no recibe suficiente atención es la enorme participación de las empresas informales en nuestra economía. Estas empresas son las que no existen legalmente, que no están inscritas ni en el Seguro Social ni en el sistema de pensiones, y que no pagan ningún impuesto, excepto la parte del IVA que pagan automáticamente en sus compras. Todo indica que el sector informal es muy grande y que su existencia crea un problema muy grave a la sociedad.

Un estudio hecho por investigadores del Fondo Monetario Internacional a principios de la década pasada (Guillermo Vuletin, Measuring the Informal Economy in Latin America and the Caribbean, IMF Working Paper WP/08/102, Western Hemisphere Department, IMF, Washington D.C.), estimó que el 36 por ciento de la economía salvadoreña está fuera del sector formal. En un estudio de 2011 la Organización Internacional del Trabajo estimó que el 66.4 por ciento de los trabajadores salvadoreños trabajan en el sector informal. Es decir, un poco más de la tercera parte de la producción del país se realiza en empresas informales, en las que trabajan dos terceras partes de los trabajadores.

El sector informal tiene una productividad del trabajo bien baja y por tanto los ingresos que puede generar para los que trabajan en él son bien bajos (los salarios dependen crucialmente de la productividad de los trabajadores, que se define como el cociente de dividir la producción total de una empresa por el número de trabajadores que laboran en ella). Imagine usted que hay 99 personas que producen 99 dólares de Producto Interno Bruto (PIB), pero que 33 de esas personas producen 66 dólares (es decir, 2 dólares por persona), mientras que 66 de ellas producen sólo 33 dólares (cincuenta centavos por persona). Los primeros producirían cuatro veces por persona lo que producirían los segundos. Esta es la situación en El Salvador.

Pero el problema principal del sector informal no es que tiene una productividad tan baja sino que no tiene maneras de aumentarla. Sin legalizarse, sin capacidad de obtener créditos para invertir, sin economías de escala y sin los conocimientos mínimos de administración que se requieren para manejar una empresa, estas unidades informales logran sobrevivir sólo porque no pagan impuestos y, en muchos casos (como las vendedoras ambulantes) porque no pagan local tampoco.

Dada su precariedad, las empresas informales ofrecen pocas esperanzas de aumentar la productividad de sus trabajadores, y por tanto de subir sus salarios. Invierten muy poco, si es que invierten algo, porque están fuera del mercado del financiamiento bancario, ya que no tienen ni las garantías ni la estabilidad que son requisitos fundamentales parar entrar en dicho mercado. Además crean un desbalance artificial en la competencia en el país al no pagar impuestos, mientras que las formales sí tienen que pagarlos. Este tipo de competencia no es conducente a aumentar la eficiencia del país. Más aún, la mayor parte de los que laboran en el sector informal lo hacen no porque tengan espíritu de empresarios sino porque no pueden conseguir un empleo formal.

El desarrollo sostenible del país requiere que los trabajadores que laboran en actividades informales pasen a trabajar en empresas formales. La manera de hacerlo no es a través de darles privilegios a las empresas informales, tales como cobrarles menores impuestos o subsidiarlas de alguna manera. Es perverso para el desarrollo del país darle privilegios a los ineficientes para que puedan competir con los eficientes.

Lo que se necesita es volver el ambiente de la economía salvadoreña más conducente a la creación de nuevas empresas formales y la expansión de las existentes, de tal forma que se disminuyan los incentivos para volverse informal. Esto requiere una simplificación de los impuestos para todos los contribuyentes, la reducción de los trámites burocráticos que las empresas tienen que realizar al fundarse y en su funcionamiento diario, y un ambiente político conducente a la estabilidad y la inversión.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.

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