Apolíneos, venusianas, narcisistas

tema para meditar La religión del cuerpo es una religión tiránica que exige cada día más sacrificios. Comenzó con las dietas, los ayunos y ya con eso se cobró sus primeros mártires: los de la bulimia y anorexia

uando el alma se debilita, se encoge y se vacía, el cuerpo pide tomar el mando. En los casos más toscos, mas vulgares, lo hace con el vicio de la gula: darle al cuerpo las cantidades y calidades en comidas y bebidas que vaya exigiendo el placer del gusto; pero eso tiene un inconveniente: la obesidad y sólo en culturas muy primitivas la gordura es un valor estético y social altamente apreciado. En nuestra anticultura actual, para muchos la obesidad es la peor de las deformidades. Lo exige la religión imperante: la religión del cuerpo. Hay que estar apolíneo, si eres varón o venusiana, si eres hembra.

Es cierto que tenemos un deber estético con nuestros semejantes. Es parte de la convivencia social que nuestro aspecto deba ser agradable a los demás; que no aparezcamos ante ellos ni sucios ni malolientes sino con un rostro, una actitud y una vestimenta atrayentes. Es un valor importante a la hora de encontrar trabajo y mantenerlo y para el modo de comportarse y ser apreciado por los demás.

Hasta ahí ese deber estético es una virtud y también una conquista, pero en la medida en que la práctica religiosa que debe alimentar el espíritu se va atrofiando o se abandona del todo, este cuidado del cuerpo pasa a sustituirla. Bien dijo el escritor francés Baudelaire que el hombre es un animal religioso que se equivoca de dios. Y hoy día son muchos los equivocados que consumen largas horas adorando su propio cuerpo.

Los mundanos siempre criticaron y fingieron escandalizarse de aquellos ayunos, cilicios y disciplinas con que tantos santos castigaban su cuerpo. Les parecía cosa de masoquistas, de locos, de aversión a la vida. Nunca quisieron entender la razón de amor de aquellas mortificaciones como un modo de compartir los sufrimientos que Cristo padeció por todos nosotros. Pero ahora, todas esas renuncias y sufrimientos han vuelto, corregidos y aumentados, en honor y adoración del dios Apolo y de la diosa Venus.

La religión del cuerpo es una religión tiránica que exige cada día más sacrificios. Comenzó con las dietas, los ayunos y ya con eso se cobró sus primeros mártires: los de la bulimia y anorexia. Después apareció la gimnasia exhaustiva y las carreras trotando lastimosamente por las calles o corriendo sobre una máquina que no los llevaba a ninguna parte. Pero el dios de la belleza corporal es un Moloch que exige cada día más víctimas. Algunas de ellas han muerto en plena carrera. Después siguió el tiránico culto con los fármacos y también esta etapa se cobra víctimas con reacciones fisiológicas inesperadas, intoxicaciones por excesos de dosis, etc. Después llegaron las torturas dermatológicas de sus peelings, sus liftings, su botrox antiarrugas y sus implantes capilares para restituir el pelo perdido por la temprana calvicie. Todo sea por el rejuvenecimiento de la piel y no de las cualidades morales.

Todavía eso no era bastante y pronto se añadió la lipoescultura y el bisturí de los cirujanos. Tampoco en este campo han faltado las víctimas mortales: infecciones extensas, embolias pulmonares de grasa, reacciones fatales a los implantes de material plástico.

Este culto exagerado a la propia belleza corporal, esta aversión al envejecimiento externo, es la consecuencia lógica de unas vidas carentes de valores humanos más superiores, profundos y perdurables. En realidad no se adora ni a Apolo ni a Venus sino al propio ego, a un absorbente narcisismo que, en palabras más duras, es puro y duro egoísmo.

No tiene nada de extraño que algunas de sus consecuencias más terribles para el porvenir de cualquier país, sean el fracaso de los matrimonios y la aversión a la procreación, porque desde la óptica narcisista, el otro de la pareja está para mi servicio y los niños son caros, son ruidosos, se enferman, son molestos y sobre todo exigen amor, algo que todo narcisista, hombre o mujer, no está dispuestos a darlo más que a sí mismo.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.comC

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