Por encima de la ley

No sabemos hacer fila. El que copia en los exámenes se ve a sí mismo como un héroe, y no como un mentiroso. Incumplimos (casi todos, no sólo los buseros) las leyes de tránsito cuando no hay un policía enfrente. Las construcciones invaden espacios públicos, y se ponen fábricas en zonas residenciales, etcétera.

A veces me pregunto: ¿Por qué nos vienen sobrando las leyes? ¿Por qué nos saltamos alegremente no sólo las que se consignan en los códigos jurídicos, sino también las normas de urbanidad y buena educación? ¿Nos cuesta convivir porque las leyes y normas son papel mojado, o lo son porque no estamos dispuestos a convivir?

No me sirve como respuesta la simpleza de que si hubiera multas de verdad, todos obedeceríamos la ley. O, como me dijo alguien (no sin ironía), que la empresa que contribuye más a la educación de los salvadoreños ha sido siempre TACA, pues a saber qué pasa durante un vuelo hacia Estados Unidos, que logra que, en cuanto ponen un pie en suelo norteamericano, se transformen en excelentes ciudadanos y cumplidores de las leyes…

Hemos llegado a una situación en la que el incumplimiento de las normas jurídicas, sociales y de cortesía, está siendo francamente insoportable. Nos estamos llenando de "vivos" (y "vivas") que se caracterizan por sopesar el costo-beneficio que saltarse una norma les implica. De rebeldes que no están dispuestos a someterse a cualquier otro poder que no sea el suyo. De prepotentes que consideran que su cuna, su posición social, política, o vaya uno a saber qué, les autorizan para hacer lo que les dé la gana.

La clasificación de los incumplidores, es obra de un analista colombiano que tiene un libro llamado, precisamente, "Normas de papel", en el que establece, además, algunas combinaciones. Y así habla también del astuto, que es un vivo y rebelde; del déspota: prepotente y vivo; y del restaurador, al que --me parece-- podría también llamársele "héroe social" (al menos en su propia consideración); quien, producto de la mezcla del rebelde y prepotente, no sólo hace caso omiso del orden establecido y de las leyes que lo sostienen, sino que termina por creerse a sí mismo como una especie apóstol de un mesianismo político.

Guerrillero, partisano, romántico social… como sea: pretende imponer su jerarquía de valores, sus leyes y métodos, precisamente por el procedimiento de utilizar el Estado de Derecho en el que no puede medrar, pero al que necesita, para montar en su revolución protegido por las mismas leyes que desprecia.

Al principio, no le queda más remedio que vivir en la clandestinidad para, desde allí, hacerse con el poder por cualquier medio. Y una vez instalado y con dominio de la situación, pone manos a la obra para "arreglar las cosas", dando por descontada la intolerancia para cualquier organización o persona que pueda convertirse a su vez en guerrillero o subversivo de su sistema social: justo, equitativo, social, inclusivo…

En su concepción de las cosas, el régimen que persigue imponer, llegará sin lugar a dudas a ser la solución para todos los problemas sociales; por lo que cualquiera que piense distinto, será tildado inmediatamente de egoísta: quiere --piensa el restaurador-- conservar los privilegios de clase, principalmente porque con ello conserva sus ventajas personales; o de reaccionario, sin darse cuenta de que él, el restaurador, se arrogó en su momento la exclusividad de serlo, y ahora no tolera que otro actúe del mismo modo como él lo hizo.

¿Las leyes? Útiles cuando sirven. No las respetan en cuanto fundamento de un orden jurídico (que desprecian, que pretenden cambiar), sino en cuanto instrumento político para lograr sus fines.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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