La sensación que se repite

Por José María Sifontes* Viernes, 29 de Marzo de 2013

La procesión del Santo Entierro en Sonsonate, además de su sentido religioso, evoca en mí imágenes de mi niñez y adolescencia que el tiempo no ha podido borrar. Mi padre, oriundo de esa ciudad, nos transmitió el gusto por sus tradiciones, y viajar a Sonsonate el Viernes Santo fue parte de las costumbres familiares. Con el tiempo he asistido a otras conmemoraciones del Santo Entierro pero ninguna despierta en mí las mismas sensaciones, la misma emoción. Es posible que esto se deba a que lo que se vive en la infancia se fija con mayor fuerza en nuestra mente, o tal vez a que tenga en realidad algo especial.

En la época de mi niñez sólo llegar a Sonsonate en ese día particular implicaba riesgos. La gente ponía en la carretera piedras y troncos para evitar la circulación de vehículos. En el Viernes Santo, según la costumbre, todo debía ser solemne y apegado al luto. Nuestros abuelos nos decían que no había que reírse, que se hablara en voz baja y lo menos posible. La actividad física debía reducirse a la mínima expresión. Obviamente la circulación de vehículos era vista con recelo, como una falta de respeto.

Pero al fin llegábamos. Al detenerse la marcha y bajar del carro comenzaba a sentirse ese ambiente especial. Un calor fuerte y húmedo, aliviado por ocasionales ráfagas de una brisa tibia, lo envolvía a uno de inmediato. Aunque la gente hablara y se movilizara, había una sensación de quietud que no sólo existía en los lugares inmediatos sino que también venía de lejos, de todas partes. Una silenciosa calma invadía la casa de mi tío mientras descansábamos para prepararnos para la tarde.

Lo primero era ir a ver las alfombras, verdaderas obras de arte que durarían sólo unas horas. Me gustaban especialmente las coloridas y las que le agregaban sal para darles reflejos brillantes. Mientras avanzaba la tarde iban saliendo de sus casas los que participarían en la procesión. Los cucuruchos eran los más numerosos, con sus trajes morados y su cruz negra de madera. Los cargadores eran relativamente pocos. Hombres grandes y fuertes que vestían de negro. Mi padre me decía que ser cargador era un privilegio y que no cualquiera podía serlo. Yo los miraba con una mezcla de curiosidad y veneración. Al tiempo que me consternaba su sacrificio al tener que cargar una urna de muchas toneladas sentía envidia porque eran los únicos que podían caminar sobre las alfombras.

Entrada la tarde la gente se reunía en el parque para la procesión. La urna recorrería toda la ciudad y regresaría a Catedral casi al amanecer. El momento se acercaba. Tratábamos de conseguir un buen lugar, uno alto que permitiera ver mejor. De repente todo quedaba en calma. El inicio súbito de la banda fúnebre, con sus tambores y trompetas, rompía el silencio y me provocaban una indefinible y sobrecogedora sensación de angustia y golpes en el estómago. Luego, precedido de ese inconfundible --y siempre nostálgico-- olor a incienso, venía la procesión. El rostro acongojado de María Magdalena y el ondulante movimiento de Jesús en la urna me producían sentimientos de tristeza, agradecimiento y temor. Regresábamos a San Salvador casi a medianoche, con las emociones aún bullendo en la mente y el corazón.

Con los años he regresado algunas veces y me sorprendo al notar que la sensación siempre se repite. Tengo la sospecha que eso es lo que busco.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.

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