Un ladrillo más para la pared

Sé de una muchacha que se graduó hace ya unos años de licenciada en Ciencias Jurídicas, y lleva tres como recepcionista en una compañía de seguros. Conozco a otro graduado universitario que se gana la vida vendiendo en San Salvador productos lácteos. No son casos extraordinarios. Es la historia de muchos jóvenes profesionales.

Se suele decir que la educación es el camino para salir de la pobreza. Y con esa idea en mente muchos jóvenes estudian con dedicación, y el apoyo financiero de sus padres, cuarenta o más asignaturas para terminar, en muchos casos frustrados por las serias dificultades que tienen para insertarse con éxito en el mercado laboral. Algo no está bien.

No es lo mismo, nos dicen los que saben, instrucción y educación. La primera se refiere sobre todo a la transmisión de conocimientos. "Caudal de conocimientos adquiridos", dice el diccionario. La palabra evoca información y adiestramiento. Mientas que el término educación, según la Real Academia es la "Crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y a los jóvenes". Otra definición dice: "Cortesía, urbanidad"

La educación, pues, va más allá del aprendizaje de destrezas y adquisición de conocimientos. La educación está más relacionada con la formación de la personalidad y, sobre todo, con la forja del carácter. Alguien puede al mismo tiempo, estar muy bien instruido, y ser un mal educado. Pero una persona educada es casi siempre una persona instruida, porque su carácter fue orientado entre otras cosas para adquirir conocimientos y destrezas.

Mi paso por la escuela primaria, al que hice alusión el jueves pasado, estuvo marcado tanto por la instrucción como por la educación. Al conversar hoy con alumnos de bachillerato, caigo en la cuenta de la enorme cantidad de datos que tuve que aprender y memorizar para obtener el certificado de sexto grado. Era la educación bancaria, dirán algunos. Puro almacenaje de cifras y hechos sin ninguna actitud crítica. Precisamente, añadirán, lo que se requiere en la relación de opresores y oprimidos.

Mis maestros o más bien maestras todas, formadas en las escuelas normales, hacían mucho énfasis en cumplir con los deberes (las tareas), tanto en su contenido como en su presentación formal: ordenada y puntual. Haciendo deberes en casa, uno adquiría conocimientos y también uno aprendía a ser responsable. A cumplir. Además recibíamos la asignatura de Moral, Urbanidad y Cívica.

Entonces se hablaba mucho de normas y muy poco de valores. Uno tenía que aprender muy claramente, mediante la repetición, lo que no se debía hacer: No andar desarreglado. No manchar paredes y mesas. No interrumpir a un adulto que habla. No hablar en clases. No faltar a la escuela. No llegar tarde. La memorización de datos, la prevalencia de las normas y un proceso que colocaba en el centro al maestro, le impregnaban al sistema educativo ese aire autoritario,que fue tan criticado y aborrecido en las últimas décadas del siglo pasado.

En el entusiasmo por el cambio del paradigma educativo la cosa se fue al otro extremo. Se eliminó la asignatura de Moral, Urbanidad y Cívica. La palabra "norma" fue casi proscrita para darle paso a la prédica de valores. Se eliminaron los exámenes de admisión en instituciones públicas, y se establecieron las promociones automáticas. Los exámenes y los deberes dejaron de tener el valor que antes tenían para darle más importancia, en la evaluación a asuntos como la participación del educando en clases, el trabajo en equipo, y cosas así.

Tras años de experimentos, es hora de reconocer las graves deficiencias en la educación y su impacto negativo en todos los aspectos. Quizá debamos retomar mucho de los aspectos positivos del vilipendiado paradigma de los años anteriores a la reforma.

Hay al menos tres aspectos cruciales que a mi juicio se deben revisar: el primero es la formación integral del maestro, como parte esencial del proceso. Hasta la fecha no he tenido una explicación convincente sobre las razones para eliminar las escuelas normales. El segundo es la vuelta a las normas y reglamentos, sin desechar por supuesto los valores. Y el tercero es la actualización de los contenidos de los programas educativos en sintonía con las demandas del mundo moderno.

* Columnista de El Diario de Hoy.