Quien quiera que sea ¡ Ya llegaron !

Por decisión del ahora Obispo Emérito de Roma, Benedicto XVI, el Cardenal que resulte elegido Papa (tras el Cónclave que inició ayer) saldrá de la Capilla Sixtina para dirigirse a otra capilla cercana, la Paulina, con el propósito de hacer una breve oración personal delante del Santísimo Sacramento.

Antes de esta enmienda, el nuevo Pontífice salía del Cónclave directamente al famoso balcón de la Plaza de San Pedro, desde el cual dirigía su primera bendición "Urbi et Orbi". Esta vez el camino que conduce al balcón se "desviará" ligeramente (y sabiamente) hacia el lugar más acertado para empezar un papado. La diligencia de Joseph Ratzinger, que conoce muy bien lo que le espera a su sucesor, llegó hasta la observación de este piadoso detalle. Y seguro que el nuevo Obispo de Roma, quien quiera que sea, se lo agradecerá.

El gobierno de una institución que carga con dos mil años de historia puede quebrarle la espalda a cualquiera. Si, además, tomamos en cuenta que la mitad de los que dicen ser cristianos en este planeta pertenecen a la Iglesia Católica, convertirse de repente en la cabeza de esa muchedumbre --¡un sexto de la población mundial!-- debe ser, digamos, intimidante.

En el último siglo, contando a partir de 1910, el número total de católicos en el mundo se ha cuadruplicado: de 291 a 1,100 millones. Es verdad que en los países occidentales el catolicismo ha ido a la baja, pero en amplias zonas geográficas lo que ha registrado son crecimientos exponenciales. Sólo en América Latina se ha producido, entre 1910 y 2010, un aumento equivalente a 355 millones de personas, mientras que en las naciones pertenecientes al África subsahariana ese aumento es igual al 16% de su población total. Y eso sin contar experiencias muy similares en Asia y Oceanía.

Es cierto que Francia e Italia no son ya los países que cuentan con más católicos por habitante, como lo eran a principios del Siglo XX, pero ahora emergen Brasil, con 126 millones, México, con 96, y Filipinas, que iguala a Estados Unidos con 75 millones de católicos.

A la perspectiva del creciente número de fieles, y sus consecuentes necesidades espirituales, debe sumarse la realidad de una sociedad cada vez menos dispuesta a aceptar la existencia de verdades firmes, duraderas, no sometidas a los vaivenes de épocas y modas. Eso convierte al próximo Papa, automáticamente, en portavoz de un mensaje que permea con dificultades en ciertos ambientes.

También hay, como es lógico, numerosas decisiones que tomar respecto del "refrescamiento" de la estructura vaticana. Las filtraciones de documentos privados del Papa, que muchos periodistas transformaron en un culebrón, sí brindan indicios respecto del deterioro en que podrían encontrarse algunas secciones administrativas de la Santa Sede, lo que ha hecho que varios especialistas especulen sobre las características espirituales y "profesionales" que deberían adornar al sucesor de Benedicto XVI.

"Necesitamos un Evangelizador en Jefe", dijo con buen humor un cardenal italiano antes de iniciar el Cónclave. Y un jesuita americano, cercano a varios purpurados, expresó que algunos electores se decantaban por una especie de "Jesucristo con máster en dirección de empresas". ¡Casi nada!

Por todo lo anterior, tratando de colocarnos en los zapatos del futuro Pontífice, ¿quién sería capaz de aceptar esta pesada carga sobre sus hombros sin caer de rodillas? De allí el profundo sentido que tiene el que Joseph Ratzinger haya dispuesto que su sucesor, tras recibir las protestas de obediencia y fidelidad de los cardenales, abandone la Capilla Sixtina para postrarse y hacer oración, es decir, para ponerlo todo en las manos de Dios, incluso antes de acudir al balcón y recibir los primeros vítores de la feligresía.

"Sin mí no podéis hacer nada", reza una de las glosas más conocidas de Jesús. Palabras que hallarán fácil resonancia en los oídos del nuevo Papa, quien quiera que sea.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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