La clase política

Por José Roberto Miranda A.* Domingo, 17 de Febrero de 2013

En cualquier parte del mundo, todo Gobierno está formado por una minoría organizada que rige los destinos de una mayoría desorganizada. Esta minoría es la que conocemos como la clase política, el grupo elite que tiene la responsabilidad de conducir las políticas públicas de una nación. Si consideramos la política como el arte de administrar de manera íntegra y eficientemente la cosa pública en beneficio del bien común, estaríamos de acuerdo que los políticos son personas con mucho liderazgo, capacidad, experiencia profesional, responsabilidad y altos ideales.

En nuestro país, como en muchos más de la región, pensar en dedicarse a la política no es visto como una noble aspiración. Por el contrario, genera cierto escepticismo sobre las verdaderas intenciones que alguien pueda tener. Esto es el resultado del mal ejemplo de muchas personas, que con sus acciones han dañado y siguen dañando la imagen de la clase política salvadoreña. Si bien es cierto, hay excepciones, el concepto generalizado de la población sobre los dirigentes políticos dista mucho de ser el mejor. De esta manera, individuos que tienen las calificaciones y el deseo de aportar, simplemente mejor desisten ante la oscura realidad.

La conocida frase: "Cada pueblo tiene los gobernantes que se merece", es digna de ponerla en tela de juicio porque al hacer una evaluación entre una muestra del político salvadoreño y un ciudadano salvadoreño, seguramente que el ciudadano quedaría muy arriba en una escala que mida valores como la integridad, laboriosidad, espíritu de servicio y compromiso con el país. Esta es una razón importante para que la población no se resigne a ser gobernada por quienes buscan obtener el poder para servirse en lugar de servir, o para convertirse en funcionarios públicos y no servidores públicos.

Si se observa la brecha que existe entre el deber ser de una clase política comprometida con el país versus la realidad de una buena parte de la que se tiene, surge la pregunta de cómo podrá salir adelante El Salvador si las personas que están manejando el país no son las más indicadas; si no existen los acuerdos mínimos de nación que tracen la hoja de ruta para al menos quince o veinte años, si en cada elección se tienen que jugar los pilares institucionales del país entre posiciones extremas.

Pero la inquietud de fondo que más preocupa y menos ocupa es: ¿cuándo las personas más capaces, patriotas y honestas se involucrarán en la política para enaltecerla y mostrar que sí es posible gobernar con eficiencia, probidad y visión de largo plazo?

Los estudiantes, académicos, trabajadores, empresarios, comunicadores, organizaciones no gubernamentales, tanques de pensamiento y gremiales que conforman la sociedad civil poseen un gran poder que debe ser empleado con más fuerza para hacer contrapeso ante los abusos y desaciertos de los gobernantes. Thomas Jefferson no se equivocó al decir: "cuando la gente le teme al Gobierno, hay tiranía; cuando el Gobierno le teme a la gente, hay libertad". La democracia merece ser defendida y la clase política debe de estar consciente que los salvadoreños hoy más que nunca están observando y atentos del acontecer nacional.

Es necesario ir migrando de la apatía al entusiasmo, de la indiferencia al sentido de pertenencia, del análisis de pasillo a las propuestas, y más importante, a las acciones. El criterio de los salvadoreños es amplio, el amor por el terruño querido es grande y el anhelo de que el país salga adelante es inmenso. Por eso, lentamente pero con paso seguro, la sociedad civil seguirá tomando más consciencia de su rol y del adagio popular que pregona que si la ciudadanía no se ocupa de la política, la política se ocupara de ella.

*Colaborador de El Diario de Hoy.

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