Benedicto XVI, cumbre del pensamiento actual

Cuando el cardenal Ratzinger fue elegido Papa, algunos sabihondos se permitieron decir que se había elegido un Papa de transición, un viejito irrelevante que seguiría el paso ordinario de los pequeños asuntos eclesiásticos por algunos años, hasta que después la Iglesia Católica encontrara… un Juan Pablo III. Hoy es evidente que dicho pronóstico del papado de Benedicto XVI fue una solemne tontería.

Ya sólo el coraje y la humildad de renunciar ante un evidente deterioro de sus condiciones físicas, marca no un hecho excepcional sino una ruta que probablemente seguirán otros pontífices. Alguien dijo, con sabiduría, que Juan Pablo II no renunció a su pontificado por amor a la Iglesia y Benedicto XVI renuncia, también por amor a la Iglesia. La agonía de Juan Pablo II, casi inmovilizado, sin poder hablar, tuvo que mover a hondas reflexiones al entonces cardenal Ratzinger. ¿Es lo mejor para la Iglesia --pudo pensar-- que el mundo y los fieles asistan impotentes a ese largo y doloroso martirio de los últimos días de un Papa?

Si se reflexiona sobre lo que en el mundo actual debe ser el trabajo de un Papa de la Iglesia Católica, se llega pronto a la conclusión de que es un trabajo más delicado, comprometido, difícil y extenuante, que el de cualquier jefe de Estado. Entre otras cosas, porque todo Papa conoce bien que, si entre los doce apóstoles elegidos por Jesucristo hubo un Judas, a lo largo de la historia de la Iglesia, seguirán apareciendo otrosJudas que serán la corona de espinas y la cruz de todos los Papas.

Benedicto XVI fue siempre un hombre apasionado por la verdad, un intelectual con una profunda sabiduría que se extiende mucho más allá del conocimiento de la Biblia, la historia eclesiástica y la teología cristiana. Nunca le gustó gobernar, como bien lo expresó cuando en Alemania fue elegido obispo. Su afición y su clarividencia se movieron siempre con mayor soltura en el campo de la razón especulativa que en el de la razón práctica. Y sin embargo fue él, ya cuando sólo era cardenal, el que abordó con diligencia, valentía y dureza sin igual, el doloroso caso de los sacerdotes pederastas, para después, ya como Papa, darle un tajante corte definitivo. Las víboras del periodismo miserable siguen presentando eso como un punto negro de su pontificado cuando la verdad es justamente todo lo contrario.

Para los que aman la verdad --esa extraña afición en un mundo actual donde reina por todas partes la mentira--, Benedicto XVI deja --en el Año de la Fe-- un legado universal con sus escritos sobre la fe cristiana para ser vivida, día a día, inseparablemente unida a la caridad. Pero deja también un magnífico discurso sobre cómo razón y fe no son enemigas sino hermanas que se apoyan y se aman. Así, por ejemplo, en el magnífico discurso para "hablar al pueblo británico y a sus representantes en Westminster Hall", donde señaló el papel corrector de la religión sobre la razón y el "papel purificador y vertebrador de la razón respecto a la religión".

Más fuerte fue su mensaje en el Bundestag alemán, recordándoles la pesadilla nazi. "Hemos experimentado" --dijo-- "cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra el derecho; cómo se ha pisoteado el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar al mundo entero y empujarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político". Tomen nota las sabandijas que pululan por nuestra Asamblea Legislativa.

Benedicto XVI se marcha, con el afecto y agradecimiento de muchos, a completar su servicio a la Iglesia retirándose a una vida oculta de oración, sabiendo el valor inmenso que eso tiene para la santidad de todos los cristianos y para la paz y la justicia universales.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

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