Bajo la mano dura

Por Mario Vega * Martes, 12 de Febrero de 2013

Cuando la intensa luz blanca comenzó a disminuir, Jorge percibió de golpe el olor a alcohol y desinfectantes del hospital. También percibió los tubos en su nariz y dos más en su vientre. Habían pasado ya tres días desde que fue recibido de emergencia con sus catorce puñaladas. Catorce puñaladas eran muchas para tan sólo trece años de edad.

Le tomaría dos meses más recuperarse lo suficiente como para recibir el alta médica. Dos meses durante los cuales su buen padre le visitó fielmente cada día, un gesto que Jorge no olvidaría. Pero, aun con eso, no resistiría la presión de la pandilla que ahora le ofrecía venganza de sus atacantes. Poco después de recuperarse por completo, Jorge caería prisionero de la "piedra". Su dependencia era tan grande que le llevó a cometer robos y hurtos hasta que a los 14 años tuvo su primera detención policial. Permaneció detenido por tres meses para luego recibir medidas cautelares que también incumplió.

En su segunda detención sus antecedentes no le ayudaron y fue enviado por tres años al Centro de Readaptación de Menores El Espino. Cuando llevaba dos años de internamiento se produjo un tumulto en donde un menor de la pandilla contraria resultó sin vida. Junto a otros diez menores Jorge fue acusado de esa muerte y condenado a cinco años adicionales de internamiento.

A sus 16 años fue trasladado al Centro de Readaptación de Menores de Ciudad Barrios, en donde encontró a otros pandilleros condenados que habían ingresado siendo menores pero que ahora ya eran mayores. Quizá por los años, quizá por las penas, el hecho es que el padre de Jorge enfermó y ya no podía viajar hasta Ciudad Barrios a visitar a su hijo. Jorge ahogaba el dolor de la prisión hundiéndose más en la droga que se obtenía fácilmente de los custodios y el personal administrativo.

Los pandilleros mayores tomaban el alambre de los cuadernos de espiral para fabricar improvisadas agujas con las que se realizaban nuevos tatuajes. Así fue como los tatuajes de Jorge fueron extendiéndose por su cuerpo hasta llegar a su cara.

Cuando solamente le quedaba un año para completar su condena, Jorge ya de 20 años, entró a la fase de confianza. Le permitían viajar cada fin de semana para pasarlo al lado de su padre anciano y enfermo. Al ver hacia atrás, Jorge se daba cuenta que su infancia y su adolescencia las había perdido en prisión. Ese pensamiento sumado al estado de salud de su padre le hizo reflexionar y proponerse cambiar el rumbo de su vida. Se empeñó en cumplir las condiciones de la fase de confianza hasta terminar su condena. Su deseo al quedar libre de penas judiciales era el de buscar un trabajo para ayudar a su padre.

Pero un domingo, mientras se disponía a volver al penal, un par de policías le detuvieron. Recién se promulgaba la ley de mano dura y ante las autoridades pesaba más su ropa que su deseo de reformarse. Faltaban sólo unas horas para presentarse de nuevo en el penal pero el procedimiento policial amenazaba con impedírselo y ponía en riesgo sus beneficios.

Efectivamente, fue llevado a bartolinas por seis días. Su deseo de cumplir responsablemente su fase de confianza había sido aplastado. Aplastado por la mano dura.

* Pastor general de la Misión cristiana Elim.

EL DIARIO DE HOY NO SE HACE RESPONSABLE POR LOS COMENTARIOS DE SUS COLABORADORES