¿El fin de la ambigüedad del FMLN?

El problema principal del FMLN es que su cúpula está dominada por una ideología política extremista, que es rechazada por la inmensa mayoría del electorado. Por varias décadas, los miembros de esta cúpula realizaron grandes esfuerzos para radicalizar a la población, o al menos a una parte sustancial de ella, para lanzar una revolución que les diera el poder absoluto. Estos esfuerzos culminaron con la guerra que desangró al país por más de una década en los años Ochenta y principios de los Noventa. En los años siguientes el FMLN descubrió que los diez años de la guerra, en vez de radicalizar al país, lo habían moderado. Los largos años de guerra y sufrimiento quedaron impresos en el alma del pueblo salvadoreño, que comprendió en carne propia que los desacuerdos sobre el destino del país deben resolverse políticamente en un ambiente democrático, no a través de la violencia.

Esto frustró las intenciones del FMLN de instaurarse violentamente, que por muchos años fue el objetivo central de los partidos marxistas, porque la violencia de la toma del poder facilita la rotura de las instituciones democráticas y la instalación de una tiranía absoluta. Así, el FMLN tuvo que aceptar que tenía que buscar el acceso al poder dentro del marco institucional democrático. Inicialmente, el FMLN creyó que el electorado respondería positivamente al lenguaje radical de la guerra y a acciones de desorden civil como la quema de llantas y el vandalismo de manifestaciones. Creyeron que la gente apoyaría este radicalismo en las urnas. Pero, contra todo lo que ellos habían proclamado tantas veces para justificar la guerra, la población no votó por ellos por veinte largos años. Desde las primeras elecciones presidenciales, se volvió claro que el FMLN no podía pasar de 33 por ciento de los votos, y que aun muchos de estos no apoyarían una radicalización del país. Los votantes moderados, que son más del 35 por ciento, votan consistentemente por la moderación.

Le tomó 20 años al FMLN comprender que el electorado no quería ideas radicales. Ese fue el origen de la idea de llevar a alguien como el ahora Presidente Mauricio Funes como candidato a la presidencia. Funes tenía la imagen de ser moderado, que era la que el FMLN quería dar a la población. Sin abandonar sus objetivos revolucionarios, el FMLN vendió al candidato como moderado para captar el voto no comprometido y como una "transición" a los más radicales de su partido, sugiriendo que esa transición sería hacia un segundo régimen más radical que el de Funes.

Los problemas que surgieron entre los dirigentes del FMLN y el Presidente que ellos llevaron al poder, y el desgaste que la incompetencia de este gobierno causó al partido, llevó a la decisión de llevar un ¨pura sangre" como Salvador Sánchez Cerén como candidato, y vestirlo con ropas de moderado para atraer al votante moderado.

Los acontecimientos en Venezuela forzaron al FMLN y a Sánchez Cerén a expresar su sumisión a los líderes de las cúpulas cubana y venezolana, como parte del show que estas cúpulas han llevado a cabo para justificar el mantenimiento del chavismo en el poder, a pesar de la desaparición de Chávez mismo. Con esta sumisión, el FMLN ha destruido el trabajo que por años realizó para vestirse de moderado. Para compensar este revés de cara, el FMLN ha agudizado la ambigüedad de sus mensajes, mezclando amenazas de revoluciones con promesas de moderación dentro de una campaña costosísima de publicidad. Esta ambigüedad les funcionó con Funes. Es difícil que les funcione una segunda vez. Para tener sostenibilidad como partido, el FMLN tiene que abandonar la ideología arcaica que lo mueve, no sólo afirmarla y negarla al mismo tiempo para engañar a los moderados. Como dijo Abraham Lincoln, los populistas pueden engañar a todo el pueblo una vez, o engañar a una persona varias veces, pero no a todo el pueblo varias veces.

*Máster en Economía,

Northwertern University.

Columnista de El Diario de Hoy.

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