"Bienaventurados los pacificadores..."

Si el Apocalipsis es inminente, para mí que ya comenzó en Haití: muerte, terremoto y huracanes, desempleo, miseria, cólera y destrucción se abaten sobre este país de población mayoritariamente negra.

Para algunos podría ser una exageración, pero Haití parece un caótico país de África enclavado en el Caribe, donde se libra otra guerra, esta vez entre los Cuatro Jinetes del Apocalipsis --la violencia, la guerra, el hambre y la muerte-- y las fuerzas del bien.

Es heroico el esfuerzo de los hombres y mujeres de la Minustah, los Cascos Azules, incluyendo a oficiales de la Policía de El Salvador, que salen no sólo a patrullar y mantener el orden, sino también a convivir y proveer alimentos, salud y alivio para la población más necesitada.

El terremoto del 12 de enero de 2010 acabó con 217 mil vidas y dejó dos millones de personas sin vivienda. El cólera también ha golpeado a la población, a razón de 2,500 casos por semana.

Como se ha publicado en una serie de reportajes en El Diario de Hoy, basta ir al campo de refugiados de Carradeux o el de la antigua aviación para caer conmovido y llorar viendo a decenas de miles de personas vivir en covachas que casi ceden a las nubes de polvo o se inundan cuando llueve.

Según las autoridades, hay 300 mil damnificados en los campos de refugiados, donde las fuerzas de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), llevan atención médica y sirven agua purificada, además de ayudar a otras agencias como el PMA, el PNUD y la Unicef a proveer alimentos, reconstruir viviendas y escuelas y atender a la niñez.

A veces nos quejamos por todos, pero nuestros problemas se vuelven ínfimos frente a las necesidades de esta gente.

En el campo de la aviación, un cementerio de aeronaves también convertidas en covachas, enjambres de niños siguen a los extranjeros, les sonríen, les piden que les tomen fotos y que les den monedas, mientras otros juegan en los esqueletos de helicópteros. El dispensario permanece colmado de mujeres con niños que reciben alimentos, vitaminas y controles médicos que les proveen el PMA y la Unicef.

Parece como si una maldición hubiera caído sobre ese país de 10 millones de habitantes que no encuentran la tranquilidad: primero fueron gobernados por la dictadura de los Duvalier hasta que cayó en los años 80 y fue sucedida por una serie de gobiernos militaristas y luego el polémico Aristide. La ONU llegó en vista del caos y la polarización que se generaron en 2004.

El terremoto no fue el causante de las desgracias de Haití, sino que vino a dejar a flor de tierra el origen de los grandes males, entre ellos la corrupción, el desorden, la construcción de viviendas sin normas y en medio de empinados cerros, como si las faldas del volcán de San Salvador o el cerro San Jacinto se llenaran de casas, sin observar procedimientos antisísmicos o reglas mínimas para edificar.

Da pena decirlo pero difícilmente Haití podrá caminar por sí mismo. Las fuerzas políticas están tan polarizadas y hay oscuros intereses de que el caos persista. Los salvadoreños debemos vernos en ese espejo, pues estamos en la frontera de si queremos progresar y mejorar nuestras condiciones o volvernos otro pobre y convulsionado Haití.

Tras salir de Haití, otrora llamada la Perla de las Antillas y recordada por poseer la famosa isla Tortuga de los piratas, sólo me resta pedirle a Dios que ilumine y saque adelante a ese pueblo y que bendiga a quienes buscan ayudarlo, porque la promesa fue que serán "bienaventurados los pacificadores porque heredarán la tierra".

*Editor Subjefe de El Diario de Hoy.

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