Don Bosco fue probado como el oro en el crisol

La Familia Salesiana se prepara para celebrar la fiesta de San Juan Bosco el 31 de enero. Su éxito como educador es universalmente conocido. Escritor, maestro de espíritu e iniciador de una escuela de santidad. Hombre insigne entre las más grandes figuras del Siglo XIX. Lo que muchos quizá ignoran es su biografía patológica. En este artículo me referiré a una parte de ella.

Tenía el arte de saber esconder el dolor que le causaban las enfermedades. La gente más cercana le había descubierto su táctica, pues los días que le veían más alegre, decían de él: "Don Bosco debe tener hoy un grave problema" .Tenían toda la razón. En sus padecimientos fue probado como el oro en el crisol.

Juan Bosco tenía diez años cuando se cayó de un árbol, tuvo una rotura de costillas y una pleuritis traumática. A los 24 años sufrió una enfermedad pulmonar que le afectó toda su vida. En 1845 padeció de lo que hoy llaman tifus petequial o dermotifus, que le dejó un tormento hasta el día de su muerte. En 1846 se desvaneció por una bronco pulmonía, que le obligó a guardar cama por mucho tiempo. Las crónicas llevadas por un salesiano dicen: "Se alternan noches muy malas, no puede respirar, está contento y tranquilo, tiene claridad mental, está desecho, las visitas no lo dejan reposar".

La somnolencia le atacó por mucho tiempo y le sorprendía en lugares y momentos inoportunos como eran las audiencias con ministros y en el mismo ministerio sacerdotal. Su trabajo era agotador, de día caminaba buscando ayudas y por la noche remendaba la ropa y el calzado de sus jóvenes. Lo que más le causaba molestia eran las várices a las que él llamaba "mi cruz cuotidiana", pues le causaban grandes complicaciones.

Desde 1871 a 1872 sufrió un auténtico calvario en su cuerpo. Reumatismo, fuertes dolores de espalda, fiebres, erupciones cutáneas, vómitos, debilitación espinal, afecciones cardiovasculares. Complicaciones en los órganos nerviosos centrales, pulmonares, renales y disturbios intestinales. Todo esto desgastó su vida y lo puso al borde de la muerte. Obispos, sacerdotes y jóvenes ofrecieron a Dios su vida a cambio de su salud. El Papa le ofreció oraciones y le envió una bendición. No obstante, tenía siempre una mente activa que le hacía anhelar la meta que se había propuesto.

En 1877 le sobrevino una reagudización bronquial, fiebre, escalofríos y sudores. Se fue encorvando lentamente, su vejez fue precoz. Al cumplir 66 años aparentaba mucho más. En este estado viajaba, predicaba, confesaba y atendía múltiples visitas. En 1885 escribe su secretario: "Don Bosco tiene tos, dolor de cabeza y está roto y curvo, sufrió disturbios intestinales".

Desde 1887 estuvo recluido en su habitación entre la cama y un sillón. Su salud se fue empeorando con complicaciones en sus articulaciones y muchos otros malestares. En un momento de dolor dijo a sus asistentes: "Me encuentro aquí medio ciego y cojo. La mano no me sirve para escribir. Sin el apoyo de los demás no puedo moverme. Respiro con dificultad, mis días van llegando a su fin".

En sus últimos días se mostró sereno, profundamente humano, y con fe humilde y robusta. El santo tan querido por todos voló al cielo el 31 de enero de 1888, despidiéndose especialmente de los jóvenes a quienes espera en el paraíso.

* Sacerdote salesiano.

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